Hay cartas que pasan desapercibidas y hay cartas que fijan posición. La enviada por Pedro Sánchez este domingo pertenece, sin duda, a la segunda categoría. No es un mensaje protocolario ni una arenga hueca destinada a consumo interno: es un posicionamiento político en un momento en el que demasiados actores políticos prefieren el silencio, la equidistancia calculada o la retirada discreta. Sánchez decide hablar cuando otros bajan la voz. Y decide hacerlo para trasladar una idea clara y deliberada: no es tiempo de rendirse ni de asumir como inevitable el retroceso democrático.

El contexto no es menor. El mundo atraviesa una etapa marcada por guerras abiertas, tensiones geopolíticas, autoritarismos en expansión y una ofensiva reaccionaria que avanza sin complejos en buena parte de las democracias occidentales. En ese escenario, el presidente del Gobierno lanza un mensaje que interpela más allá de las siglas y de la coyuntura partidista. Frente a la resignación, el miedo o el repliegue estratégico, reivindica algo que hoy vuelve a ser profundamente político: la valentía. Valentía para gobernar, para resistir la presión y para no renunciar a los valores que han permitido a España avanzar incluso en los momentos más difíciles de su historia reciente.

Desde el inicio, la carta sitúa el momento histórico y combate una idea que se ha ido normalizando en el debate público: la de que el retroceso es inevitable. Sánchez describe un comienzo de año atravesado por el contraste entre la ilusión personal y el desasosiego colectivo. Las portadas se llenan de tragedias, conflictos internacionales, discursos de odio y una sensación persistente de que el progreso fue apenas un paréntesis que ya se ha cerrado. Ese marco mental, repetido hasta la saciedad, no es inocente: constituye uno de los principales triunfos culturales de la ultraderecha global.

Frente a ese relato, el presidente no edulcora el diagnóstico. Señala sin ambages la existencia de una internacional reaccionaria que pretende devolvernos a un pasado de recortes, desigualdad y la ley del más fuerte, con la colaboración activa o pasiva de una derecha tradicional que ha decidido asumir ese mismo camino. No se trata de una exageración retórica ni de una consigna partidista, sino de una advertencia fundada en hechos que la ciudadanía reconoce en su día a día, tanto dentro como fuera de España.

Uno de los pasajes más incómodos - y precisamente por eso más relevantes - de la carta es el que interpela a sectores progresistas que han interiorizado ese marco de derrota. A quienes sostienen que ya no se puede, que gobernar sin mayorías absolutas es ilegítimo o que la izquierda solo tiene derecho a gobernar cuando arrasa en las urnas. Sánchez escucha esos argumentos, los analiza y los rechaza, no desde la soberbia, sino desde la responsabilidad política. Asumirlos implicaría aceptar una lógica de rendición preventiva y entregar el poder a quienes no creen ni en el Estado del bienestar ni en la igualdad de oportunidades.

Ese mensaje tiene un valor democrático evidente. La democracia no funciona por retirada anticipada ni por miedo a la confrontación. Funciona cuando quienes tienen un mandato lo ejercen, incluso - y especialmente - en contextos adversos. Por eso, la carta asume sin ingenuidad que la presión política y mediática continuará, que la coalición PP-Vox y su entorno seguirán tensando el debate público, incluso cruzando líneas democráticas. Pero lejos de justificar una retirada, el presidente defiende que gobernar es más necesario cuando hacerlo resulta más difícil.

Este enfoque conecta directamente con la vida real de la gente. Cuando la política se repliega o se paraliza, quienes pagan el precio no son los gobiernos, sino los ciudadanos. Son los trabajadores, las familias, los jóvenes y los mayores que dependen de políticas públicas fuertes, de servicios esenciales y de un Estado que no abdique de su responsabilidad. La valentía política, en este sentido, no es una abstracción: tiene consecuencias concretas en la vida cotidiana.

En el plano internacional, la carta introduce un posicionamiento especialmente relevante en un contexto donde abundan las ambigüedades interesadas. Sánchez condena de forma clara y rotunda la vulneración de la legalidad internacional en Venezuela, sin matices ni equidistancias, y lo hace desde una defensa firme de la democracia y del derecho internacional. Junto al recuerdo del sufrimiento de los pueblos de Ucrania y Palestina, el mensaje es inequívoco: España no mira hacia otro lado cuando se vulneran derechos fundamentales. Defiende reglas comunes porque son las que protegen a los más débiles frente a los más fuertes.

La valentía que reivindica el presidente no se apoya solo en principios, sino también en resultados. Siete años de gobiernos progresistas han dejado algunos de los mejores datos económicos, sociales y medioambientales de la historia democrática. Más empleo, una reforma laboral que ha reducido la precariedad, más derechos para los trabajadores, avances en cohesión social y estabilidad en un contexto internacional especialmente complejo. Estos logros no se presentan como una meta cerrada, sino como una base sólida desde la que seguir avanzando.

Sánchez reconoce que aún quedan salarios por subir, desigualdades por corregir y oportunidades por ampliar. Pero el mensaje de fondo es claro: el camino elegido funciona. Abandonarlo ahora, por miedo o por desgaste, sería una irresponsabilidad política y social. La carta reivindica, así, una idea cada vez más necesaria: que gobernar bien también implica sostener el rumbo cuando llegan las dificultades.

Ese recorrido ha situado a España como uno de los principales diques frente al avance de la ultraderecha en Europa. Mientras otros gobiernos ceden terreno, blanquean discursos reaccionarios o sacrifican derechos a cambio de réditos inmediatos, aquí se mantienen compromisos claros con el feminismo, los derechos laborales, el Estado del bienestar y la agenda climática. Para la ciudadanía, esto se traduce en vivir en un país que no intercambia derechos por aplausos fáciles y que entiende la protección de los más vulnerables como una fortaleza democrática, no como una debilidad.

En este contexto, la apelación a la esperanza adquiere un significado político profundo. No se trata de una consigna vacía ni de un recurso retórico, sino de una obligación moral. Defender el progreso cuando está amenazado, y no solo cuando resulta cómodo o rentable, se convierte en un acto de resistencia frente al cinismo y la resignación. Gobernar desde la esperanza, como sugiere la carta, exige hoy más que nunca coraje y convicción.

La misiva concluye con un reconocimiento explícito a la militancia socialista, a quienes sostienen el proyecto político en cada agrupación, en cada pueblo y en cada ciudad. Se les pide compromiso, dignidad y cabeza alta. En un mensaje que trasciende al partido, apela a una ciudadanía activa, consciente de que el espacio público no puede abandonarse a quienes buscan degradarlo o vaciarlo de contenido democrático.

El cierre es coherente con todo lo anterior: no renunciar a las ideas, a los valores ni al mandato democrático. No esconderse ni dar un paso atrás. En un tiempo marcado por el repliegue y el miedo, Pedro Sánchez decide avanzar. Y hacerlo hoy no es un gesto táctico ni una maniobra de supervivencia: es un acto de desafío democrático frente a quienes quieren que el miedo gobierne.

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