Hace algunos años escuché a Javier Goyeneche formular una pregunta que se me quedó grabada. Llevábamos mucho tiempo preguntándonos qué planeta íbamos a dejar a nuestros hijos y quizá había llegado el momento de invertir la reflexión: ¿qué hijos vamos a dejar a nuestro planeta?

Vivimos preocupados, con razón, por el cambio climático. Hablamos de emisiones, de transición energética, de economía circular. Hemos aprendido incluso a medir nuestra huella de carbono. Pero hablamos bastante menos de otra huella mucho más difícil de medir: la que dejamos en las personas que vienen detrás de nosotros. Quizá deberíamos hablar también de una cierta sostenibilidad moral: nuestra capacidad para transmitir a las siguientes generaciones los principios necesarios para sostener una sociedad. No basta con dejarles un planeta habitable; tenemos que ayudarles a convertirse en personas capaces de cuidarlo y de hacerlo mejor. Y hay razones para preguntarnos si lo estamos consiguiendo.

Un mundo de jóvenes que buscan otro lugar

Hay algo inquietante en una de las imágenes de nuestro tiempo: la de tantos jóvenes que quieren marcharse del lugar en el que nacieron. Sucede en África, en América Latina, en Asia y también, en circunstancias distintas, en Europa. No es un fenómeno de un solo país, sino una pregunta que se repite en muchas sociedades a la vez.

Las causas son extraordinariamente distintas —huida, persecución, trabajo, estudios, libertad, simple ambición legítima—, y conviene no reducirlas a una sola lectura de falta de esperanza. Aun así, contienen una pregunta común: ¿qué tiene que ocurrir para que un joven deje de creer en el lugar en el que ha nacido? Reconocer la dignidad de quien busca una vida mejor y reconocer el derecho de una sociedad a ordenar sus fronteras no deberían ser posiciones enfrentadas; la dificultad está en hacerlas compatibles.

¿Quién está educando a nuestros hijos?

Durante mucho tiempo tuvimos claro dónde se educaba: en casa, en el colegio, en la calle, en el trabajo. Hoy existe un educador adicional con una capacidad extraordinaria para entrar en la vida de nuestros hijos: una pantalla. La digitalización está transformando también la manera en que nuestros hijos aprenden, se relacionan y construyen su propia identidad. Los grandes estudios internacionales, como PISA, confirman hasta qué punto las herramientas digitales forman ya parte de la vida cotidiana de los adolescentes. No creo que la tecnología sea el problema; este aparece cuando confundimos la herramienta con la finalidad. Y sería demasiado sencillo responsabilizar de ello a los jóvenes: el mundo que están aprendiendo a habitar lo hemos construido nosotros.

Los jóvenes aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos

Existe, además, una educación mucho más poderosa que cualquier asignatura: el ejemplo. Los jóvenes aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos: qué aprenden cuando comprueban que insultar consigue más atención que argumentar, o que la responsabilidad siempre parece pertenecer a otro. Esa pregunta no afecta solo a quienes ocupan responsabilidades públicas. Nos afecta a todos.

Liderar también es educar

Quien ejerce una responsabilidad pública tiene una obligación especial: esperamos de ella no solo buena gestión, sino liderazgo, y eso tiene que ver con estar donde uno debe estar, aunque resulte incómodo. Pero lidera un presidente, y también un empresario que afronta una dificultad económica; lidera un profesor que exige a sus alumnos porque exigir es también confiar en ellos; lidera un padre que deja el teléfono para escuchar a su hijo. Porque educar no consiste solo en proteger: también significa exigir, poner límites y enseñar a aceptar la frustración. Todos estamos educando permanentemente a alguien, seamos o no conscientes de ello.

Derechos y responsabilidades

Nuestras sociedades han hecho un extraordinario esfuerzo por ampliar derechos, uno de los grandes logros de nuestro tiempo. Pero cada derecho necesita ciudadanos capaces de sostenerlo: la democracia necesita demócratas, el Estado del bienestar necesita contribuyentes, la libertad necesita responsabilidad. Si hoy vemos una sociedad que enseña a reclamar más de lo que enseña a contribuir, no son los jóvenes quienes han decidido educarse así: si hemos separado derechos y responsabilidades, lo hemos hecho nosotros. No se trata de oponerlos, sino de entender que se sostienen mutuamente.

Los datos sobre la salud emocional de nuestros jóvenes invitan a mirar esta cuestión con humildad. El Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, basado en una encuesta a 1.511 jóvenes de 15 a 29 años, señala que el 87,5% dice haber sentido soledad no deseada en el último año, frente al 81,6% de dos años antes; una cuarta parte (26,5%) la experimenta de forma frecuente, en una generación marcada por una conectividad digital sin precedentes1. Es un dato que podría reflejar una sociedad que ha aprendido a conectar sin aprender siempre a acompañar. En paralelo, el abandono educativo temprano ha bajado al 12,8% en 2025, su mínimo histórico —7,2 puntos menos que en 2015—, aunque España sigue siendo el tercer país de la Unión Europea con mayor abandono, solo tras Rumanía (15,5%) y Alemania (13,1%), frente a una media comunitaria del 9,1%2.

Nuestra verdadera huella

Sabemos calcular cuánto CO₂ genera un desplazamiento o el consumo energético de un edificio. Pero todavía no hemos inventado un indicador que mida cuánto cinismo genera una sociedad, ni qué ocurre cuando una generación empieza a creer que esforzarse no merece la pena. Esa también es nuestra huella, y posiblemente permanezca más tiempo que nosotros. No deberíamos elegir entre educación y medio ambiente. Deberíamos comprender que ambas preocupaciones forman parte de una misma responsabilidad: preservar el mundo que dejaremos a nuestros hijos y preparar a nuestros hijos para cuidar el mundo que recibirán. Podemos dejar a nuestros hijos ciudades más limpias y una sociedad más egoísta, edificios eficientes y ciudadanos incapaces de reciclar sus propios prejuicios. Eso también es sostenibilidad.

La pregunta que debemos hacernos

Por eso sigo pensando en aquella reflexión de Javier Goyeneche. Durante años nos hemos preguntado qué planeta vamos a dejar a nuestros hijos. Ha llegado el momento de colocar junto a ella otra igualmente importante: ¿qué hijos vamos a dejar a nuestro planeta? No podemos pedirles que crean en una sociedad en la que nosotros dejamos de creer, ni exigirles esfuerzo si nos ven buscar siempre el atajo, ni pedirles que cuiden el mundo si nosotros no cuidamos la sociedad que tendrán que habitar.

Nuestros hijos olvidarán la mayoría de lo que les digamos. Pero observarán cómo vivimos, cómo tratamos a quien piensa diferente y dónde estamos cuando alguien nos necesita. Eso no lo olvidarán, porque la educación más importante no siempre sucede en un aula: sucede delante de ellos

Por eso importa qué planeta vamos a dejar a nuestros hijos. Pero importa también qué hijos estamos dejando al planeta. La respuesta no depende de ellos. Depende de nosotros.

Fuentes

1 Gómez Miguel, A., Sanmartín Ortí, A. y Kuric Kardelis, S. (2025). Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025. Centro Reina Sofía de FAD Juventud / Fundación Mutua Madrileña.
2 Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes (2026). El abandono educativo temprano desciende al 12,8% en 2025. Datos comparados con Eurostat, 2025.

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