Una persona con paraguas ante el comienzo de un temporal. EP
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Fueron pescadores del norte de Perú quienes llamaron «El Niño», en alusión al Niño Jesús, a una corriente cálida que aparecía cada año hacia Navidad. Algunos años era mucho más intensa y arruinaba la pesca. Las primeras referencias científicas datan de finales del siglo XIX (1891–1895) cuando Luis Carranza, en la Sociedad Geográfica de Lima, describió en 1891 la contracorriente cálida y su relación con lluvias anómalas en la costa. Fue en 1969 cuando el meteorólogo noruego Jacob Bjerknes demostró que el calentamiento del océano y la oscilación atmosférica son el mismo sistema acoplado. De ahí viene el término actual, ENSO o El Niño-Oscilación del Sur.
Un fenómeno que los pescadores peruanos ya conocían, que la ciencia empezó a describir hace más de 130 años y que hoy se predice con meses de antelación. Por eso es posible la acción anticipatoria. En 2026 no hay ninguna duda. El fenómeno de El Niño se intensifica en el Pacífico y sus efectos ya son realidad en América Latina y el Caribe.
Según la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, hay casi un 100% de probabilidad de que El Niño continúe y prevé que llegue a intensidad «muy fuerte» a finales de 2026 y durante el primer trimestre de 2027. La precisión y fiabilidad de la prevision de la agencia norteamericana es incuestionable. Llevan más de 200 años midiendo y siguiendo el clima.
La precisión y fiabilidad de la prevision de la agencia norteamericana es incuestionable. Llevan más de 200 años midiendo y siguiendo el clima.
El Niño tiene muchos rostros en la región. En el Corredor Seco, Guatemala, Honduras y El Salvador han declarado la alerta roja nacional por falta de lluvias, altas temperaturas y pérdida de cosechas. Por el contrario, en la costa de Ecuador el Gobierno ha activado la alerta roja y hay inundaciones en Guayas. Perú registra inundaciones en Piura e incendios forestales en Cusco. En Paraguay, las lluvias torrenciales han anegado Alto Paraná, Misiones y Ñeembucú.
El tiempo de la preparación ya ha terminado y la respuesta ya no es una opción sino una urgencia. Nunca antes con tanta precisión y con tanto tiempo se supo que una situación climática extrema iba a golpear la vida de millones de personas en diferentes países de la región. Recuerdo que mi primera experiencia con una crisis humanitaria vinculada con situaciones climáticas extremas fue durante el huracán Mitch (octubre 1998). Por entonces era yo un becario que obtenía su primer empleo en cooperación internacional en la Fundación Española para la Cooperación Internacional, ahora Alianza por la Solidaridad.
El Mitch, hace 28 años, fue uno de los desastres más mortíferos de la historia de América Latina y el Caribe. Hizo más daño por la lluvia que por el viento: avanzó muy despacio sobre Honduras y Nicaragua durante varios días y provocó inundaciones y deslizamientos generalizados. Murieron más de 9.000 personas y otras tantas quedaron desaparecidas. Hubo casi 13.000 heridos y unas 456.000 personas tuvieron que refugiarse en albergues. En total, los afectados fueron el 23,6% de la población de la región centroamericana, y el 76,6% del total de la población en Honduras.
Varias organizaciones humanitarias que trabajan en la región llevan meses avisando. Plan International en su labor de anticipación lleva tiempo midiendo el impacto preguntando a las familias de las comunidades de varios países de la región donde trabaja y tiene capacidad de responder y las respuestas que obtiene confirman que la crisis ya no es una previsión. Según datos de sus informes internos el 71% de las comunidades donde trabajan sufre calor extremo y el 63,5%, sequía o escasez de agua, más de la mitad (52,9%) ha perdido cosechas, ingresos o medios de vida, y uno de cada tres hogares afectados lo ha perdido todo. Y el 71,1% de las familias tiene dificultades para conseguir agua suficiente para beber, cocinar y asearse. Plan International y sus socios locales desarrollan ya diez proyectos de preparación, acción anticipatoria y respuesta humanitaria en Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Paraguay, Perú y República Dominicana.
El Niño ya ha llegado. Lo hace mientras en España se acaba de celebrar la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Al leer la Declaración de Madrid de los Jefes y Jefas de Estado de la Cumbre de Madrid, en mi opinión el resultado es, cuanto menos, insuficiente, incluso decepcionante.
No se menciona el fenómeno climático de El Niño en ningún punto, y tampoco se habla de cambio climático ni de inseguridad alimentaria. Lo más cercano es la creación de la Red Iberoamericana de Reducción del Riesgo de Desastres y Protección Civil, pensada para reforzar la prevención, la mitigación, la anticipación y la respuesta ante desastres. Esta red “impulsará” un Sistema de Alerta Temprana Multiamenaza y un Mecanismo Regional de Cooperación para la Respuesta ante Emergencias y Desastres, con un fondo fiduciario detrás.
Sabemos que este tipo de declaraciones en estas Cumbres son complejas en su elaboración. Exigen habilidad y equilibrio, exigen cesiones y obligan a renuncias. No todo cabe ni todo puede precisarse al detalle pero hay ausencias que no se entienden.




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