La última mentira que circula por España es que el responsable del auge de la extrema derecha es, como no, Pedro Sánchez, el PSOE, la izquierda... y, en definitiva, el ecosistema progresista. Es un mantra extravagante que reproducen como loros analistas y tertulianos de los altavoces mediáticos del PP, que no caen en la cuenta (y mira que es de sentido común) que si este partido y, sobre todo, su líder, Núñez Feijóo, dieran la talla, las simpatías de la derecha clásica no correrían a consolarse en Abascal.
Estaba dándole vueltas a lo señalado en las líneas anteriores cuando me saltó a la vista el anuncio del libro Sin velo. Cómo el progresismo legitima al Islam radical (en inglés Unveiled: How Western Liberals Empower Radical Islam, cuya traducción literal es Desvelado: Cómo los liberales occidentales fortalecen el Islam radical) de la activista canadiense y exmusulmana Yasmine Mohammed, acompañado de un texto de Richard Hawkins que termina con el siguiente párrafo: "Este libro de Yasmine Mohammed, desgarrador, valiente y preciosamente escrito, debería cambiar las mentes hasta de los más desinformados defensores de nuestro bien intencionado mundillo progresista."
Una vez más se culpabiliza a las víctimas y se invisibiliza a los culpables. El problema no es nuevo, viene de largo, los que se rebelan ante la opresión y la tiranía son los responsables de la crueldad de los represores. Es un ejemplo más de la subversión moral que nos impone la dictadura ultra que se ha globalizado bajo la consigna de luchar contra la globalización de los derechos humanos, de las normas y de las organizaciones internacionales.
La distopía de George Orwell en 1984 se queda corta comparada con la que nos quiere hacer tragar el dictador Trump y su camarilla de cuatreros. El masoquismo del que hacen gala personas como la venezolana María Corina Machado supera con creces las fantasías más delirantes de la ficción más desquiciada.
La guerra total desatada contra la bondad, la honestidad y la integridad en este tiempo que nos está tocando vivir no tiene fronteras, agrupa en cada país su propio cuadro de actores. En España, las batallas son en todos los frentes: político, judicial, religioso, cultural y económico.
Cuando Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, sale a defender a Julio Iglesias y desvía el foco al sufrimiento de las mujeres iraníes, con la desquiciada premisa de que solo en Irán hay abuso hacia las mujeres, enhebra también una sutil conexión con la publicidad del libro de Yasmine Mohammed, que encabeza el anuncio con una frase en inglés "All eyes on Iran" (Todas las miradas puestas en Irán).
Igualmente, ahora nos enfrentamos a una gigantesca operación de maquillaje del integrismo religioso, que está detrás de la reacción ultra ante el avance del feminismo (véase el reeditado Backlash de Susan Faludi), con explícitos mensajes de mujeres influencers en las redes sociales que reivindican a las esposas sumisas, creyentes y hogareñas.
La paradoja aberrante de la guerra cultural de la internacional reaccionaria es que mientras pone el foco en la opresión de las mujeres bajo el islamismo radical, en el Occidente cristiano combate al feminismo y niega la violencia de género. Lo dicho por Ayuso: fuera de Irán las mujeres están estupendamente. Y amén.