Las 50 ciudades más calurosas del planeta estuvieron concentradas en un mismo país durante una jornada. El 22 de mayo de 2026, las primeras 50 posiciones de la clasificación mundial de temperaturas de la plataforma AQI.in correspondían a localidades de India, encabezadas aquella mañana por Balangir, en el estado oriental de Odisha, con unos 45 grados.

No era la primera vez que ocurría durante ese año. El 27 de abril, otro registro de la misma plataforma ya había situado a 50 localidades indias al frente de su listado mundial. El episodio coincidió con una intensa ola de calor sobre el norte y el centro del país. Pocos días después, el Departamento Meteorológico de India, conocido por sus siglas en inglés como IMD, confirmó que la ciudad de Banda había alcanzado una máxima de 47,6 grados.

El dato resulta tan llamativo como inquietante. Sin embargo, necesita una precisión: no significa que esas fueran las ciudades más calurosas del mundo durante todo el año, sino que ocuparon las primeras posiciones de una clasificación en tiempo real durante una jornada concreta. Además, se trata del ranking de una plataforma privada, condicionado por las estaciones meteorológicas y las localidades incluidas en su sistema.

La dimensión de la crisis, no obstante, va mucho más allá de una clasificación. Durante la primavera de 2026, amplias regiones de India soportaron temperaturas superiores a los 45 grados, con episodios que rozaron los 50. El 20 de mayo, el IMD registró en Banda una máxima de 48,2 grados, mientras varias zonas del norte permanecían bajo avisos por ola de calor.

Un ranking de temperaturas que esconde una crisis humana

Los termómetros pueden marcar la misma temperatura para toda una ciudad, pero sus habitantes no sufren el mismo calor.

Para una parte de la población, una ola extrema significa permanecer en una vivienda climatizada, modificar el horario de trabajo o evitar los desplazamientos durante las horas centrales del día. Para millones de indios supone continuar trabajando en el campo, la construcción, la limpieza, el transporte o la venta ambulante bajo temperaturas potencialmente mortales.

El calor afecta especialmente a quienes dependen del trabajo diario para comer. Detenerse, aunque sea durante unas horas, puede significar perder el salario de toda la jornada. La posibilidad de protegerse se convierte así en un privilegio económico.

El reportaje de The Guardian que ha puesto rostro a esta emergencia relata las muertes de varios trabajadores expuestos a temperaturas extremas. Una de las víctimas fue Palli Mahalaxmi, una jornalera de 50 años que falleció después de trabajar bajo el sol en Andhra Pradesh, dentro de un programa público de empleo rural.

Mahalaxmi desarrolló síntomas compatibles con un golpe de calor después de una jornada en la que habría trabajado con temperaturas superiores a los 40 grados, sin suficientes zonas de sombra ni acceso adecuado al agua. Su muerte refleja un problema que se repite entre trabajadores rurales, jornaleros, repartidores y empleados del sector informal: la obligación de elegir entre proteger la salud o conservar los ingresos.

La exposición tampoco termina cuando acaba la jornada laboral. Muchas familias viven en casas pequeñas, construidas con materiales que acumulan el calor y con ventilación insuficiente. Cuando las temperaturas nocturnas permanecen elevadas, el cuerpo pierde la oportunidad de recuperarse antes de afrontar un nuevo día.

Los ventiladores ofrecen un alivio limitado cuando el aire interior permanece recalentado. El acceso al aire acondicionado está fuera del alcance de buena parte de la población y los cortes eléctricos pueden dejar sin refrigeración incluso a quienes disponen de aparatos.

El calor no mata a todos por igual

El cambio climático intensifica las olas de calor, pero la pobreza determina quién queda más expuesto a sus consecuencias.

Trabajadores al aire libre, personas mayores, enfermos crónicos, migrantes internos, mujeres dedicadas a los cuidados y habitantes de asentamientos informales forman parte de los grupos más vulnerables. También están más expuestas las personas que viven lejos de un centro sanitario o que no pueden permitirse perder horas de trabajo para acudir al médico.

Las mujeres pueden soportar una carga térmica especialmente invisibilizada. Muchas trabajan en explotaciones agrícolas o empleos informales y, al regresar a casa, continúan realizando tareas domésticas en cocinas pequeñas y mal ventiladas. A la jornada remunerada se suma otra jornada de cuidados dentro de viviendas que apenas se enfrían.

El golpe de calor constituye la manifestación más evidente, pero no es el único riesgo. La exposición prolongada a temperaturas extremas y la deshidratación pueden agravar patologías cardiovasculares, respiratorias y renales. En muchos casos, la muerte termina registrada como un fallo cardíaco o renal, sin que el calor aparezca como causa desencadenante.

Esta dificultad para determinar el origen de los fallecimientos contribuye a ocultar la verdadera magnitud de la emergencia.

Las muertes que no aparecen en las estadísticas

India reconoció oficialmente 84 muertes relacionadas con el calor en 2025, una cifra que numerosos investigadores y expertos sanitarios consideran muy inferior a la mortalidad real. El problema comienza en los hospitales y continúa en los certificados de defunción: si el calor no queda señalado como factor determinante, la víctima desaparece de las estadísticas climáticas.

El infrarregistro tiene consecuencias políticas. Sin cifras fiables resulta más difícil identificar las zonas más peligrosas, reforzar los hospitales, modificar horarios laborales, abrir refugios climáticos o exigir responsabilidades a empresas y administraciones.

También permite presentar las olas de calor como episodios meteorológicos excepcionales, en lugar de reconocerlas como una crisis creciente de salud pública y derechos laborales.

Las proyecciones científicas apuntan, además, a un incremento considerable de la mortalidad asociada al calor en las ciudades indias durante las próximas décadas. Un estudio publicado en 2026, basado en registros históricos y distintos escenarios climáticos, concluyó que las muertes aumentarían de forma sostenida, especialmente bajo un escenario de emisiones elevadas. Las regiones urbanas del Decán, el oeste y diferentes zonas del este y noreste del país soportarían un impacto desproporcionado.

India como advertencia para España

La situación de India no puede trasladarse automáticamente a España. Las condiciones económicas, demográficas, laborales y sanitarias son diferentes. Pero la crisis india anticipa conflictos que ya comienzan a hacerse visibles en las ciudades y campos españoles.

España también cuenta con jornaleros que trabajan al sol, repartidores sometidos a los tiempos de un algoritmo, barrenderos, albañiles, camareras de piso y trabajadores de la hostelería que no siempre pueden interrumpir su actividad durante una alerta por altas temperaturas.

También existen viviendas que se convierten en trampas térmicas durante el verano, hogares que restringen el uso del aire acondicionado por el precio de la electricidad y barrios con menos árboles, sombra y espacios verdes.

En ambos países aparece una misma división: quienes pueden escapar temporalmente del calor y quienes están obligados a permanecer dentro de él.

Las temperaturas extremas constituyen un fenómeno climático, pero su mortalidad está atravesada por decisiones económicas y políticas. Depende de los horarios de trabajo, la calidad de las viviendas, el acceso al agua, la protección social, la planificación urbana y la capacidad de las autoridades para suspender actividades peligrosas.

Que las 50 primeras localidades de un ranking mundial de calor estuvieran situadas en India durante una misma jornada ofrece una imagen impactante de la nueva realidad climática. Pero el verdadero significado del dato no está solamente en los termómetros.

Está en las personas que tuvieron que seguir trabajando mientras las temperaturas superaban los 45 grados, en quienes durmieron dentro de viviendas que no conseguían enfriarse y en las muertes que nunca llegaron a ser reconocidas oficialmente como víctimas del calor.

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