Las posiciones políticas en torno a la sanidad pública en España se han vuelto a clarificar de forma rotunda en nuestro país. Para Alberto Núñez Feijóo y las filas del Partido Popular, la gestión sanitaria se desliza de forma constante hacia un modelo de negocio donde parece importar más la cuenta de resultados que el bienestar general, mientras que la izquierda siempre ha apostado sin dudarlo, por la vida impidiendo que el “atracador” acabe con ella. Se llevarán el botín, pero nosotros, al menos, estaremos a salvo.

Todo esto es síntoma de una ceguera social y política que ya es marca de la casa. Pero más allá de la ceguera del PP y de su socio de coalición, me preocupa profundamente la de aquellas personas que, sabiendo que nunca podrán costearse un tratamiento caro, siguen apostando por partidos que nos están diciendo, sin género de dudas, que si caes enfermo y te das de baja pretenden que cobres menos por ello, recortando tus derechos. Utilizar la palabra “cáncer” para calificar el incremento de las bajas laborales, como ha hecho Feijóo, demuestra una falta total de empatía, tratando el absentismo por enfermedad como un fraude generalizado y al paciente como el culpable de su propia dolencia o patología.

Quien escribe estas líneas no habla desde la barrera de la teoría política; lo hago como un paciente con cáncer que necesita, de forma literal, de la sanidad pública para seguir viviendo. Los tratamientos oncológicos que recibo a día de hoy tienen un coste tan inasumible que me resultaría imposible costeármelos por mi cuenta. Sé perfectamente lo que significa depender de un hilo público para respirar mañana. Y es que la vida y la enfermedad no entienden de ideologías: un votante de derechas, uno de izquierdas o alguien que decide no acudir a las urnas son exactamente igual de susceptibles de tener que enfrentarse a una patología como la que yo padezco. Por eso, frivolizar equiparando la enfermedad de los trabajadores con un lastre económico y proponer un hachazo a sus ingresos como lo ha hecho Núñez Feijóo esta semana, es sumamente peligroso; y así se lo han hecho ver, a mi juicio de forma muy acertada, líderes políticos como el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez o el de la Junta de Comunidades de Castilla-la Mancha, Emiliano García-Page.

Esta realidad duele el doble cuando se sostiene sobre decisiones políticas que los datos oficiales del Ministerio de Sanidad reflejan año tras año: una profunda brecha territorial en la inversión por habitante y un incremento constante de los recursos públicos derivados hacia conciertos con la sanidad privada. El resultado de estas políticas de desmantelamiento es una presión asistencial insostenible que mantiene a cientos de miles de pacientes atrapados en listas de espera récord, tanto para intervenciones quirúrgicas como para consultas con especialistas. Como bien recuerdan los sindicatos estos días, son precisamente el colapso de de la atención primaria y hospitalaria es, sencillamente, desproteger a los más vulnerables.

Quienes defendemos el sistema público sabemos que debilitar la atención primaria y hospitalaria es, sencillamente, desproteger a los más vulnerables.

Si grave me parece esto, más alarmante aún me resulta que haya políticos como Borja Sémper que no sepan anteponer la salud y la propia vida a su ideología. Se ve que las grandes enseñanzas de conservadores como Winston Churchill nunca pasaron por ellos.

Siempre he creído que la vida es el tesoro más preciado que tenemos los seres humanos. El nacer y el morir es lo único que nos iguala biológicamente a ricos y a pobres. Sin embargo, si nos adentramos en el terreno político, lo único que nos hace radicalmente iguales es, sin duda, el voto. Si cada uno de los que me leen sabe unir la línea de puntos que existe entre la palabra vida y la palabra voto, comprenderá que hay algunos sufragios que salvan vidas y otros que las ponen en peligro.

Si esto no les queda claro, acudan a la literatura española. En las inmortales Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique nos recordaba:

“nuestras vidas

son los ríos

que van a dar en la mar,

 que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos y más chicos,

y, llegados, son iguales

los que viven por sus manos

 y los ricos”.

Pues eso. La muerte nos igualará a todos, pero mientras estemos aquí, es la política la que marca las diferencias. Debemos mantener grabada la enseñanza que nos deja el actual rumbo de la derecha: cuidemos nuestro voto para proteger nuestra propia vida. Con sus declaraciones de esta semana, Núñez Feijóo nos lo está avisando de forma muy clara.

 

Diego Ruiz Ruiz es militante del PSOE de Toledo capital

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