El yate 'Fortuna'. EFE/Archivo El yate 'Fortuna'. EFE/Archivo



Dijeron que era una manera de agradecer a Don Juan Carlos su enorme aportación a la imagen de Baleares. Por eso, un grupo de empresarios decidieron regalarle al rey en 1999 un nuevo yate para mantener  la afición del monarca por el deporte marítimo y contribuir al ocio estival de la familia real y sus ilustres invitados, fomentando la imagen de las islas. Para ello, 20 empresarios baleares entre otros, desembolsaron 100 millones de las antiguas pesetas cada uno para intentar alcanzar los 3.000 millones que costaría la embarcación... incluso a base de créditos. El Gobierno de Jaume Matas aportó -según denuncia posterior- otros 460 millones, y para el resto hubo que pelear aquí y allá a la caza de donativos…Pero ya en 2010 los achaques del rey y las separaciones y percances familiares dieron al traste con la pretendida promoción. Un negocio que salió muy caro, aunque desgravaba.

2010: decadencia de la familia real
Y es que ya en esas fechas, hace tres años, la reina no se dejaba fotografiar cuando iba de compras, el rey no podía navegar tras sus operaciones  Elena de Borbón y Jaime de Marichalar volaban cada uno por su lado y Cristina e Iñaki vivían en Washington D.C.

Con el rey de baja, ese verano solo Felipe regateó un par de días en verano y la foto que todos los años abría la portada de las revistas del corazón con la familia en feliz ambiente marinero sobre la cubierta del yate, ya no se iba a producir. Si algún empresario tuvo dudas de la inversión en un primer momento, si las asociaciones de fomento y turismo de Mallorca e Ibiza veían con preocupación los avatares reales, ese fue sin duda el año que dio paso al arrepentimiento.

La avería que molestó a Carlos de Inglaterra
Todo empezó porque en 1999 el rey necesitaba un yate nuevo. El anterior Fortuna, regalo del rey de Arabia Saudi al monarca español,  estaba ya en muy malas condiciones si bien cuando salió  en 1976 de los los astilleros Balmer and Johnson de Estados Unidos, se consideraba un barco puntero y sofisticado. La maquinaria estaba obsoleta desde mucho tiempo atrás y los invitados reales sufrieron este desgaste. Como en 1988

Cuando Don Juan Carlos y el príncipe Carlos de Inglaterra querían navegar desde Sóller hasta Mahón y en la mismísima bahía de Sóller se rompieron unas conducciones eléctricas que bloquearon los mandos. Dos barcos de pesca y una lancha zodiac de la Armada tuvieron que remolcar el yate hasta la base naval. El príncipe Carlos, muy molesto, tuvo que volver a Palma de Mallorca en una furgoneta recorriendo una carretera muy incómoda por sus curvas cerradas.

Mallorca, la isla real
Y es que Mallorca, gracias al soberano español, era la idílica isla real de todos los veranos. Para la posteridad quedaron lady Di, el príncipe de Gales y sus hijos. El palacio de Marivent, residencia oficial de los reyes de España en la isla, recibió a multitud de personajes  como el expresidente americano Bill Clinton y su esposa Hillary, o Mijail Gorbachov expresidente de la todavía Unión Soviética. Los monarcas españoles agasajaban a presidentes, primeros ministros y altos representantes españoles y de otros países al calor del sol de las Baleares y llevándoles a disfrutar del mar a bordo de su yate Fortuna. Este glamour sobrevenido proporcionaba ventajas a la economía insular sin necesidad de invertir en publicidad. Los medios informativos daban cuenta fielmente de las andanzas y alegrías estivales de la familia de don Juan Carlos. Paseos por las calles, visitas a los comercios, la reina de compras, el sector joven de la Zarzuela de copas… y en fin, componían sin duda una parte más del atractivo turístico balear.

El 83,4% del PIB balear
Además, la tradicional participación del rey y sus hijos en las regatas, con excelentes resultados por lo general, suponía una fantástica operación natural de marketing en una zona que contaba entonces con 60 puertos deportivos y casi19.000 amarres.

Baleares sumaba 400.000 plazas turísticas disponibles en ese momento, 100.000 viviendas propiedad de alemanes y británicos en su mayoría y 100 vuelos semanales solo de compañías aéreas germanas. El turismo generaba a la Comunidad  el 83,4% del producto interior bruto. Así que la asistencia estival de los reyes y familia a la isla era clave.

Nueva residencia para que se queden
La familia real fue creciendo. Las infantas se casaban y tenían hijos y a Marivent cada verano iba más gente, sin olvidar la habitual estancia de  los reyes griegos. Al Gobierno balear, le preocupaba que don Juan Carlos pensara en mudarse a otro lugar de España y se esforzó en localizar nuevas residencias. Tras arduas negociaciones, la Comunidad adquirió Son Vent, una finca cercana al palacio de Marivent propiedad del Ministerio de Defensa para que allí pudieran vivir  cuando quisieran las familias del príncipe y las infantas y todos los invitados de cada año. Rehabilitar el edificio principal y dos pequeñas construcciones  anejas denominadas Son Ventet y Casa dels Posaders se calculaba  costaría unos 800 millones de pesetas.

Un rey austero con un yate roto
Pero ¿cómo hacerse con un barco en condiciones? Coleaba aún el escándalo producido en 1997 cuando el ministro de Defensa británico,  el conservador Michael Portillo,  quiso sustituir el yate real, Britannia, por otro nuevo por un coste de 13.000 millones de pesetas a cargo de los contribuyentes. El argumento era que al tratarse de un símbolo de orgullo nacional, no era admisible pensar en aportaciones privadas. El clamor fue estrepitoso y la comparación odiosa, como todas: frente al exceso y al derroche que denotaba la reina Isabel II en este tipo de actuaciones, otro monarca vecino, el rey español era austero y aguantaba con  su Fortuna que cada vez  se estropeaba más, pero aseguraba que no iba a admitir su sustitución por otro nuevo a cargo de los Presupuestos Generales del Estado.

No, gracias, Mario
Esa misma austeridad había alegado con anterioridad Don Juan Carlos en 1989, para  rehusar el regalo de un yate construido por encargo del Estado español en los astilleros asturianos Mefasa ligados al grupo Banesto que presidía Mario Conde. Se llamaba el Corona del Mar y finalmente fue vendido por 1.235 millones de pesetas, y con ese dinero se emprendieron obras de rehabilitación en edificios del Patrimonio Nacional. Relatan las crónicas que Conde intentó obsequiar el barco al monarca, quien no aceptó.

El obsequio
Ya a finales de 1997, varios empresarios de las Baleares anuncian que desean regalar un barco al rey. A la vez, para promocionar las islas, crearon la Fundación Turística de las Islas Baleares. Al frente de esta iniciativa figuraban Gabriel Barceló, Carmen Matutes y Gabriel Escarrer así como el delegado en Baleares de La Caixa, José Francisco Conrado de Villalonga. El grupo inicial convoca a otras personas del mundo de la empresa y las finanzas, consiguiendo un total de 20 socios que aportaron 100 millones de pesetas cada uno, o sea, dos mil millones de pesetas para hacer realidad la embarcación.

“No pedimos nada a cambio”
El Rey recibió en audiencia al grupo en diciembre de ese año y tras la foto oficial la Casa Real comunicó  que a Su Majestad el obsequio le parecía correcto siempre que nadie pretendiera un protagonismo excesivo. “No pedimos nada a cambio”, protestaron los patronos de la Fundación.  Ahí se produce una nueva polémica al hacerse público que el  Gobierno balear presidido por Jaume Matas, pensaba aportar una cantidad simbólica que inicialmente se fijó en cinco millones  de pesetas. La crítica procedía de Izquierda Unida que no lo consideraba pertinente. Más tarde, bajo el Gobierno del socialista Francesc Antich, su consejero de Turismo, Celestino Alomar, denunció que la inversión oficial en el yate en época de los populares, había ascendido a 460 millones de pesetas a través de los Patronatos de Turismo de las islas.

Falta dinero
La construcción del nuevo Fortuna comenzó en los astilleros Bazán de San Fernando, Cádiz. Los trabajos, llevados en el más riguroso secreto, duraron un año y medio. Mientras el Fortuna iba tomando forma, sus armadores veían crecer sus problemas económicos. Veían que el barco iba costar tres mil millones de pesetas. Frente a la aportación prevista de los socios fundadores que no pasaba de los dos mil millones, el acuerdo suscrito fijaba que los cien millones respectivos se debían abonar en plazos de diez millones anuales, según reflejó entonces la revista El Siglo en una interesante crónica de la época, y para el verano del año 2000, fecha prevista para la entrega no se contaba con haber reunido más de 600 millones de pesetas en efectivo.

Socios…de donde fuera
Así que se lanzaron a buscar nuevos socios durante todo ese año 1999 consiguiendo de aquí y de allá y viéndose obligados a suscribir un crédito. El hotelero Gabriel Barceló tranquilizaba los ánimos: “Nuestro capital social es de 3.700 millones de pesetas entre lo desembolsado y las aportaciones comprometidas notarialmente para los próximos años; no hay, por tanto, ningún problema a la hora de pedir créditos y pagar el barco”.

El añadido de empresarios de otras regiones españolas como los catalanes Enrique Puig (Antonio Puig Perfumes) o José Ferrer (Freixenet) no desvirtuaba el objetivo de la Fundación. Gabriel Barceló explicaba que se trataba de personas que simpatizaban con la monarquía y deseaban agasajar al rey.

Garantía de ingresos
Por su parte, Carmen Matutes, hija del ex ministro de Exteriores con Aznar y empresario balear Abel Matutes, afirmaba con claridad que se trataba de un modo de pedirle al Rey que continuara disfrutando las vacaciones en las Pitiusas. Todos eran conscientes de que la familia real suponía una garantía de ingresos. El Fortuna se amortizaría por la continuidad, por una publicidad no convencional capaz de atraer turistas y consumidores a las inmobiliarias, a los hoteles, a los restaurantes y al comercio.

Críticas y cenas con el rey
La Fundación mientras, organizaba actividades dando  sentido a su existencia y a las que acudían el rey y la reina en ocasiones, no sin que se produjeran algunas críticas. Es el caso del concierto de música clásica del Lunes Santo en la catedral de Mallorca. El Diario de Mallorca  destacaba la asistencia de don Juan Carlos a una cena celebrada en la finca del delegado de la Caixa en Santa María del Camí cerca de Palma, en la que se encontraban también algunos otros empresarios vinculados al proyecto y con los que el rey charló del estado de la construcción de la nave. La intención de los socios era mantener viva la Fundación con la creación de certámenes literarios, adquisición de inmuebles para preservar el medio ambiente y otras actuaciones similares para las que inevitablemente iban a precisar de nuevas incorporaciones.

Un monarca muy ilusionado
Las diferentes modificaciones que el Rey introdujo en el yate, fueron la causa de que no estuviera terminado para Semana Santa de 1999. Muy ilusionado, el próximo patrón del flamante navío acudía a los astilleros de incógnito, hablando con los técnicos, preguntando detallas y dejando sugerencias. Realizado por completo en aluminio, el nuevo Fortuna iba a ser un barco exclusivo que presentaba lo más avanzado en tecnología. A partir de un planteamiento de  Don Shead diseñador de yates veloces internacional, los ingenieros de la Bazán llevaron a cabo la obra atendiendo a las opinones  de Richard Cross  capitán del Fortuna, y las del propio monarca. Como curiosidad, las pruebas previas a la construcción para concretar las prestaciones requeridas, se realizaron en el Canal de Experiencias Hidrodinámicas de El Pardo.

Estreno con la reina, Cristina y Urdangarin
Por fin, un sábado 15 de enero del año 2000 don Juan Carlos y doña Sofía viajaban a Cádiz. Les acompañaron la infanta doña Cristina y su esposo Iñaki Urdangarín, duques de Palma. La ceremonia fue de carácter privado a causa del luto por el fallecimiento de la madre del rey, doña María. El Fortuna III surcó el Atlántico con destino al Mediterráneo.  En abril la familia real bautizó su yate nuevo. Los promotores del turismo en la isla se felicitaban porque todo siguiera como siempre.

Sin final feliz
Pero nada es eterno. Trece años después, la decisión del rey de desprenderse de su barco de recreo «siguiendo la lógica de la austeridad» impuesta en España como consecuencia de la crisis económica, daba al traste con aquellos felices años de portadas a todo color y anécdotas pitiusas con mandatarios de todo el mundo. Zarzuela informaba el 16 de mayo de 2013 que el jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, había pedido a Patrimonio Nacional el comienzo del proceso de desafectación del yate que concluirá con un Real Decreto del Consejo de Ministros para que pueda ser vendido o subastado.

Pero el destino del Fortuna es también el cierre de una época dorada en que Mallorca era una isla de cuento y sus empresarios hacían regalos millonarios con el objetivo de un final feliz. No ha sido así. El rey apenas navega ya y algunos de los empresarios de esta historia e incluso algunos miembros de la familia real se ven envueltos en escándalos y procesos judiciales. ¿Quién lo iba a decir? Nada volverá a ser como antes.

Esta es la relación de los veinte empresarios que decidieron regalarle un nuevo yate al rey. (Fuente revista El Siglo 5/6/2000)




























































Jaume Matas presidente y José María González Ortea representando a la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares.
Miguel Vicens Ferrer (Asociación Fomento del Turismo de Mallorca y Fomento de Turismo de Ibiza).
José Francisco Conrado Villalonga (representando a La Caixa).
Pedro J. Batle Mayol (representando a la Caja de Ahorros de Las Baleares).
Gabriel Escarrer (Inmotel Inversiones).
José Linares Colom (Iberostar, Hoteles y Apartamentos).
Enrique Piñel López (Banca March).
Juan José Hidalgo (Air Europa).
José Luis Carrillo Benítez (Hoteles Globales).
Gabriel Barceló (Hoteles Dux).
Antonio Fontanet Obradro (Productos Fontaneda).
Carmen Matutes (Agrupación Hotelera Doliga).
Isabel García Lorca (Viajes Soltour).
Miguel Roselló Ramón (Roxa S.A.).
Gonzalo Pascual Arias (Spanair).
Miguel Ramis Martorell (Grupotel).
Pedro A. Serra Bauzá (Hora Nova S. A.)
José Antonio Fernández Alarcón Roca (Riu Hoteles).
Pedro Ballester Simonet (en nombre propio).