Es como una contradicción existencial en los países de tradición cristiana que cuando llega la primavera, ese ciclo natural que irrumpe para llenarnos de belleza, de color y de alegría, nos imponen también la llamada semana santa que lo inunda todo de dolor, de penitencia y de tristeza. Es como si se quisiera negar esa explosión natural y ese resurgir de la vida que es la primavera, y nos recordaran, a la vez, unas pautas para que no la disfrutemos del todo. Aunque, por otro lado, la pena que se vive en tantísimas manifestaciones religiosas en el fondo sirve de catarsis a los creyentes, porque, como mencionó Aristóteles en su Poética, el espectador asimila el dolor expuesto en la escenografía correspondiente con el dolor reprimido propio; y dolor reprimido en los países de la órbita católica me temo que hay mucho. Es el mismo principio, la catarsis, que daba sentido a las tragedias griegas.
Quizás por eso tenga tanto éxito popular esta semana llena de dolor, frentes ensangrentadas por coronas de espinas, ataúdes y madres desgarradas por el hijo muerto, penitentes, cilicios, llantos, compases fúnebres que nos conectan con desgarros emocionales que, escondidos en el subconsciente, forman parte de las algias y las vulnerabilidades que habitan en el alma humana. Porque desde el punto de vista racional, estas loas medievales al sufrimiento y el desgarro carecen de sentido alguno, a no ser el mero atractivo turístico.
Sea como sea, es obvio que el cristianismo parece tener un gran interés en que sus seguidores se sumerjan en el dolor, la culpa, la indignidad y la pena. Su narrativa se justifica en la idea de que la vida es un “valle de lágrimas”, lo cual no es, ni tiene que ser cierto. Aunque todos sabemos que la vida se compone de todo un poco, alegría, felicidad, placer y contento, junto a dosis importantes de dolor. Todo forma parte del mismo paquete por el hecho de estar vivos; aunque la ciencia de la mente nos cuenta que el cerebro humano está mucho más preparado para la felicidad que para el sufrimiento.
En su resolución 66/281 de 2012, la Asamblea General de la ONU decretó la celebración del Día Internacional de la Felicidad, con la finalidad de reconocer la importancia como aspiración universal del bienestar y la felicidad de las personas y de los pueblos; e, igualmente, la importancia de su inclusión en las políticas de los gobiernos del mundo. Reconoce también la necesidad de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más solidario y equitativo, para promover el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza y la promoción de la felicidad y el bienestar de todas las sociedades y todos los seres humanos.
¡Ahí es nada! Justamente todo lo contrario a lo que promueven las religiones, el loor al sufrimiento de la llamada semana santa, y, por supuesto, que tanto monta, las políticas de las derechas neofascistas/neoliberales, como Trump, Milei, Netanyahu, o las derechas españolas de PP y Vox, que lo que promueven es el enriquecimiento propio y el sufrimiento de los ciudadanos (guerras, recortes, derogación de derechos, empobrecimiento de la sociedad, aporofobia, odio a los inmigrantes, islamofobia, desprecio a la naturaleza y a los animales, promoción de la crueldad, negación del cambio climático, debilitamiento de los servicios públicos …; al fin, un rosario de penurias).
Hace apenas unos días nos llegaba la terrible historia de Noelia, esa joven de poco más de veinte años que ha estado más de dos de ellos peleando para que le apliquen la eutanasia. Con una historia tremenda a sus espaldas, de traumas y de dolor físico y psíquico, nos ha sacudido a todos y nos ha hecho actualizar el debate de la eutanasia.
Su padre, apoyado por la organización Abogados cristianos, ha protagonizado una batalla judicial para evitar que se le practicara la eutanasia. Una eutanasia finalmente cumplida, avalada por distintas sentencias judiciales, incluida la de Estrasburgo de los Derechos Humanos, que convierte a Noelia en el primer precedente judicial de aplicación de la muerte asistida en España. Un gran logro democrático que avala el derecho a morir dignamente en los presupuestos en que el dolor o la enfermedad se hacen insoportables.
Sabemos bien que la iglesia católica lleva décadas frenando con una oposición feroz las Leyes de eutanasia y la libertad de las personas a morir con dignidad. Recordemos la lucha de Ramón Sampedro, o el caso de la italiana Eluana Anglaro que quedó, a causa de un accidente, en estado vegetativo durante 15 años al cuidado de unas monjas, hasta que su padre consiguió trasladarla a un hospital y desconectarla de las máquinas que la mantenían con vida en 2009, con la oposición, por supuesto, de la Iglesia católica.
Cuesta creer que toda esta gente que se preocupan tanto por que permanezcan vivas personas en estados críticos, hagan la vista gorda ante tantísimos casos, por ejemplo, de muertes ocasionadas por el maltrato y por el machismo, que ni siquiera condenan. Venimos aquí, como digo, para lograr ser felices, no para padecer torturas ni sufrimientos (a los que algunos parecen ser adictos). Todos merecemos, como poco, vivir y morir dignamente. No hemos nacido para sufrir, aunque algunos parecen adictos al sufrimiento, sino para lograr ser felices porque, como dijo también Aristóteles, la felicidad es el fin último de la vida humana.
Coral Bravo es Doctora en Filología