Hay novelas que se leen. Otras se soportan. La colmena se atraviesa. No porque sea difícil en términos literarios, sino porque incomoda desde su propia estructura. Hay ruido de fondo. Voces. Hambre. Miradas torcidas. Gente que pasa sin dejar huella porque el sistema no se la permite. En ese sentido, la novela coral de Camilo José Cela no es solo una obra clave del siglo XX español: es una demolición narrativa del relato oficial del franquismo.

La colmena no se escribió para gustar. Se escribió -consciente o inconscientemente- para dejar constancia. Y eso explica por qué fue censurada, mutilada y publicada primero fuera de España. Porque mostraba justo lo que el régimen no quería que se viera: un país derrotado por dentro, donde la victoria militar no había traído ni justicia ni bienestar, sino miedo, pobreza y una jerarquía social férrea sostenida por la hipocresía moral.

La estructura coral no es solo una innovación literaria: es una posición política. Frente al “Caudillo”, Cela propone cientos de personajes sin nombre memorable. Frente al discurso de unidad nacional, ofrece fragmentación. Frente al orden, caos. La España de La colmena no funciona como una nación cohesionada, sino como un enjambre humano donde cada cual sobrevive como puede, chocando con los demás, compitiendo por migajas, vigilado constantemente por normas no escritas pero implacables.

La acción se sitúa en el Madrid de los años cuarenta, pero podría leerse como una ciudad universal de posguerra. Aun así, ese Madrid es profundamente político. No es la capital imperial que el franquismo pretendía exhibir, sino una ciudad sucia, fría, llena de interiores claustrofóbicos. Cafés donde nadie está cómodo, pensiones donde se alquila algo más que una cama, calles que no prometen futuro. El espacio público existe, pero no pertenece a la gente: pertenece al control, a la mirada ajena, al rumor.

Uno de los mayores aciertos —y también una de las mayores crueldades— de La colmena es su negativa a ofrecer esperanza. No hay personajes que “salgan adelante” por méritos propios. Quien prospera lo hace a costa de otros o gracias a su posición previa. La movilidad social es un espejismo. En esa lógica, la novela desmonta el mito meritocrático mucho antes de que el término se pusiera de moda. En la España de Cela, no triunfa quien se esfuerza, sino quien encaja, quien obedece o quien explota.

La colmena revela cómo la desigualdad no es un accidente, sino una estructura. Cómo la moral oficial sirve para justificar abusos privados. Cómo el machismo, la precariedad y la violencia simbólica se normalizan cuando el Estado mira hacia otro lado o, directamente, las fomenta. Las mujeres del libro viven atrapadas entre la dependencia económica, la censura sexual y la culpa. No son víctimas pasivas, pero sí personajes sin margen de maniobra real. Cela no las idealiza, pero tampoco las juzga: las muestra en un sistema que ya las ha condenado.

A diferencia de otras novelas de la época, La colmena no busca épica ni nostalgia. No hay pasado glorioso al que volver ni futuro que imaginar. Solo un presente espeso que se repite. Esa falta de horizonte es, quizá, su denuncia más dura. Una sociedad sin expectativas es una sociedad fácilmente gobernable. Y eso es exactamente lo que retrata la novela: un país agotado, vigilado, domesticado.

Por eso La colmena sigue siendo incómoda. No permite lecturas amables. Porque no encaja bien en los discursos de reconciliación vacía ni en las equidistancias históricas. Porque recuerda que la cultura también sirve para señalar responsables, aunque no los nombre. Y porque, en un momento en el que se banaliza el franquismo o se presenta como una etapa “compleja”, la novela insiste en algo esencial: la complejidad no borra el sufrimiento, ni la estructura coral diluye la injusticia.

Leer hoy La colmena es aceptar que España no se construyó desde arriba, sino soportándose desde abajo. Y que muchas de esas voces anónimas siguen ahí, zumbando, esperando que alguien vuelva a escucharlas.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio