Durante buena parte de su carrera política, presentar a Flávio Bolsonaro exigía inevitablemente añadir una explicación: el hijo mayor de Jair Bolsonaro. Desde este domingo, esa coletilla resulta insuficiente. El senador ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas con el 47,03% de los votos válidos, por delante del 45,16% obtenido por Luiz Inácio Lula da Silva, y disputará con el actual presidente la segunda vuelta del próximo 25 de octubre.
El resultado tiene algo más que valor electoral. Supone la prueba más importante hasta ahora de que el bolsonarismo puede sobrevivir electoralmente a Jair Bolsonaro, condenado por su participación en la trama para impedir la transferencia de poder tras las elecciones de 2022. Su hijo ha conseguido llevar de nuevo el apellido a las puertas del Palacio de Planalto y hacerlo después de superar las expectativas de unos sondeos que, pocos días antes de las elecciones, todavía situaban a Lula ligeramente por delante.
Flávio Bolsonaro no apareció ayer en la política brasileña. Tampoco es únicamente el heredero improvisado al que su padre entregó las llaves del movimiento cuando dejó de poder competir electoralmente. Tiene 45 años y lleva prácticamente toda su vida adulta ocupando cargos públicos. Entró en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro a comienzos de los años 2000, encadenó cuatro mandatos como diputado estadual y en 2018 dio el salto al Senado, donde fue elegido con el 31,3% de los votos válidos del estado. Desde 2019 ocupa un escaño en la Cámara Alta.
Es precisamente esa larga trayectoria la que convierte en incompleta la imagen del simple “hijo de Bolsonaro”. Flávio lleva más de dos décadas haciendo política, aunque durante buena parte de ellas su carrera quedara eclipsada primero por el crecimiento nacional de su padre y después por la presidencia de Jair. El resultado de este domingo cambia esa relación: por primera vez, el futuro inmediato del movimiento familiar depende fundamentalmente de él.
El Bolsonaro que intenta bajar el volumen
La campaña presidencial de Flávio ha tratado de construir una diferencia que no siempre es ideológica, sino principalmente formal. Frente al carácter permanentemente confrontativo que convirtió a Jair Bolsonaro en una figura central de la derecha radical internacional, el primogénito ha buscado presentarse como una versión más templada y previsible de la misma familia política. La prensa brasileña ha descrito durante la campaña sus esfuerzos por cultivar una imagen más moderada y atraer a votantes conservadores que no necesariamente se identifican con todas las formas de su padre.
La distancia, sin embargo, tiene límites claros. Flávio ha mantenido algunos de los principales ejes políticos del bolsonarismo: mano dura contra la delincuencia, endurecimiento de las penas, confrontación con sectores del Tribunal Supremo y defensa de Jair Bolsonaro. También ha situado la seguridad pública en el centro de su proyecto presidencial, una cuestión que no constituye una adaptación electoral de última hora, sino uno de los pilares de toda su trayectoria.
Durante sus 16 años como diputado en Río de Janeiro, la seguridad, el sistema penitenciario y la defensa de policías ocuparon una parte fundamental de su actividad. Un análisis de Folha de S.Paulo sobre miles de intervenciones en la Asamblea Legislativa concluyó que esas cuestiones tuvieron una presencia especialmente destacada en sus discursos. Ya en el Senado presidió la Comisión de Seguridad Pública y defendió el endurecimiento de diferentes políticas penales.
Su programa presidencial conserva esa línea. Flávio ha defendido medidas especialmente severas contra las grandes organizaciones criminales y ha apostado por un modelo de seguridad que coloca la autoridad policial y el endurecimiento penal entre sus principales señas de identidad. La moderación que pretende transmitir, por tanto, encuentra más fácilmente acomodo en el tono que en una ruptura con el proyecto político que construyó su padre.
Algo similar ocurre con Jair Bolsonaro. Flávio no ha intentado esconder el parentesco ni romper políticamente con él. Durante la campaña llegó a aparecer con una imagen del expresidente y ha convertido su situación judicial en parte del discurso electoral. La operación tiene una lógica sencilla: heredar el electorado de Jair sin reproducir necesariamente todos sus excesos verbales.
Una carrera marcada por las ‘rachadinhas’
Pero la biografía política que Flávio lleva ahora hasta la segunda vuelta contiene capítulos mucho más incómodos que su apellido.
El más conocido es el denominado caso de las ‘rachadinhas’, una investigación sobre la supuesta devolución de parte de los salarios de empleados de su gabinete cuando era diputado en la Asamblea Legislativa de Río. En 2020, el Ministerio Público de Río de Janeiro presentó una denuncia contra Flávio y otras personas por un supuesto esquema que habría desviado unos 6,1 millones de reales de fondos públicos. El senador negó siempre haber participado en la trama.
El caso, sin embargo, no terminó con una condena ni llegó a desembocar en un proceso penal contra él. El Tribunal Superior de Justicia y el Supremo anularon pruebas empleadas durante la investigación por cuestiones relacionadas con su obtención y con la competencia judicial, y las pesquisas terminaron archivadas. Esa precisión resulta indispensable: las sospechas formaron parte central de su trayectoria política, pero no existe una sentencia que declare culpable a Flávio Bolsonaro por aquellas acusaciones.
El nombre de su antiguo asesor Fabrício Queiroz, policía militar retirado, quedó desde entonces ligado al episodio. También apareció en aquella etapa otra relación especialmente polémica: la de personas vinculadas al antiguo gabinete de Bolsonaro con Adriano da Nóbrega, expolicía posteriormente identificado por las autoridades como dirigente de una milicia de Río de Janeiro. Flávio llegó a impulsar años antes una condecoración para Nóbrega en la Asamblea; la madre y la entonces esposa del expolicía trabajaron además en su gabinete. Bolsonaro siempre ha rechazado que esos vínculos impliquen participación suya en actividades criminales.
Son episodios que ayudan a entender por qué Río de Janeiro resulta imprescindible para explicar políticamente a Flávio Bolsonaro. Antes de convertirse en candidato presidencial, construyó allí durante 16 años una carrera estrechamente asociada a la seguridad pública, los cuerpos policiales y las disputas políticas de uno de los estados con una relación más compleja entre criminalidad organizada, instituciones y fuerzas de seguridad.
De heredero familiar a candidato con nombre propio
Hasta hace relativamente poco, ni siquiera estaba claro que fuese Flávio quien recibiría finalmente la herencia electoral de su padre. El clan Bolsonaro siempre repartió papeles. Eduardo Bolsonaro adquirió una dimensión internacional y cultivó relaciones con la derecha estadounidense; Carlos Bolsonaro se convirtió durante años en una figura importante de la comunicación y las redes del movimiento; Flávio desarrolló un perfil más institucional, primero en Río y después en Brasilia.
La imposibilidad de Jair Bolsonaro de presentarse terminó alterando ese equilibrio. Flávio fue escogido para encabezar el proyecto presidencial del Partido Liberal y comenzó una campaña con una dificultad evidente: necesitaba explotar el apellido Bolsonaro y, al mismo tiempo, demostrar que podía ser algo más que su continuación biológica.
El domingo consiguió, al menos electoralmente, dar ese salto. Más de 56 millones de brasileños votaron por él frente a los 53,6 millones que respaldaron a Lula, según el recuento de la primera vuelta. Ninguno alcanzó la mayoría necesaria y Brasil volverá a votar el 25 de octubre.
Hasta entonces seguirá siendo imposible separar completamente a Flávio de Jair. Buena parte de su capital político procede del movimiento construido por su padre y su candidatura no plantea una ruptura con el bolsonarismo, sino una nueva etapa del mismo proyecto. Pero algo sí cambió el 4 de octubre.
Después de más de veinte años haciendo política bajo uno de los apellidos más reconocibles y polarizadores de Brasil, Flávio Bolsonaro ya no necesita que su padre figure en la papeleta para comprobar cuánto pesa ese apellido en las urnas. Y por primera vez será él, y no Jair, quien tenga que demostrar hasta dónde puede llevarlo.
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