La precampaña electoral ha abierto una nueva etapa para la izquierda a la izquierda del PSOE. La disputa por el liderazgo de este espacio ha entrecruzado batallas de egos, estrategia y matemáticas. Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y el espacio que representa el Frente Amplio coinciden, con matices importantes, en la necesidad de construir una alternativa capaz de influir en la agenda del Gobierno socialista y evitar que las políticas progresistas queden subordinadas a los equilibrios internos del PSOE, pero las diferencias sobre el modelo de organización, la estrategia electoral y la relación con los socialistas han imposibilitado la consolidación de un proyecto que aglutine a todas las formaciones. Ha habido unión, pero de manera parcial, y con ello, una disputa aún abierta por el liderazgo de dicho espacio ideológico.
Con este telón de fondo, Podemos se encuentra inmiscuido en una misión para la que ya puede que sea demasiado tarde: la de recuperar el protagonismo que tuvo durante su irrupción en la política española. ERC, por su parte, busca reforzar su capacidad de negociación desde una posición propia, sin alejarse del nacionalismo y sin juntarse con el Frente Amplio, pero sí con Podemos. Mientras, el propio Frente Amplio aparece como una referencia para quienes defienden la necesidad de articular una alternativa amplia, plural y con vocación de gobierno. Convencer a los indecisos y plantearse como la opción más sólida y útil del ala izquierda de la política partidista son los retos principales que afrontan estas formaciones, y lo que está en juego es decidir quién consigue representar a una izquierda que articule las demandas sociales más acuciantes ante el PSOE.
Llevar la iniciativa, defender espacios propios... ¿y la demanda ciudadana?
Los morados han decidido no adscribirse en el Frente Amplio y han optado por reivindicar sus siglas y su identidad política propia. Su principal argumento para haber tomado esa decisión es que la izquierda no puede conformarse con apoyar al PSOE cuando las circunstancias parlamentarias lo exigen, sino que debe mantener una posición autónoma y utilizar su capacidad de presión para conseguir avances concretos. Paralelamente a ello, la confección de las listas y de los liderazgos fue otro punto claro de roce. Desde esta perspectiva, Podemos pretende proyectarse como una fuerza capaz de señalar las contradicciones del PSOE y exigirle compromisos más ambiciosos en vivienda, salarios, fiscalidad o servicios públicos, mientras que el acuerdo con ERC les puede dar cierto impulso electoral sin renunciar a su independencia.
Por estos factores, la competencia entre ERC, Podemos y el Frente Amplio no puede entenderse únicamente como una lucha por ocupar el mismo espacio electoral, sino que hay que tener en cuenta que cada organización representa sensibilidades distintas y dispone de instrumentos diferentes para condicionar las decisiones del Gobierno.
En cualquier caso, la demanda de la ciudadanía consistía en que todos los partidos con posiciones ideológicas similares concurriesen bajo el mismo paraguas, algo que finalmente no ha ocurrido en pos de las siglas. Un espacio ideológico; una candidatura para evitar la dispersión del voto, era la proclama que buena parte del electorado de izquierdas anhelaba. Lejos de ese escenario, serán hasta siete las opciones progresistas de las que dispondrán los españoles para depositar su voto, con las consecuencias de fragmentación que ello conllevará: Podemos, ERC, Frente Amplio, el PSOE, EH Bildu, el BNG y Compromís.
Condicionar al PSOE sin quedar subordinados
La relación con el PSOE constituye el elemento central de esta competencia. Las fuerzas situadas a su izquierda saben que su capacidad para impulsar determinadas políticas depende, en buena medida, de la aritmética parlamentaria, de la disposición de los socialistas a aceptar acuerdos y de cuánto le puedan torcer el brazo los socios. Al mismo tiempo, necesitan evitar que su papel se reduzca a respaldar al Gobierno sin obtener contrapartidas suficientes. La cuestión fundamental es cómo ejercer esa presión, ya que una estrategia basada en la confrontación permanente puede reforzar la identidad de una organización, pero también dificultar la negociación y reducir sus posibilidades de obtener resultados. Es en esas aguas en las que han navegado, por ejemplo, Sumar y Podemos durante esta legislatura.
En todo este escenario, la vivienda constituye un ejemplo especialmente significativo. La preocupación por el precio de los alquileres y las dificultades de acceso a una vivienda ofrece a la izquierda una oportunidad de reivindicarse en un asunto del que históricamente ha sido abanderada para reclamar mayor contundencia e intervención. Algo parecido sucede con la precariedad laboral, el coste de la vida, la financiación de los servicios públicos y la protección de los colectivos más vulnerables, asuntos de los que el PSOE ha insistido que están en su agenda, pero está por ver con cuánta intensidad. Sea como fuere, el objetivo de estas formaciones es hacerse fuertes a nivel parlamentario, poder presionar a los del puño y la rosa para girar el timón hacia la izquierda y no quedar diluidos ante los de Pedro Sánchez.
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