No cruzan mares, no saltan vallas, no aparecen siempre en las rutas migratorias que ocupan titulares. Pero más de 82 millones de personas viven desplazadas dentro de sus propios países, lejos de sus casas, de sus barrios, de sus tierras o de sus escuelas. Son desplazados internos: personas obligadas a huir por guerras, violencia, persecuciones, inundaciones, ciclones, terremotos o incendios, pero que no han atravesado una frontera internacional. El último informe del Internal Displacement Monitoring Centre —IDMC— pone cifras a una emergencia global que suele permanecer fuera del foco: al cierre de 2025, 82,2 millones de personas seguían viviendo en situación de desplazamiento interno en 104 países y territorios.

La cifra baja ligeramente respecto al año anterior y supone el primer descenso en una década, pero el dato encierra una trampa. Menos desplazados no significa necesariamente menos sufrimiento. El propio informe advierte de que la reducción se explica en parte por retornos en lugares como Sudán, República Democrática del Congo o Siria, pero volver no siempre equivale a recuperar una vida segura. Muchas personas regresan a zonas destruidas, sin servicios básicos, con presencia de grupos armados o sin garantías de que no tendrán que huir de nuevo. Otras, directamente, pueden haber desaparecido de las estadísticas por la falta de datos actualizados en países golpeados por conflictos prolongados.

Huir sin dejar el país

El desplazamiento interno tiene una particularidad que lo vuelve menos visible: sus víctimas no adquieren automáticamente la condición internacional de refugiadas. Permanecen dentro del Estado que, muchas veces, no puede o no quiere protegerlas. Esa condición las sitúa en una zona de vulnerabilidad política, social y mediática. No siempre forman parte de las grandes discusiones sobre migración, pero son una de las expresiones más crudas del desarraigo contemporáneo. Han perdido el hogar, aunque sigan dentro de su país. Han huido, aunque no figuren en los mapas habituales del éxodo.

El informe de IDMC recoge además un cambio histórico: en 2025, los conflictos y la violencia provocaron más desplazamientos internos que los desastres por primera vez desde que hay registros comparables. Durante el año se contabilizaron 62,2 millones de movimientos forzados dentro de las fronteras nacionales. De ellos, 32,3 millones fueron causados por conflictos y violencia, frente a 29,9 millones vinculados a desastres. Es decir, la guerra y la violencia no solo siguen expulsando a millones de personas de sus hogares, sino que ya superan a los fenómenos climáticos y geofísicos como principal motor de nuevas huidas internas.

El dato no habla solo de grandes guerras abiertas. Habla también de violencia urbana, ataques a civiles, enfrentamientos entre grupos armados, violencia comunitaria y criminalidad organizada. En algunos países, las familias huyen de bombardeos; en otros, de bandas, extorsiones o disputas armadas que convierten el barrio en una amenaza. El informe señala que los conflictos en zonas urbanas tienen un efecto especialmente devastador: cuando la violencia llega a ciudades como Goma, El Fasher o Teherán, no solo se destruyen viviendas; también se rompen mercados, hospitales, escuelas, redes de transporte y sistemas de ayuda humanitaria.

La crisis se concentra en algunos territorios, pero sus causas son globales. Sudán, República Democrática del Congo, Palestina, Irán, Haití o Yemen aparecen como algunos de los escenarios que explican la magnitud del desplazamiento por violencia. En Sudán, pese a una caída respecto a años anteriores, 9,1 millones de personas seguían desplazadas internamente a finales de 2025, la mayor cifra del mundo. En República Democrática del Congo se registraron 9,7 millones de desplazamientos por conflicto durante el año, su cifra más alta. En Palestina, el informe contabiliza 2,7 millones de desplazamientos internos en 2025.

Volver no siempre es regresar

Uno de los grandes mensajes del informe es que el regreso puede ser un espejismo. Las estadísticas pueden mejorar mientras la vida de las personas desplazadas sigue atrapada en la precariedad. Una familia puede abandonar un campamento y regresar a su localidad, pero encontrar su casa destruida, ocupada o inhabitable. Puede volver sin acceso a agua, electricidad, atención médica o educación. Puede regresar a una zona donde la violencia continúa, donde hay minas, munición sin explotar o grupos armados. En esos casos, el retorno no cierra el desplazamiento: apenas abre otra etapa de incertidumbre.

La República Democrática del Congo ofrece un ejemplo especialmente duro. El informe describe cómo la ofensiva del M23 en el este del país provocó millones de desplazamientos y, al mismo tiempo, retornos forzados tras el desmantelamiento o destrucción de campamentos. Miles de personas dejaron de contar como desplazadas sin que eso significara una solución real. Algunas regresaron a zonas sin seguridad, con infraestructuras colapsadas y servicios básicos desbordados. El dato estadístico puede bajar, pero la vulnerabilidad permanece.

A la violencia se suman los desastres. Aunque los desplazamientos por fenómenos naturales descendieron respecto a 2024, 29,9 millones de movimientos en un solo año siguen reflejando una emergencia inmensa. Las tormentas fueron la principal causa, con 17,9 millones de desplazamientos, cerca del 60% del total asociado a desastres. Filipinas, China, Pakistán, Indonesia, Chile, Estados Unidos, Vietnam o Cuba figuran entre los países con mayores cifras. En algunos casos se trata de evacuaciones preventivas que salvan vidas; en otros, de pérdidas materiales profundas que empujan a comunidades enteras a empezar de cero.

El cruce entre guerra y desastre agrava aún más la situación. Cuarenta y dos países registraron desplazamientos asociados tanto a conflictos como a desastres, una señal de que las crisis ya no llegan por separado. En lugares como Sudán del Sur, Etiopía, Somalia, Mozambique o República Democrática del Congo, la población puede verse obligada a escapar primero de la violencia y después de una inundación, una sequía o un ciclón. Esta acumulación de golpes destruye medios de vida, interrumpe la educación, aumenta la inseguridad alimentaria y hace cada vez más difícil reconstruir una vida estable.

También hay una crisis menos visible: la de los datos. IDMC advierte de que la disponibilidad de información sobre desplazamiento se redujo en el 15% de los países y territorios monitorizados en 2025, tres veces más que el año anterior. Cuando no hay evaluaciones actualizadas, cuando se reducen los fondos o cuando los equipos humanitarios no pueden acceder a determinadas zonas, los desplazados corren el riesgo de desaparecer de las estadísticas. Y lo que no se mide, rara vez se atiende con la urgencia necesaria.

El desplazamiento interno no es solo una emergencia humanitaria. Es una crisis de derechos, de vivienda, de infancia, de género, de desigualdad y de paz. Afecta a niñas y niños que pierden años de escuela, a mujeres expuestas a mayor violencia y explotación, a familias sin ingresos, a comunidades receptoras desbordadas y a países enteros atrapados en ciclos de fragilidad. La ayuda humanitaria puede salvar vidas, pero no basta para cerrar la herida. Hace falta prevenir conflictos, reducir riesgos climáticos, reconstruir servicios públicos y garantizar soluciones duraderas: retorno seguro, integración local o reasentamiento. Que 82 millones de personas sigan desplazadas dentro de sus países debería impedir cualquier lectura complaciente del descenso global. La cifra baja, pero la crisis continúa. Y mientras el mundo mira hacia las fronteras, millones de personas siguen perdiendo su hogar sin haber salido nunca de ellas.

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