Un año más, celebramos el día del orgullo LGTBI. Lo que empezó llamándose Día del orgullo gay partía de lo acontecido en 1969 en el bar Stonewall Inn, en Nueva York, donde varias personas se rebelaron contra la redada policial que les señalaba por razón de su orientación. Lejos de bajar la cabeza, la alzaron con un orgullo de sí mismos que acabó desembocando en las marchas del orgullo a partir de 1970.
En nuestro país, este movimiento tardó algo más, dadas nuestras circunstancias políticas. La primera marcha tuvo lugar en Barcelona en 1977, y ya al año siguiente se celebró en la capital, momento a partir del cual no hubo marcha atrás. O eso pensábamos.
Con la llegada de la democracia, que desencadenó primero la abolición de todas las leyes que castigaban la homosexualidad y discriminaban al colectivo y más tarde la promulgación de leyes de igualdad en todos los ámbitos, incluido el matrimonio y la paternidad, parecía que en nuestro país estaba todo hecho. Caminábamos con paso firme hacia un objetivo que antes fue una utopía: que el día del orgullo se convirtiera en una jornada de fiesta y celebración porque ya no fuera precisa la reivindicación. Un objetivo que tocábamos con la punta de los dedos.
Pero la experiencia nos muestra que nunca hay que bajar la guardia ni hay que precipitarse para cantar victoria. Porque visto lo visto, puede que no solo hayamos dejado de avanzar, sino que se estén dando pasos atrás. Y eso es muy peligroso.
No podemos dejar de reconocer que, en nuestro país, a diferencia de otros muchos del mundo -en 77 países se sigue castigando la homosexualidad- la igualdad formal es un hecho. Las leyes reconocen los derechos del colectivo y proscriben los actos de discriminación que, en los casos más graves, son considerados ilícitos penales como delitos de odio. Pero cuando de igualdad real se trata, la cosa no es tan evidente y, como ocurre tantas veces, del dicho al hecho hay un buen trecho.
La eclosión de determinados movimientos y partidos de ultraderecha -no solo en nuestro país sino en el mundo- ha motivado que la igualdad se cuestione y que, aun sin derogar formalmente nuestra legislación garantista, se abran brechas por dos vías. De una parte, se vacía de contenido el ejercicio de los derechos, al suspender o reducir la financiación de programas para fomentar la igualdad del colectivo. De otro, se difumina el mensaje que condena la discriminación, legitimando determinados discursos que hasta ahora no tenían cabida en ningún ámbito por ser políticamente incorrectos. Y todo esto va colando poco a poco, casi sin darnos cuenta, con todo el peligro que supone.
Por eso, no podemos dejarnos deslumbrar por carrozas, bailes y canciones. No dejemos que los árboles nos impidan ver el bosque. Y el bosque en este caso es la igualdad, un tesoro que no podemos dejar de cuidar. Y para cuidar hay que seguir reivindicando. Porque, cuando de igualdad se trata, todo lo que no sea avanzar es retroceder.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.