Hoy es uno de esos días en los que quienes vivimos la política con pasión podemos decir que lo ocurrido quedará grabado para siempre en nuestras retinas como uno de los mejores momentos, al menos, de esta legislatura. Y es que, como siempre digo, la vida está llena de instantes y, en ocasiones, la propia vida se percibe como uno solo; uno de ellos podría ser perfectamente este. Lo vivido este miércoles en el Congreso no ha sido un rifirrafe más durante el debate de la comparecencia de Pedro Sánchez; ha sido un choque de legitimidades que ha destapado la incapacidad de PP y Vox para empatizar con la dignidad democrática. Un espejo, en definitiva, en el que se ha reflejado la profunda brecha moral que aún separa a los dos bloques de este país a la hora de abordar nuestro pasado reciente.

En días sumamente complicados para el PSOE, no basta solo con apelar a los hechos, a la gestión impecable y probada con cifras del actual Ejecutivo. La política también entiende de emociones, de cercanía, de piel, de experiencia de vida, y Patxi López supo hacerlo en su intervención de este miércoles. Con la voz cargada de una emoción contenida, el portavoz del Grupo Socialista respondió a las habituales e hiperbólicas acusaciones de PP y Vox - que no dudan en calificar de dictadura a un Gobierno salido legítimamente de las urnas - recurriendo a la memoria familiar: “Mi padre fue encarcelado y condenado al destierro por el franquismo simplemente por defender ideas de izquierdas, por defender la libertad de este país”.

Por mucho que algunos se empeñen en situarlo en caminos pedregosos, apelar a la memoria familiar no solo lo identifica con los valores socialistas y de combate antifascista, sino que lo sitúa en el necesario viraje de izquierdas que en ocasiones necesitas para conectar con un electorado ávido de gestos contundentes. Y este lo es, clarísimamente.

Frente a las lecciones de constitucionalismo de aquellos que pactan la censura y la derogación de las leyes de memoria democrática en las comunidades autónomas, la izquierda exhibió en el Congreso su mejor credencial: la de haber puesto el cuerpo para que España fuera libre. Estoy convencido de que mucha gente de izquierdas que lo ha visto se ha identificado con situaciones familiares o de conocidos que, por desgracia, vivieron con angustia esos años oscuros de nuestra historia más reciente, llena de sangre, lágrimas, odio y dolor inmisericorde.

La diferencia clara entre los socialistas y la gente de izquierdas en general reside en el orgullo de recordar que hubo personas que defendieron, incluso con derramamiento de sangre, un Gobierno legítimo frente a quienes impusieron su fuerza con las balas y las bombas de una guerra desencadenada por un golpe de Estado. Unas balas y unas bombas que, desgraciadamente, hoy se han transformado en palabras gruesas, nulo programa y un vacío de ideas envuelto en togas peligrosamente politizadas a favor de la derecha extrema y la extrema derecha, que nada tienen que ver con esa España de concordia que dicen defender. Y es que ya se sabe: ellos se creen con la potestad del buen gobierno subidos a lomos de los poderes económicos y mediáticos, como muy bien ha defendido en la tribuna de oradores de la Carrera de San Jerónimo el político vasco.

La derecha de Feijóo y Abascal asiste a estos momentos con una preocupante mezcla de incomodidad y desprecio. Son incapaces de entenderlo porque operan desde la desmemoria selectiva. Para ellos, invocar la represión franquista es “reabrir heridas”. No comprenden - o no quieren comprender - que la memoria no es un arma arrojadiza, sino el suelo ético sobre el que se sostiene una democracia sana.

El alegato de Patxi López ha conectado de inmediato con la sensibilidad de todo el bloque progresista porque ha tocado una fibra transversal. En esta sesión, el portavoz socialista ha recordado a las bancadas de la oposición una verdad incómoda que tardarán en digerir: que la libertad de la que hoy gozan para insultar desde la tribuna se la deben, precisamente, a quienes no se rindieron cuando defender las ideas de izquierdas costaba la libertad y la vida.

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