Carla Simón continúa ahondando en el mapa de la memoria familiar. Después de dirigir Estiu 1993 y Alcarrás, la cineasta catalana cierra su tríptico personal con Romería, un metraje autobiográfico que nos muestra la historia de Marina, una joven que viaja a Vigo en una inmersión de su desconocida familia paterna con el objetivo de constatar su vínculo a nivel notarial. Necesita ser reconocida como hija de su padre dentro de la legalidad para poder solicitar una beca universitaria. 

A partir de esa premisa, el viaje de Marina se desdobla también en los pensamientos de su madre biológica, a la que apenas conoció, y sus impresiones de la vida de excesos en Vigo junto al padre de la joven durante los años ochenta. Romería es una vívida reflexión sobre la membrana de la familia, que nos atrapa y delimita. En este sentido, la protagonista chocará con un mundo burgués y hostil regido por las apariencias.  

La verosmilitud de la primera mitad de película, marcada por el pulso real de las vivencias de la directora y construida a partir de cartas originales de su madre, no le impiden a Simón tomar carrerilla y en un momento dado elevarse hasta lo subjetivo. La imaginación de Marina rellena huecos vacíos y exalta las palabras de su madre hasta la fábula, confundiendo ensoñación y memoria y generando imágenes sin registrar por la conciencia, al estilo de Aftersun, el milagro de Charlotte Wells. 

En el caso de Simón, las drogas pasan a un primer plano y sirven de vehículo para encarar los tabúes propios de una familia adinerada y patriarcal que funciona como un clan. La cinta española se remite a temáticas históricamente maltratadas como el SIDA y la adicción, en un surtido de escenas tiernas y crudas que se van intercalando.

Exponer el trauma

La cámara de Simón se instala en los márgenes del acontecimiento: observa gestos, miradas y silencios más que acciones explícitas. Es ahí donde la película encuentra su fuerza. Romería acompaña a Marina en un viaje iniciático en el que se rebusca debajo de la alfombra y que expone el trauma y la herida escondida durante generaciones. Este ejercicio no tiene por qué servir para sanar, pero sí abre una conversación entre pasado y presente en la que poder aferrarse a algunas certezas

Con Romería, Carla Simón reafirma su lugar como una de las voces más coherentes del cine español contemporáneo. Su mirada, profundamente personal, vuelve a demostrar que lo íntimo puede convertirse en un espacio de resonancia colectiva. La memoria se desgrana capa por capa en un metraje que resalta el valor de la invención y la curiosidad. 

Fiel a la intimidad como la huella identitaria de su directora, la cinta se encuentra nominada al premio Goya a Mejor Dirección, Mejor guion adaptado, Mejor actriz de reparto, Mejor actor revelación, Mejor actriz revelación y Mejor diseño de vestuario en una gala que no ha seleccionado a Romería entre las películas del año. Esta decisión ha encontrado muchas críticas que han señalado al cine de autor como el mayor "maltratado" a la hora de obtener reconocimiento. 

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