En los últimos días hemos visto dos grandes apologías de la tauromaquia, en defensa de lo más indefendible: la crueldad. Parece que en España existe un apego indestructible, en determinados ámbitos y personas (casi siempre asociados al pensamiento conservador/tradicional, que algunos llaman pensamiento fascista), a despreciar y a hacer daño a los demás, muy especialmente a los seres más indefensos y vulnerables, de la especie que sea (el ignorante pensamiento especista y antropocéntrico a estas alturas continúa sin estar superado, cuando se sabe perfectamente que todos los seres vivos son importantes para sostener lo que llamamos vida, excepto el ser humano, que es el animal más perverso, destructivo y depredador).

Sé que puedo parecer exagerada, estando, como está la mayoría de los españoles y de las personas en general habituados y adoctrinados en ese pensamiento psicopático-narcisista que nos lleva a considerarnos (por obra y gracia de lo que nos cuentan los dogmas cristianos) superiores al resto de especies; especies que, según nos cuentan, una deidad entregó al hombre, a modo de regalo, para satisfacer nuestros caprichos culinarios, comerciales, industriales, cinegéticos y psicopáticos (digo psicopáticos porque la ausencia de empatía y disfrutar con el sufrimiento ajeno es el rasgo más claro y característico del trastorno psicopático de la personalidad). Yo, sin embargo, creo profundamente en lo que afirma Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: considerar a otros seres inferiores a uno mismo o al grupo al que se pertenece es el origen de todo lo malo que le ocurre al mundo.

Resulta curioso que los que sitúan como uno de los mayores mandamientos el no matarás, cosifican a otros seres vivos y justifican su matanza a través de sus textos, sus dogmas y su antropocentrismo, que es una de las ideas que más daño han hecho al mundo y a la humanidad. Y mantienen un silencio escandaloso en este tema, aunque se supone que poseen el monopolio exclusivo de la moral. ¿De qué moral nos hablan si excluye de sus consideraciones a los seres más indefensos, de los que se abusa y a los que se desprecia, de una manera insoportable para los que tenemos un mínimo de empatía y de sensibilidad? porque como bien dijo Milan Kundera, en el mismo libro, la verdadera prueba de la moral humana radica en su relación con aquellos seres vivos que están a su merced: los animales, y aquí fue donde se produjo la gran debacle de los humanos, tan fundamental que de ella derivan todas las demás debacles.

Pero vayamos a esas manifestaciones pro tauromaquia que, en mi sentir, son verdadero terrorismo ideológico, en el sentido de que defender la tortura gratuita y la crueldad fomenta formas muy peligrosas, por agresivas y violentas, de entender la vida;  legitimando el abuso de los otros, y habituando a las personas a la agresividad, a la maldad y a una inmoralidad apabullante que acaba reflejándose en todos los órdenes de la vida. Una de ellas ha sido una imagen, que ha corrido como la pólvora por los medios y redes, del rey emérito y una de sus hijas haciendo honor a varios toreros que les rodeaban en una especie de foto solemne y testimonial.

Una cosa es ser aficionado y asistir a esos espectáculos llenos de sangre, porque allá cada cuál, y otra muy diferente expandir esa terrible crueldad. Realmente esa muestra pública de apego a ese salvajismo medieval les deja en muy mal lugar, no de cara a los aficionados (que son menos de los que nos hacen creer), sino de cara a los españoles que aspiramos a trascender esa barbarie; y, por supuesto, de cara a la imagen inmoral, obsoleta y bárbara que proyectamos al mundo civilizado.

La otra manifestación pública a la que me refiero es a la de un conocido comunicador de televisión, al parecer muy aficionado a esta “vergüenza nacional”, Ramón García, quien, en la gala de san Isidro 2026, ha defendido con fervor la tauromaquia, instando a padres y a abuelos a llevar a los niños a las corridas de toros, afirmando barbaridades del calibre de “llevar a los niños a los toros les va a hacer mejores personas”. ¿Van a ser mejores personas los niños por ver sufrir y agonizar a un ser vivo a manos de unos torturadores que literalmente le degüellan, de una manera, además, muy canalla y cobarde, porque no se les da a los animales ninguna opción de sobrevivir? ¿Van a ser mejores personas por justificar la crueldad, por observar cómo torturan y asesinan a un ser vivo indefenso, confundido y asustado, en clara condición de inferioridad? Ejerzamos un poco la empatía, pongámonos en el lugar de los seres más vulnerables, animales y, por supuesto, humanos; al final es lo mismo. Quien se compadece del otro no encuentra distinción en raza, ni en género ni en especie.

Rodríguez de la Fuente dejó dicho que “los carnívoros matan porque lo necesitan para vivir. Es asombroso que exista un público que disfrute y sienta placer viendo cómo un hombre mata a un animal en una plaza de toros. La mal llamada fiesta nacional es la máxima exaltación de la agresividad humana”. Ese disfrute ante el sufrimiento y esa agresividad humana tienen un nombre técnico muy claro, sobre el que pululan muchos falsos tópicos y existe una gran desinformación general: psicopatía (ya sea estructural o cultural).

Coral Bravo es Doctora en Filología