En los próximos días, Andy Burnham, hasta hace poco alcalde del Gran Mánchester, previsiblemente será elegido líder del Partido Laborista y se convertirá también en primer ministro británico. El dirigente progresista tomará las riendas de una formación que, pese a disfrutar de una amplia mayoría parlamentaria en la Cámara de los Comunes, viene de sufrir un importante revés electoral en las elecciones municipales y regionales del pasado mes de mayo. Tampoco puede obviarse que la gestión de Keir Starmer no ha logrado mantener la ilusión que se desató tras su victoria en los comicios de 2024.

En este sentido, los dos años de Starmer al frente del Ejecutivo británico han puesto de manifiesto una realidad bastante interesante desde el punto de vista parlamentario: gobernar cómodamente en solitario exige, a menudo, valorar y analizar con mucho cuidado el impacto de las políticas públicas impulsadas. De lo contrario, se puede caer en el error de pensar que el apoyo obtenido en las urnas - en este caso, mediante un sistema mayoritario poco representativo del pluralismo social y que tiende a sobrerrepresentar a la formación ganadora - se mantendrá inalterable con el paso del tiempo.

En cuanto a la gestión, a Starmer le han faltado acierto y una visión más humana en los ámbitos social y migratorio, así como en su posición respecto al genocidio de Gaza. Hay que reconocerle, no obstante, su voluntad de recuperar las relaciones con la Unión Europea y su apoyo continuado a Ucrania.

Burnham, por su parte, intentará trasladar a Downing Street los buenos resultados de su gestión municipal. La pregunta que se hacen muchos ciudadanos británicos —y también observadores del resto del mundo— es si el nuevo mandatario laborista será capaz de revertir el deterioro económico y el malestar social que vive el país.

Esta dinámica, agravada por las consecuencias del Brexit, se refleja tanto en el deterioro de la economía —se estima que el PIB per cápita es entre un 6% y un 8% inferior al que habría alcanzado sin la salida de la UE— como en la inestabilidad política: el Reino Unido habrá tenido siete primeros ministros en una década.

Por ahora, el exalcalde progresista ya ha apuntado cuáles serán las principales líneas de su mandato: una interesante y pionera descentralización administrativa para transferir recursos y competencias a las administraciones locales y regionales, una firme apuesta por la construcción de vivienda social y una mejora de los servicios públicos.

Burnham es consciente de que el éxito o el fracaso de su gestión determinarán, probablemente, el futuro político del país durante la próxima década. Si no consigue reducir el fuerte descontento social, lo más probable, tal y como apuntan las encuestas, es que se produzca una victoria de la extrema derecha que promovió la salida de la Unión Europea.

Una extrema derecha que vería recompensada electoralmente, más de diez años después, su campaña de mentiras y medias verdades durante el referéndum impulsado por David Cameron.

Por ello, el principal reto del futuro líder del mayor partido de izquierdas británico es demostrar que la política dispone de la capacidad y de los mecanismos necesarios para afrontar los efectos del Brexit. Tanto Starmer como sus predecesores conservadores se han visto superados por esta realidad.

Hace unos días, una persona de origen británico que vive en Barcelona compartía conmigo su decepción por el impacto que ha tenido la fatídica ruptura con Bruselas. Paradójicamente, sin embargo, insistía en la necesidad de recuperar las ideas que habían motivado el “sí” a la salida de la Unión Europea: menos inmigración, menos burocracia, menos impuestos y una mejor defensa de los intereses económicos y sociales de la población autóctona.

También me explicó que estaba ilusionada y esperanzada con Restore Britain, una formación ultraconservadora que compite por el mismo espacio electoral que Reform UK, el partido de Nigel Farage.

En otras palabras, una parte relevante de la ciudadanía del país insular respaldó en las urnas el Brexit y, pese a sus efectos negativos, todavía espera que se hagan realidad las promesas que se le hicieron. Esa es también la situación que hereda Andy Burnham.

Un Burnham que necesitará mucha pedagogía para revertir unas narrativas sociales y políticas que se alimentan más de la emoción que de la razón y que, si llegaran a aplicarse plenamente, hundirían aún más una economía ya muy castigada.

Hay, por último, otro elemento nada menor: su acierto —o desacierto— como primer ministro también será clave para el rearme del proyecto socialdemócrata mundial y para combatir unos nacionalismos extremos que se han fortalecido en el terreno del descontento social y de las falsas promesas.

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