Continúa el sol, las temperaturas se mantienen estables y, con ello, regresan las escapadas de fin de semana. Los días libres se han convertido en la excusa perfecta para descubrir destinos con encanto, historia y paisajes que invitan a desconectar. Entre todos ellos, Mansilla de la Sierra destaca como uno de los enclaves más conmovedores y singulares, ideal para contemplar embalses y el río que, hace décadas, marcó —de una forma que sin duda no esperas— el destino y la historia de este pueblo.

Ubicada en la comunidad de La Rioja, Mansilla de la Sierra es hoy una pequeña localidad de apenas medio centenar de habitantes, asentada a orillas del Embalse de Mansilla. Pero bajo las aguas verdosas que reflejan el cielo de la sierra descansan los restos del antiguo pueblo, un lugar que durante siglos fue corazón económico, social y cultural de toda la comarca.

Cuando Mansilla era el corazón de la Sierra

El nombre de Mansilla procede de “Mensa”, que hace referencia a una meseta o pequeña elevación en la sierra. Allí, en ese enclave privilegiado bañado por los ríos Gatón, Najerilla y Cambrones, se levantaba el antiguo pueblo. Era un lugar construido enteramente en piedra, donde hasta el pedernal formaba parte del carácter de sus calles. La arquitectura robusta y las casas blasonadas hablaban de una hidalguía antigua, de un pasado ligado a la historia compartida entre La Rioja y Burgos, y de una economía basada en la ganadería, la trashumancia y el aprovechamiento de huertas y pastos.

A comienzos del siglo XX, Mansilla contaba con unos 600 habitantes y más de 10.000 cabezas de ganado. Era cabeza de comarca en la Sierra y disponía de servicios poco habituales para la época en zonas rurales: farmacia, médico, cuartel de la Guardia Civil y juzgado. En la emblemática Casa de Islas se reunían los alcaldes de Las Cinco Villas y del valle de Canales para tomar decisiones sobre pastos, trashumancia y aprovechamientos agrícolas, competencias respaldadas por decretos reales desde el siglo XI.

El escudo del pueblo reflejaba su identidad: los ríos y las huertas en uno de sus cuarteles y, en otro, lobos rampantes sobre un roble coronado por el sombrero mariano y la “M” de Mansilla. Era el símbolo de una comunidad orgullosa de sus raíces y tradiciones.

El embalse que lo cambió todo para siempre

El antiguo Palacio de Mansilla acogió en otros tiempos al conde de Castilla, Fernán González, figura clave en la consolidación del territorio castellano. También albergó al rey Juan II de Castilla en una de sus visitas hacia Santo Domingo de Silos desde Nájera. Estos episodios dan cuenta de la relevancia histórica de la villa, que fue durante siglos un enclave estratégico y respetado.

Las cañadas reales atravesaban la zona y la trashumancia formaba parte del día a día. La vida en Mansilla estaba marcada por el ritmo del ganado, las estaciones y las relaciones vecinales tejidas en torno a la tierra.

Durante el periodo republicano, dentro del marco del Plan Hidráulico destinado a llevar agua a las huertas riojanas, se consideró que aquel enclave era idóneo para construir un embalse. El progreso, entendido como necesidad colectiva, comenzó a dibujar el destino del pueblo.

Con la construcción del embalse, las casas, los puentes y las calles quedaron anegados. Los vecinos tuvieron que abandonar sus hogares. No fue solo un traslado físico; fue una ruptura emocional profunda. Las piedras guardaban recuerdos, y despedirse de ellas supuso un duelo silencioso.

Se intentó reconstruir el pueblo en su actual ubicación en los años 60. Algunas edificaciones fueron trasladadas piedra a piedra, como el antiguo puente, y también se rescataron objetos del interior de la iglesia parroquial. Sin embargo, gran parte del antiguo casco urbano quedó sumergido para siempre.

Cada año, entre septiembre y octubre, cuando el nivel del embalse desciende de forma notable, emergen los restos de la antigua Mansilla. Muros, calles y cimientos reaparecen como fantasmas de piedra que recuerdan lo que fue. Para muchos, contemplar esas ruinas es una experiencia sobrecogedora, un auténtico diálogo entre pasado y presente.

La ermita que resistió al agua y al tiempo

El mejor lugar para observar el antiguo pueblo es el mirador junto a la Ermita de Santa Catalina, un templo románico del siglo XII que permanece en pie frente al embalse. Es el vestigio más importante que sobrevivió a la inundación. Desde allí, el paisaje combina naturaleza y memoria: agua, montaña y ruinas.

La ermita no solo es un punto panorámico, sino también un símbolo de resistencia. Ha visto desaparecer el viejo pueblo y levantarse el nuevo, y sigue siendo referencia espiritual y cultural para los vecinos.

Naturaleza, historia y patrimonio: qué ver en Mansilla

Aunque el actual pueblo data de los años 60, su entorno natural es de gran riqueza. La sierra ofrece rutas de senderismo entre bosques y montes, y es un lugar muy apreciado por los amantes de la micología. En otoño, numerosos aficionados llegan atraídos por la abundancia y variedad de setas.

Entre los lugares de interés destaca la Iglesia de la Concepción, donde se conserva una valiosa cruz procesional mozárabe fechada en 1109. Esta pieza, elaborada en láminas de plata y decorada con motivos vegetales y el Tetramorfos, fue llevada a Burgos durante la inundación del pueblo viejo y tardó años en regresar. Hoy es el símbolo más preciado de Mansilla y encabeza las procesiones en las principales festividades.

Tradiciones que mantienen viva la identidad

La gran fiesta de Mansilla es La Cruz, celebrada el 14 de septiembre. Sin embargo, en el antiguo pueblo ya se decidió añadir otra celebración el primer sábado de agosto, para que los veraneantes —muchos procedentes de Madrid y Logroño— pudieran participar. Durante julio y agosto, la población puede alcanzar las 300 personas, multiplicando la vida y la alegría en sus calles.

En septiembre, los vecinos comparten una cena a base de caldereta de cordero. Cada año, un ganadero dona el animal para la celebración, gesto que simboliza la continuidad de la tradición ganadera. En agosto, además de la procesión, se eligen el Alcalde y la Alcaldesa de Mozos, herederos de la antigua figura del Cachibirrio. Hay verbenas, zurracapote, partido de pelota en el frontón y la tradicional diana de mozos al amanecer.

Recientemente, con la colaboración de la Sociedad Gastronómica Mensa, se celebró una becerrada, un evento inédito en la historia de la Sierra que tuvo una gran acogida.

Cada siete años, Mansilla organiza el Día de las Siete Villas, reforzando su pertenencia a este colectivo histórico. En una de sus ediciones, el pregón fue pronunciado por Ramón Tamames, visitante habitual del pueblo, y años después por Roberto Hernández, hijo de la localidad y catedrático de Ética.

Aunque algunas celebraciones, como los antiguos carnavales, se perdieron tras la inundación, otras han sido recuperadas. El Vía Crucis de Semana Santa, que en el pueblo viejo se celebraba de noche con antorchas, hoy se realiza a la luz del día el Viernes Santo. Las cruces de madera en las puertas y la carraca en manos de los niños mantienen viva la memoria colectiva.

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