Cuando estas líneas vean la luz, ya conoceremos los resultados de las elecciones en Andalucía, aunque mientras las escribo estemos todavía en la jornada de reflexión. Pero, como no quiero hablar de resultados sino del proceso, no hace falta esperarse. En cualquier caso, el resultado ya nos lo podemos imaginar después de debates, encuestas, y de la experiencia de los comicios celebrados hace poco en otras comunidades autónomas.

Hoy quería centrar mi atención en dos cuestiones que van más allá de quién gane o quién pierda, algo relativo si atendemos a los análisis que hacen luego los líderes políticos.

 Y sobre lo primero quería reflexionar, valga la redundancia, es sobre la propia jornada de reflexión. Está claro que el establecimiento de un plazo de 24 horas sin ser acosados por todo tipo de propaganda para que quienes no tienen claro el sentido de su voto -o ni siquiera si van a votar o no- se decanten por alguna opción. Pero hoy carece de sentido en gran parte. Porque las redes sociales, la existencia de Internet, que permite repetir todos aquellos mensajes que una quiera en diferido, y todas las posibilidades de seguir viendo informaciones -o desinformaciones- relacionadas con las elecciones, hacen ilusorio el propósito de esa jornada. Me gustaría conocer el resultado de una encuesta que dijera qué porcentaje de electores y electoras han decidido a quién votar en esta jornada.

Aunque, si de cosas ilusorias hablamos, también podríamos plantearnos dar una vuelta a los mítines, unas concentraciones que fueron inventadas para que la gente pudiera conocer los programas electorales y que hoy no tienen más sentido que aclamar al líder correspondiente. No conozco a nadie que acuda a mítines de un partido que no es el suyo, ni que se informe a través de los discursos que en esas concentraciones se hacen.

Pero lo que realmente me preocupa cada día más es el concepto de “voto útil”. Se entiende que es la elección de una opción electoral que no nos satisface del todo pero que se hace, sobre todo, para que no gane escaños otra que se considera a todas luces peor. El voto útil deja por el camino a partidos y agrupaciones de electores minoritarias que podrían aportar mucho y que no tendrán la oportunidad. Y quizás deberíamos dársela, porque la diversidad siempre hace buenas aportaciones, pero es lo que hay.

Sin embargo, no quiero acabar estas reflexiones sin apuntar algo que me parece verdaderamente importante. El auténtico voto útil es el que se emite, no el que se evita. Porque el simple hecho de meter una papeleta en una urna nos confiere el derecho de reclamar a quién hemos votado por no haber cumplido las expectativas. Algo de lo que se privó a nuestro país durante mucho tiempo en una época que hay quien pretende que vuelva. Y eso es lo que no podemos consentir.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus) 

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