La mayor crisis humanitaria y migratoria sufrida por Ceuta ha abierto una incómoda brecha sobre las fronteras españolas y europeas ante los conatos de una posible guerra híbrida. Pese a que Bruselas ha detectado la propagación de bulos por canales vinculados a Rusia e Israel, no existe, por ahora, una prueba pública sólida que permita atribuir a Rabat la organización de la entrada masiva de más de 70.000 personas migrantes.
La sombra marroquí, sin embargo, permanece sobre el episodio por la naturaleza de la frontera, los precedentes de 2021 y la histórica disputa territorial.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha señalado precisamente esa tergiversación como uno de los desencadenantes de la crisis. En una entrevista concedida este lunes en Hoy por Hoy de la Cadena Ser, el jefe del Ejecutivo sostuvo que los bulos fueron difundidos desde redes asociadas a Rusia, Israel y una “internacional ultraderechista” que utiliza la inmigración para atacar a España y Europa.
La afirmación merece, sin embargo, una precisión periodística esencial: que determinados actores hayan amplificado una narrativa no equivale a demostrar que hayan provocado la movilización inicial ni, mucho menos, que exista una operación estatal coordinada detrás de ella.
Una frontera convertida en escenario
Ceuta vuelve a aparecer en el mapa europeo no solo como frontera geográfica, sino como punto de fricción entre migración, soberanía, desinformación y competencia geopolítica.
Entre el 30 y el 31 de julio, decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma. El Ministerio del Interior manejó inicialmente una horquilla de entre 70.000 y 80.000 entradas, mientras que posteriores balances públicos han ofrecido cifras superiores. La magnitud exacta continúa siendo objeto de controversia. Lo que sí está acreditado es la dimensión extraordinaria del episodio y el elevado número de víctimas mortales registrado durante los cruces a nado.
Antes, durante y después de la avalancha multitudinaria, las redes sociales funcionaron como un segundo territorio fronterizo: un espacio sin vallas, aduanas ni garitas en el que una información falsa podía viajar más deprisa que cualquier patrulla.
La propia investigación de VerificaRTVE documentó contenidos que mezclaban imágenes reales y falsas, mientras que Maldita.es identificó mensajes que presentaban Ceuta como una puerta abierta hacia Europa y difundían interpretaciones engañosas sobre las consecuencias jurídicas de alcanzar territorio
El Supremo y el bulo de la frontera abierta
En el centro de esa segunda batalla se encuentra una sentencia real, pero una interpretación que no lo era.
El Tribunal Supremo dictó el 29 de junio de 2026 la sentencia 814/2026, en la que estableció que el procedimiento de rechazo en frontera previsto en la Ley de Extranjería no puede aplicarse a las personas interceptadas en el mar cuando intentan alcanzar a nado Ceuta o Melilla. El fallo no eliminó las fronteras, no estableció un derecho automático de entrada y tampoco autorizó la libre circulación por España o por el espacio Schengen. Determinó que, en esos supuestos, debe aplicarse el procedimiento ordinario de devolución con las garantías legales
El Ministerio de Exteriores tuvo que salir al paso de los mensajes que presentaban la sentencia como una apertura de las fronteras. Su explicación fue tajante: acceder irregularmente a Ceuta no concede derecho a permanecer en España ni a desplazarse a la Península o por Europa.
Esa diferencia jurídica, aparentemente técnica, tuvo una consecuencia política de enorme alcance. En redes sociales, una resolución judicial compleja fue reducida a una consigna elemental: “la puerta está abierta”.
Rusia: amplificar el incendio, no necesariamente encenderlo
La pista rusa es, hasta ahora, la que cuenta con una base institucional internacional más explícita.
La Comisión Europea confirmó a comienzos de agosto que había detectado canales vinculados a Rusia que amplificaron rápidamente la crisis de Ceuta desde el 30 de julio. Bruselas comenzó a vigilar especialmente la circulación de mensajes relacionados con una eventual nueva entrada masiva.
Actualmente, la información disponible no demuestra que Rusia organizara la llegada de decenas de miles de personas a Ceuta. De hecho, investigaciones sobre la actividad digital previa apuntan a que la injerencia extranjera detectable no precedió necesariamente a la movilización: las redes vinculadas a Rusia comenzaron a explotar la crisis cuando esta ya estaba en marcha.
Moscú encuentra en las fracturas migratorias europeas un terreno particularmente fértil porque la inmigración afecta simultáneamente a la seguridad, la identidad, la política interior y la confianza entre Estados miembros. Una frontera desbordada produce imágenes; las imágenes producen emociones; las emociones, relatos. Y los relatos pueden convertirse en munición política.
Israel: una narrativa territorial que circula por las redes
El caso israelí presenta una naturaleza diferente y exige todavía mayor cautela. Durante la crisis aparecieron cuentas israelíes o vinculadas a sectores favorables a Israel que difundieron en X el mensaje #FreeCeuta y la idea de que Ceuta y Melilla serían “colonias españolas”. La investigación de Maldita.es ha documentado la circulación de esta narrativa.
Pero de esa constatación no se deriva que el Estado de Israel haya intervenido en la crisis migratoria ni que exista una operación oficial israelí contra España.
La distinción entre cuentas particulares, redes ideológicas, actores de influencia y estructuras estatales es capital. Confundirlas convertiría el periodismo en aquello que precisamente debe combatir: una fábrica de atribuciones sin pruebas suficientes.
Marruecos: la pregunta incómoda
Sánchez ha aseverado que no existe información de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad ni del Centro Nacional de Inteligencia que permita atribuir a las autoridades marroquíes la organización de la entrada masiva. El presidente ha defendido, además, que Rabat ofreció una “cooperación instantánea” una vez desencadenada la emergencia.
Pero tampoco resulta razonable ignorar el contexto.
Los servicios de inteligencia españoles consideran probable que continúen las acciones encubiertas en la denominada zona gris, un espacio situado entre la normalidad diplomática y el conflicto abierto. Entre las amenazas señaladas figuran la desinformación, los ciberataques, el sabotaje y la instrumentalización de los flujos migratorios. Las mismas informaciones apuntan a que no se ha demostrado una planificación estatal marroquí de la crisis de julio, aunque sí se investiga el grado de pasividad o facilitación que pudo existir sobre el terreno.
El precedente de mayo de 2021
La memoria de Ceuta, además, conserva otro episodio difícil de olvidar.
En mayo de 2021, alrededor de 10.000 personas entraron en la ciudad en apenas dos días, después de que Marruecos relajara el control fronterizo. La crisis coincidió con la estancia en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, trasladado a un hospital de Logroño para recibir tratamiento médico. El Gobierno de Sánchez negó entonces que existiera una relación causal entre ambos acontecimientos.
Apenas comenzada aquella crisis, España aprobó una ayuda de 30 millones de euros para financiar el despliegue de las autoridades marroquíes contra la inmigración irregular, una partida que, según el Gobierno, ya estaba contemplada antes de la entrada masiva.
El episodio ilustró que Europa necesita a Marruecos para controlar su frontera meridional y, al mismo tiempo, esa dependencia concede a Rabat una capacidad de influencia considerable.
Ceuta y Melilla: dos ciudades fuera del relato simplista
La disputa territorial precede con mucho a las actuales guerras de desinformación.
Ceuta y Melilla son ciudades autónomas españolas y forman parte de la frontera exterior de la Unión Europea, aunque poseen particularidades respecto del espacio Schengen y del territorio aduanero comunitario.
La posición española se apoya, además, en una larga trayectoria histórica y jurídica. Ceuta permaneció bajo soberanía española tras la separación de Portugal y su situación quedó reconocida en el Tratado de Lisboa de 1668. Melilla había sido incorporada a la Corona de Castilla en 1497. Documentación del propio Congreso recoge estos títulos históricos y los tratados posteriores que consolidaron la soberanía española.
Marruecos, por el contrario, mantiene una reivindicación política sobre ambas ciudades desde su independencia en 1956, vinculada a la concepción histórica del denominado Gran Marruecos.
El Sáhara como telón de fondo
La relación entre Madrid y Rabat no puede comprenderse sin el Sáhara Occidental.
En marzo de 2022, el Gobierno de Sánchez anunció un cambio histórico en la posición española y pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como la base “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto. El giro provocó una profunda crisis con Argelia, principal rival regional de Marruecos y respaldo histórico del Frente Polisario.
La relación hispano-argelina ha comenzado posteriormente a recomponerse. En marzo de 2026, José Manuel Albares visitó Argel y ambos países anunciaron la reactivación del Tratado de Amistad y el relanzamiento de la cooperación bilateral. Argelia continúa siendo, además, un socio energético estratégico para España.
El último movimiento relevante en el tablero saharaui llegó con la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada el 31 de octubre de 2025. El texto tomó nota del creciente respaldo internacional a la propuesta de autonomía marroquí y señaló que una autonomía bajo soberanía marroquí podría constituir una solución viable, pero mantuvo el marco del proceso político auspiciado por Naciones Unidas y la referencia a una solución aceptable para las partes. Rusia, China y Pakistán se abstuvieron; Argelia no participó en la votación.
No es, por tanto, correcto equiparar automáticamente el Sáhara Occidental con Ceuta y Melilla. Son controversias distintas, con historias, marcos jurídicos y posiciones internacionales diferentes.
La dependencia europea
La cuestión de fondo es más amplia que Marruecos. Durante años, la Unión Europea ha construido una parte esencial de su política migratoria sobre la externalización del control fronterizo. Marruecos, Turquía, Túnez y otros países vecinos han recibido cooperación y financiación para contener los movimientos migratorios antes de que alcancen territorio comunitario.
El modelo ofrece una ventaja inmediata: reduce las llegadas a Europa. Pero tiene un coste estratégico: transfiere parte del poder de control de la frontera europea a Estados terceros. Cuando la relación funciona, la externalización parece cooperación. Cuando se deteriora, puede transformarse en dependencia.
Ceuta representa esa paradoja en su forma más desnuda. La frontera europea comienza literalmente al otro lado de una valla, pero su estabilidad depende también de lo que decidan las autoridades situadas al otro lado.
La frontera entre la influencia y la evidencia
La expresión “guerra híbrida” resulta útil para describir la combinación de instrumentos militares, económicos, tecnológicos, migratorios, diplomáticos y propagandísticos que pueden emplearse sin alcanzar formalmente el umbral de un conflicto armado.
Por eso el verdadero mapa de la injerencia en Ceuta no debería dibujarse únicamente con flechas que apunten hacia Moscú, Tel Aviv o Rabat. Debe incorporar grados de certeza.
Rusia aparece vinculada a la amplificación de narrativas tras el inicio de la crisis. Israel aparece relacionado con determinadas campañas digitales sobre la cuestión territorial, sin que ello permita atribuir responsabilidad al Estado israelí. Marruecos permanece en el centro de la ecuación geográfica, diplomática y territorial, pero el Gobierno español sostiene que no dispone de pruebas que acrediten una intervención directa de sus autoridades en la organización de la avalancha.
Y existe una cuarta fuerza, quizá menos visible pero más profunda: la vulnerabilidad estructural de Europa ante cualquier crisis migratoria que pueda ser convertida en combustible político.
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