España no solo avanza; España lidera con una fuerza que desmiente cada uno de los negros augurios vertidos por la derecha en los últimos años. Los datos de la Seguridad Social correspondientes a marzo de 2026 han pulverizado cualquier pronóstico, situando a nuestro país en una cifra histórica que supera, por primera vez, los 22 millones de afiliados.

Es una realidad incontestable que el Gobierno de Pedro Sánchez ha logrado conjugar el crecimiento económico robusto con una protección social sin precedentes, convirtiendo a España en el motor indiscutible de la Eurozona con el nivel de paro más bajo de los últimos 18 años. Frente a este éxito colectivo, que debería ser motivo de orgullo nacional, el PP se ha instalado en una realidad paralela, negando sistemáticamente la evidencia estadística y empírica.

Mientras la economía española suma más de 211.000 trabajadores en un solo mes, Feijóo se atrinchera en el bulo y el catastrofismo, incapaz de asumir que sus vaticinios de apocalipsis financiero han naufragado estrepitosamente ante la solidez de un mercado laboral más fuerte, más dinámico y, sobre todo, más justo que nunca.

Durante décadas, la derecha española ha intentado patrimonializar la gestión económica, vendiendo el mito de que la creación de puestos de trabajo era una facultad exclusiva de sus siglas, una suerte de dogma de fe que la gestión de Pedro Sánchez ha dinamitado definitivamente con hechos contundentes.

Según los registros oficiales, España ha logrado su mejor registro histórico este marzo sumando 211.510 nuevos trabajadores en términos brutos y más de 80.274 en términos desestacionalizados, una cifra que el vicepresidente primero del Gobierno y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, ha calificado como el resultado de un modelo de crecimiento equilibrado que genera más y mejor empleo.

Esta no es una cifra aislada ni un golpe de suerte estacional; desde que Sánchez llegó a la Moncloa en 2018, nuestro país ha sumado la friolera de 3,4 millones de trabajadores, un hito que deja en evidencia la vaciedad del relato de Génova.

Para poner estos datos en perspectiva y desarmar el discurso de Feijóo, basta mirar la hemeroteca con rigor: la creación de empleo bajo el actual mandato socialista supera con creces la etapa de Aznar, con un crecimiento de la afiliación superior al 15% frente al 14% de la era popular, mientras que las comparativas con los años de plomo de Mariano Rajoy resultan, sencillamente, desoladoras para las filas de un PP que todavía pretende dar lecciones de gestión mientras los indicadores internacionales le quitan la razón de forma sistemática.

Resulta verdaderamente patético observar cómo la plana mayor de la oposición intenta desmerecer estos datos históricos atribuyéndolos exclusivamente a la inercia del calendario y a la festividad de la Semana Santa. Es una excusa agotada que no solo falta a la verdad, sino que insulta la inteligencia de los millones de ciudadanos que hoy gozan de un contrato estable y que ya no dependen de la estacionalidad para tener un sueldo digno a final de mes.

Es cierto que la Semana Santa llega puntualmente cada año, pero lo que no llega cada año es un récord absoluto que rompe todos los techos previstos por los analistas. La realidad que Feijóo se niega a reconocer es que, tras la Reforma Laboral, el paradigma del mercado de trabajo ha mutado radicalmente; ya no se crea empleo precario de "usar y tirar", aquel modelo de contratos por días que la derecha defendía como flexibilidad, sino que se construye estabilidad con 2,2 millones de ocupados más desde la aprobación de la reforma.

El "caos" que vaticinaba la derecha mediática ha resultado ser la mayor etapa de prosperidad laboral de nuestra historia democrática, dejando al Partido Popular como una mera agencia de desinformación que ignora deliberadamente que España tiene hoy más de 10 millones de mujeres trabajando por primera vez en la historia.

La llamada "máquina del fango" se activa con especial virulencia cada vez que los datos económicos son positivos, intentando empozoñar la estadística con el eterno debate de los fijos discontinuos, un argumento que ya no convence a nadie mientras la recaudación de la Seguridad Social esté en máximos históricos y las horas trabajadas por empleado no dejen de crecer.

Es la estrategia de la desesperación de quien se siente incapaz de ofrecer una alternativa real: si los datos oficiales muestran 523.579 ocupados más que hace un año, el PP prefiere viajar a Bruselas a hablar mal de su propio país e intentar boicotear unos fondos europeos que son el motor de esta transformación.

Es insólito que un partido que se dice patriota lamente el éxito de su nación o que el Salario Mínimo Interprofesional haya subido un 54% sin destruir un solo puesto de trabajo, demostrando que la dignidad salarial es el mejor combustible para el consumo interno.

El cinismo de Feijóo llega al extremo de negar el crecimiento del PIB, que en España multiplica por cinco la media de la zona euro, mientras sus portavoces se pierden en una selva de gráficos manipulados y bulos que caen por su propio peso ante la realidad de las familias.

España es hoy el referente económico de un continente que observa con asombro cómo una economía tradicionalmente castigada por la temporalidad estructural ha sabido reinventarse a través de la digitalización y la transición verde.

Feijóo tiene un grave problema de diagnóstico al seguir esperando una crisis que solo existe en sus argumentarios de prensa, mientras el Gobierno de Sánchez sigue publicando cifras de afiliación que eran impensables hace apenas una década.

El éxito de este Ejecutivo no es solo una victoria estadística, es una victoria moral sobre un modelo de recortes que el PP impuso en el pasado y que hoy se demuestra ineficiente. Los bulos tienen las patas muy cortas y, ante un muro de 22 millones de cotizantes, la estrategia de la crispación termina dándose de bruces contra la realidad de un país que funciona.

La resiliencia de la economía española bajo el mandato de Sánchez ha dejado al descubierto las costuras de una derecha que no sabe qué hacer cuando la prosperidad no le sirve como arma arrojadiza. Cada vez que la bancada popular repite mantras apocalípticos en el Congreso, es desmentida por el Banco de España o la Comisión Europea.

Esta desconexión con los datos no es un error, es una decisión política: el PP ha decidido que, si la realidad no les da el poder, la realidad debe ser atacada. Sin embargo, la robustez de los 22.010.532 afiliados registrados este marzo es un dato que no se puede ocultar con titulares sesgados. Es el reflejo de una España que ha decidido no volver a la precariedad, que valora el crecimiento equilibrado y que entiende que esta es la única vía para garantizar las pensiones.

En conclusión, España no se detiene ante el ruido de quienes son incapaces de alegrarse de los éxitos colectivos. El proyecto de Pedro Sánchez ha demostrado que existe otra forma de gestionar: una que pone a las personas en el centro sin renunciar a la eficiencia.

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