Irene se ha convertido, involuntariamente, en la voz de millones de españoles. “¡Haced algo ya, coño!”, gritaba desde la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados en el momento de la votación del Real Decreto-ley que contenía la prórroga de los alquileres, sentenciado por Partido Popular (PP), Vox y Junts per Catalunya. “Sois culpables de esta situación”, responsabilizaba a los 350 diputados, o a los que se dignaron a estar presentes en el Hemiciclo, de la inacción ante la creciente crisis de la vivienda.
Era la primera vez que Irene acudía a la sede de la soberanía popular e incluso estaba un poco emocionada. El martes había arrancado, en su piso con goteras y humedades de la calle Gaztambide (Madrid), con el convencimiento de que la prórroga de alquileres, “un parche”, como ella lo califica en una charla con ElPlural.com, iba a decaer. “No es la solución, ni muchísimo menos, y sabíamos que no iba a salir, pero era, por lo menos, una medida que beneficiaba a muchísima gente”, relata.
Pero no fue el conocido desenlace lo que detonó la reacción visceral de la inquilina del fondo buitre Palau & Manfredi, que se ha propuesta echarla a ella y a todos sus vecinos para especular con sus casas. El Pleno arrancó de forma rutinaria para los diputados, pese a que “el parche” que allí estaba en juego representaba un clavo más para el ataúd roído y ajado de la clase trabajadora.
“Yo fui con ilusión porque es el Congreso de los Diputados y no había estado nunca, pero ver que la mayoría de los diputados no estaban, ministros ya ni te digo, y que aquello parecía un patio, allí con los móviles. Igual es algo populista, pero a mí se me caía el alma a los pies”, explica Irene a este periódico, disgustada porque “la actitud de votar en contra de una medida porque la saca el otro”. Y así fue como sucedió.
“Era una impotencia”, recuerda cómo vivió aquellas horas. “Aquí hay que hacer algo y ojalá grite mucha gente, en el Congreso o dónde sea, pero que esto no pare. La situación es crítica, ya no se puede aguantar más”, llama a la población. Ahora, días después y “más tranquila”, Irene ha recuperado el optimismo que le caracteriza. “Creo que la gente está siendo más consciente que nunca. La gente está empatizando”, asegura, receptora y emisora del apoyo que desde las organizaciones y los barrios se está brindando.
Resistencia hasta la última consecuencia
“Hay muchos discursos de odio, señalando a okupas o diciendo que no se ha comprado un piso porque no ha querido, que están cayendo por su propio peso”, asevera. Sin embargo, cree que aún queda mucho por hacer a nivel ciudadano. “Es indispensable que la gente se organice porque ya no hay otra. El año que viene hay muchas elecciones y será ahí cuando empiecen a prometer medidas, pero miles de personas más habrán perdido ya su casa”, augura, garantizando que ella misma se encargará de quitar muchas caretas para evitar nuevos engaños a su entorno.
Irene, ante todo, cree que es necesario presentar batalla hasta las últimas consecuencias. Su caso, también el de sus vecinas de Gaztambide 37, es el de la persecución y hostigamiento de un fondo buitre. Muy similar al de General Lacy 22, Tribulete 7 y una larga lista de bloque repartidos por toda España y defendidos por los sindicatos de vivienda. La estrategia es acometer obras que perturban la vida de los vecinos, no reparar los desperfectos, enviar comandos desokupa e intentar acabar con todo atisbo de resistencia.
“A mí me echan con los pies por delante”, anticipa. Una posición que va mucho más allá de su casa. “No pueden ganar la batalla porque los que lo estamos haciendo bien somos los que nos levantamos todas las mañanas para trabajar y para sacar el país adelante, no estos que lo que quieren es tocarse los huevos a costa del sufrimiento de la gente”, explica, con emoción y dignidad, la lucha. “Ya se ha acabado”, advierte a quien quiere dejarla sin casa.
“Esta gente se cansa de decir ‘mercado, mercado, mercado’. Pues la única manera es joderles el mercado. Aquí, por el miedo y la desinformación, llegan, compran, echan, venden y ganan. Así es la operación. Pero si compran, no echan, no echan, no echan, se joden y el Gobierno hiciera algo, tocar los precios, por ejemplo, dejaría de ser una inversión segura al perder la rentabilidad. Entonces se tendrían que buscar otra cosa”, desgrana. “Se buscan gritones”, se despide de este periódico, llamando a toda una población “a rebelarnos” y no dar ni un paso más atrás en la lucha.
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