Uno. La pregunta

Verídico. Me lo cuenta la veterana periodista de la era predigital Cristina Espinoza, hoy retirada del periodismo pero no de sí misma: “Apunta, chaval, apunta, a ver si te vas enterando de con quién nos jugamos los cuartos. Resulta que estaba yo el otro día, tranquilita, en lo mío, leyendo un libro donde se mencionaba de pasada al dictador portugués Salazar, y como apenas recordaba nada de él, que una va teniendo ya una edad aunque se conserve así de bien, busqué su nombre en Google, para ponerme un poco al día, ¿no?, de manera que cojo y tecleo: “¿Cuándo dejó el poder el dictador S…?”. ¿Y con qué me encuentro? Pues con que eso que llaman la herramienta de autocompletado de Google no me deja acabar la pregunta y decide rematarla por cuenta, ofreciéndome como primera opción esta: ‘¿Cuándo dejó el poder el dictador Sánchez?”; el puto Google ni siquiera tuvo el detalle de esperar a que yo escribiera la a de Salazar, dio por sentado que Sánchez era un déspota, que es lo que la derecha lleva años diciendo. Antoñito, estos cabrones nos tienen rodeados!”.

Dos. La respuesta

Este cronista se apresuró a hacer él mismo la prueba y, en efecto, la reacción de la Inteligencia Artificial de Google fue idéntica: para el buscador norteamericano más importante del mundo mundial y a mucha distancia de todos los demás, el primer dictador de su lista cuyo nombre empieza por S es Pedro Sánchez. Tras colar al presidente democrático español en la nómina de dictadores, la IA respondía esto: “Pedro Sánchez no ha dejado el poder. Es el presidente del Gobierno de España desde junio de 2018 y fue reelegido para un nuevo mandato el 16 de noviembre de 2023. A fecha de marzo de 2026, Pedro Sánchez continúa en el cargo y ha manifestado su intención de agotar la legislatura hasta las elecciones generales previstas para 2027”. A continuación, el buscador aclaraba, con una tipografía distinta: “Nota: Los resultados de búsqueda muestran que Pedro Sánchez ejerce sus funciones dentro del marco democrático constitucional español”. 

Tres. Con la T de Trump, con la P de Putin

La IA de Google es, pues, lo bastante lista como para saber que Sánchez “ejerce sus funciones dentro del marco democrático español”, pero no tanto como para excluir su nombre del registro mundial autocompletado de dictadores. Con tales mimbres, ya me disponía a denunciar en esta columna cómo la larga mano del antisanchismo de la derecha española había logrado inclinar el sesgo de Google contra el presidente español, cuando, ¡mi gozo en un pozo!, constaté que las libertades que se toma la IA son más bien intercontinentales e interpartidistas, no específicamente antisanchistas: si el nombre del dictador por el que se le pregunta empieza por T, el diabólico autocompletado ofrece como primera opción ‘Trump’, que ciertamente no es todavía un dictador pero viene opositando con éxito para llegar a serlo, de manera que puede que con él no vaya la IA del todo desencaminada. Dado que al presidente norteamericano no parece molestarle, sino más bien todo lo contrario, que le llamen déspota, quizá cuando el algoritmo lo incluye en la lista de dictadores está, al contrario que en el caso de Sánchez, comportándose como trumpista y no como antitrumpista. Una búsqueda más, por cierto, nos deja helados y temblorosos: si nuestra pregunta es “¿Cuándo dejó el poder el dictador P…?”, Google ¡¡¡ni siquiera menciona a Putin!!!

Tres. La revolución

Las cosas falsas que la derecha dice de Sánchez pululan por el ciberespacio con el mismo peso, autoridad y prestigio que las cosas verdaderas. Como inequívocamente demuestran las victorias electorales del Lobo de Washington, la verdad no importa. Trump ha conseguido que millones de personas en Estados Unidos y en el resto del mundo disculpen, admiren o aplaudan su conducta inequívocamente delictiva. Asistimos a una revolución planetaria cuyas invisibles pero altamente eficaces herramientas de combate son los algoritmos. El primer revolucionario de nuestro tiempo se llama Donald Trump. Su revolución triunfante es de orden metafísico, aunque él mismo no sepa qué diablos significa esa palabra. Su revolución afecta a algo tan trascendental para la supervivencia del planeta como es la verdad, el valor de la verdad, el ser de las cosas, la naturaleza de las leyes. Su lema revolucionario es: La Verdad No Importa. En consecuencia, los pecados tampoco; y los delitos todavía menos. 

Cuatro. El guacamayo cuántico

Hay en IA algo de caja tonta que se cree muy lista, de guacamayo cuyos conocimientos de mecánica cuántica no le salvan de ser lo que es, un maldito pajarraco que imita palabras y sonidos sin saber qué significan: se limita a hacerse eco muy fielmente de todo lo que –sea falso o verdadero– se dice, se escribe y se publica: es fiable cuando se le pregunta por asuntos domésticos, científicos, literarios, geográficos, históricos, instrumentales, etc., pero cuando se le formulan preguntas políticamente controvertidas o que conllevan una carga moral significativa, conviene tomar precauciones antes de dar por buenas sus respuestas. 

Cinco. Unos pocos cientos de ‘me gusta’

Un adolescente vertiginoso y sin muchas ganas de perder el tiempo leyendo podría dar por correcto el primer dato que le ofrece su búsqueda en Google sobre dictadores cuyo nombre empieza por S: que Sánchez es uno de ellos. ¿Quién diablos va a tener paciencia para llegar hasta el párrafo final que alerta de que “Los resultados de búsqueda muestran que Pedro Sánchez ejerce sus funciones dentro del marco democrático constitucional español”. La mera inclusión de Sánchez en ese censo virtual de dictadores operaría, pues, como los llamados algoritmos de recomendación, que no predicen únicamente lo que queremos ver, sino que “moldean activamente nuestras preferencias y pueden inducir estados emocionales concretos”. Recuerde el improbable lector el escándalo de Cambridge Analytica, resumido así por los expertos: “Con unos pocos cientos de me gusta, un modelo psicométrico puede predecir —y manipular— tu comportamiento electoral mejor que tu propia familia”. Así que ¡cuidado con lo que buscas en Google, Cristina Espinoza, que hoy en día los teclados los carga el diablo!