El humo generado por un incendio forestal constituye una combinación de sustancias potencialmente peligrosas para la salud. En él se encuentran gases como el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno y diversos compuestos orgánicos volátiles, además de partículas en suspensión de diferentes tamaños. Entre ellas destacan las conocidas como PM2.5, cuyo diámetro es inferior a 2,5 micras, lo que les permite penetrar hasta las zonas más profundas de los pulmones. Debido a su reducido tamaño, estas partículas pueden desencadenar una respuesta inflamatoria que no solo afecta al sistema respiratorio, sino también al aparato circulatorio y al corazón.
Tal y como se expone en un reportaje de El Confidencial, el daño cardiovascular no se produce porque estas partículas alcancen directamente el corazón, sino porque la inflamación iniciada en los pulmones provoca una reacción en cadena en el organismo. Ese proceso puede generar estrés oxidativo, alterar el funcionamiento del sistema inmunitario y del sistema nervioso autónomo, además de perjudicar la salud de los vasos sanguíneos. Como consecuencia, aumenta la probabilidad de que se formen coágulos, se eleve la presión arterial o aparezcan alteraciones en el ritmo cardiaco.
Todo ello incrementa el riesgo de sufrir diferentes problemas cardiovasculares, desde episodios de hipertensión o arritmias hasta infartos de miocardio, ictus o descompensaciones de una insuficiencia cardiaca previa. La gravedad dependerá tanto de la concentración del humo y del tiempo de exposición como de las condiciones de salud de cada persona y de los materiales que estén ardiendo, ya que la composición del humo varía en función del combustible.
Las consecuencias pueden manifestarse de forma casi inmediata. Algunas alteraciones del ritmo cardiaco o incluso paradas cardiacas pueden producirse mientras la persona continúa expuesta al humo. En cambio, otros eventos, como los infartos, los accidentes cerebrovasculares o el agravamiento de la insuficiencia cardiaca, pueden aparecer durante los días posteriores, ya que la inflamación y los cambios en la circulación sanguínea persisten incluso cuando la calidad del aire mejora.
Además, el reportaje apunta que el humo puede actuar como desencadenante de enfermedades cardiovasculares que hasta ese momento permanecían ocultas. Personas sin síntomas aparentes pueden padecer hipertensión, aterosclerosis u otras patologías cardíacas sin diagnosticar, así como una exposición intensa puede precipitar la aparición de los primeros signos clínicos.
La preocupación de los expertos va más allá de los episodios puntuales. Cada vez existe más evidencia de que respirar humo de incendios de forma repetida a lo largo de los años puede favorecer el desarrollo progresivo de enfermedades cardiovasculares, convirtiéndose en un factor de riesgo crónico.
En este contexto, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Yale examinó los historiales médicos de más de 65 millones de beneficiarios de Medicare mayores de 65 años en Estados Unidos entre 2017 y 2022. Para estimar la exposición de cada participante, los científicos combinaron información obtenida mediante imágenes por satélite, el seguimiento de las columnas de humo, datos de estaciones de medición de la calidad del aire y modelos capaces de calcular la concentración de partículas PM2.5 procedentes específicamente de incendios forestales.
En lugar de analizar únicamente episodios de contaminación extrema, los investigadores calcularon la exposición acumulada durante los tres años previos a una posible hospitalización y la relacionaron con los primeros ingresos por enfermedades cardiovasculares, incluyendo cardiopatía isquémica, arritmias, insuficiencia cardiaca, ictus y otras patologías cerebrovasculares.
Los resultados evidenciaron que una mayor exposición acumulada al humo se asociaba con un incremento del riesgo de hospitalización por problemas cardiovasculares. El riesgo global aumentó cerca de un 4 %, mientras que alcanzó aproximadamente un 7 % en la cardiopatía isquémica y un 6 % en las arritmias. En el caso de la insuficiencia cardiaca, el incremento superó el 20 % entre quienes habían soportado las exposiciones más elevadas. Asimismo, la probabilidad de sufrir un ictus, especialmente de tipo isquémico, crecía conforme aumentaba la cantidad de humo inhalado a lo largo del tiempo.
Aunque se trata de un estudio observacional y, por tanto, no puede establecer una relación causal directa entre el humo y cada hospitalización registrada, sus conclusiones se suman a un número creciente de investigaciones que apuntan a que el impacto de los incendios forestales va mucho más allá de las molestias respiratorias pasajeras.
Otro aspecto destacado del trabajo es que el incremento del riesgo también se detectó en personas sometidas a niveles de exposición considerados moderados. Esto significa que los efectos del humo no afectan únicamente a quienes viven cerca del fuego, ya que las partículas finas pueden desplazarse cientos de kilómetros y deteriorar la calidad del aire en lugares muy alejados del foco del incendio.
Los colectivos más vulnerables son las personas mayores y quienes ya padecen enfermedades cardiovasculares, respiratorias o renales, además de los pacientes con diabetes. También requieren una protección especial las mujeres embarazadas y los niños, debido a las particularidades de su sistema cardiorrespiratorio y a los posibles efectos que la contaminación puede tener sobre el desarrollo fetal.
Entre los grupos con mayor exposición destacan igualmente los bomberos forestales, brigadistas y otros profesionales que trabajan durante largas jornadas en zonas afectadas por incendios, ya que inhalan elevadas concentraciones de contaminantes.
Aunque las personas sin patologías previas presentan un riesgo menor, no están completamente protegidas. Una exposición intensa o repetida al humo puede alterar temporalmente la presión arterial, el funcionamiento de los vasos sanguíneos y el ritmo cardiaco, además de sacar a la luz enfermedades cardiovasculares que hasta ese momento habían permanecido sin diagnosticar.
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