La llegada anticipada del calor extremo ha dejado ya una huella inédita en la salud pública española. El pasado mes de mayo se convirtió en el más mortífero por altas temperaturas desde que existen registros comparables, con 101 fallecimientos atribuibles al exceso de calor, una cifra que multiplica por 3,6 la media registrada durante la última década para este periodo del año. El dato, difundido por el Ministerio de Sanidad, refuerza la preocupación de las autoridades ante un fenómeno que ya no se limita a los meses centrales del verano y que comienza a manifestarse con intensidad creciente durante la primavera.
Según los registros del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), entre 2015 y 2025 se han contabilizado 27.564 muertes asociadas a episodios de calor extremo en España. El peor ejercicio continúa siendo 2022, con 4.789 fallecimientos, seguido de 2024, cuando se registraron 3.832 defunciones vinculadas a las elevadas temperaturas. Sin embargo, los responsables sanitarios advierten de que la principal novedad no es únicamente el aumento del calor, sino su progresivo adelanto en el calendario.
La ministra de Sanidad, Mónica García, subrayó que el problema radica en que “cada vez llega antes”, cuando buena parte de la población todavía no se encuentra adaptada fisiológicamente a las condiciones estivales ni percibe plenamente los riesgos asociados. En este contexto, recordó que el verano meteorológico se ha alargado cerca de seis semanas respecto a los años ochenta, una transformación que está modificando de forma estructural las condiciones climáticas en las que vive la población española.
Los datos meteorológicos respaldan esa tendencia. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha calificado el episodio vivido durante mayo como un fenómeno de calor intenso y persistente, con temperaturas situadas entre 10 y 15 grados por encima de los valores habituales para estas fechas en amplias zonas del país.
El norte concentra el mayor impacto sanitario
La distribución territorial de la mortalidad ha llamado especialmente la atención de los expertos. El responsable de Salud y Cambio Climático del Ministerio de Sanidad, Héctor Tejero, explicó que la mayoría de las víctimas fueron mujeres de edad avanzada residentes en comunidades del norte peninsular, especialmente en Euskadi, Asturias y Galicia, territorios tradicionalmente menos acostumbrados a episodios prolongados de altas temperaturas.
El impacto sanitario va mucho más allá de los fallecimientos. Según los datos manejados por el Ministerio, cada aumento significativo de las temperaturas provoca un incremento cercano al 10% en las hospitalizaciones. Además, los accidentes laborales también se disparan durante los episodios de calor extremo, llegando a aumentar hasta un 17%.
“Podemos hablar de que el cambio climático y el calor extremo enferman y matan”, advirtió Tejero, quien alertó de que el riesgo de mortalidad aumenta entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado que la temperatura supera los umbrales considerados peligrosos para la salud.
Precisamente para adaptar la prevención a la nueva realidad climática, Sanidad ha actualizado los límites térmicos a partir de los cuales se activan los mecanismos de alerta. Las diferencias son notables según la zona geográfica: mientras algunas áreas de Sevilla soportan umbrales de hasta 41,5 grados antes de que el riesgo sanitario se dispare, en el litoral oriental asturiano el límite se sitúa en apenas 25,7 grados.
Una cuestión climática y también social
El Ministerio insiste además en que el calor extremo no afecta a toda la población por igual. Las condiciones de la vivienda, la capacidad económica para climatizar los hogares o la posibilidad de adaptar horarios laborales influyen de manera decisiva en la exposición al riesgo.
Por ello, Mónica García defendió que la adaptación climática debe abordarse también desde una perspectiva de justicia social. “Hablar de calor es hablar de desigualdades”, señaló la ministra, al recordar que quienes residen en viviendas mal acondicionadas o desempeñan trabajos al aire libre soportan una vulnerabilidad significativamente mayor frente a las olas de calor.
Los colegios, ante un clima para el que no fueron diseñados
La preocupación se extiende también al ámbito educativo. Los menores figuran, junto a las personas mayores, los pacientes crónicos y las mujeres embarazadas, entre los colectivos más sensibles a las altas temperaturas.
En este sentido, Sanidad considera urgente adaptar los centros escolares a unas condiciones climáticas radicalmente distintas de aquellas para las que fueron concebidos. García reclamó a las comunidades autónomas que aceleren sus planes de adaptación climática en los colegios y recordó que las consecuencias del calor van más allá de los golpes de calor o las deshidrataciones.
Las elevadas temperaturas, advirtió, afectan también a la concentración, reducen la capacidad de aprendizaje, alteran el rendimiento académico y repercuten directamente sobre el descanso y el bienestar emocional de niños y adolescentes.
Con el verano apenas iniciado y tras registrar ya cifras históricas de mortalidad en mayo, las autoridades sanitarias observan con inquietud una tendencia que confirma la aceleración de los efectos del cambio climático sobre la salud pública. El desafío, insisten los expertos, ya no consiste únicamente en afrontar veranos más cálidos, sino en adaptarse a una nueva realidad en la que el calor extremo comienza cada vez antes y se prolonga durante más tiempo.
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