A nadie le gusta pasar calor en verano. En absoluto. Sin embargo, especialistas en psicología señalan que aquellas largas sobremesas sofocantes —acompañadas por el zumbido constante de los ventiladores— pudieron tener efectos positivos en la salud mental de quienes crecieron sin aire acondicionado.

El hecho de que hoy sea habitual contar con climatización en casa ha cambiado nuestra relación con el confort. Vivir con pequeñas incomodidades resulta ahora más difícil que antes, porque hemos aprendido a eliminarlas de inmediato.

Aprender a convivir con el malestar

Sin aire acondicionado, el malestar no era negociable. Se sudaba durante las comidas, se dormía encima de las sábanas y costaba despegarse de las sillas de plástico. Aun así, la vida continuaba con normalidad.

Esa rutina transmitía una enseñanza clave: sentirse incómodo no significa estar en peligro ni exige una solución inmediata. En psicología esto se conoce como tolerancia al malestar, la capacidad de mantenerse estable cuando las condiciones no son ideales.

Hoy tendemos a corregir cualquier incomodidad al instante. Sin embargo, la resistencia mental se fortalece cuando descubrimos que podemos soportar más de lo que creemos —algo que aquellos veranos demostraban sin necesidad de teoría.

Adaptarse en lugar de quejarse

Las quejas por el calor existían, pero llegaba un punto en que dejaban de ser útiles. Entonces tocaba ajustarse: cambiar horarios, descansar en las horas más duras, buscar la sombra, beber más agua y aprender qué habitaciones captaban mejor la brisa nocturna.

Esta forma de actuar fomenta una mentalidad flexible. En vez de obsesionarse con lo que no se puede controlar, se trabaja con lo que hay. Cuando surgen pequeños contratiempos, algunas personas se bloquean, mientras que otras reajustan su comportamiento con naturalidad. Crecer sin climatización empujaba hacia esta segunda actitud.

La paciencia como aprendizaje cotidiano

Refrescarse llevaba tiempo. Había que esperar al anochecer, al viento o al efecto —a veces modesto— del ventilador. No existía el alivio inmediato.

Esa espera cultivaba paciencia, una habilidad vinculada al aplazamiento de la gratificación. Saber aguardar sin perder el control resulta útil en relaciones personales, en el trabajo y en la toma de decisiones.

Hoy estamos rodeados de soluciones instantáneas. La paciencia sigue siendo valiosa, pero se practica menos porque el entorno la exige con menor frecuencia.

Normalizar el esfuerzo

Mantenerse fresco requería trabajo: mover ventiladores, abrir y cerrar ventanas con estrategia o cambiar de habitación para dormir. El confort no era automático; había que ganárselo.

Esta experiencia normalizaba el esfuerzo. Cuando el trabajo forma parte de la vida diaria, las dificultades posteriores sorprenden menos. En lugar de preguntarse “¿por qué me pasa esto?”, surge una pregunta más útil: “¿qué puedo hacer para manejarlo?”.

Escuchar mejor al propio cuerpo

El calor obligaba a prestar atención. Uno notaba la deshidratación, el cansancio y aprendía cuándo parar y cuándo seguir. Sin refrigeración artificial, era necesario estar atento a los límites físicos.

Esto desarrolla la conciencia interoceptiva, es decir, la capacidad de interpretar las señales corporales. Esa atención al cuerpo ayuda también a regular las emociones antes de que se desborden.

Cuando todo está perfectamente climatizado, esas señales pueden pasar desapercibidas y se pierde conexión con el propio estado físico.

El calor como experiencia compartida

El bochorno era colectivo. Las familias se reunían en los porches, los vecinos conversaban al caer la noche y los niños alargaban los juegos porque dentro de casa resultaba insoportable.

Compartir una dificultad crea sensación de comunidad. Hoy el mundo es más cómodo, pero también más individual: cada habitación, cada dispositivo y cada experiencia están personalizados. Se gana confort, pero se pierde parte de ese afrontamiento común.

El confort como privilegio, no como derecho

Quizá la lección más profunda fue asumir que estar cómodo es agradable, pero no imprescindible. Se podía cenar, dormir y vivir sin condiciones perfectas.

Esta idea genera solidez psicológica. Cuando el confort desaparece, no se produce un derrumbe automático. En la actualidad, solemos darlo por hecho y cualquier interrupción provoca frustración rápida.

No se trata de renunciar a los avances modernos, sino de recordar que la capacidad de adaptarse es tan importante como el bienestar material.

Lo que enseña la psicología sobre el aire acondicionado

Nadie añora noches empapadas de sudor o tardes pegajosas. Sin embargo, esas experiencias dejaron aprendizajes valiosos.

La resiliencia no nace de discursos motivacionales, sino de enfrentarse repetidamente a dificultades manejables. En un mundo que elimina el malestar con creciente rapidez, merece la pena preguntarse dónde seguimos teniendo —y aprovechando— oportunidades para fortalecernos.