Sería una verdadera catástrofe que los sectores más radicales que contribuyen a elevar la tensión entre Marruecos y España terminaran imponiendo su lógica, especialmente cuando comienzan a aparecer, como telón de fondo, discursos de odio, episodios de violencia, actitudes hostiles y gestos racistas contra los inmigrantes. En un contexto tan sensible, cualquier incidente puede adquirir una dimensión muy superior a la que inicialmente se le atribuye.

Por ello, resulta especialmente importante que las dos principales fuerzas políticas españolas, el PP y el PSOE, por sus responsabilidades de Estado, no permitan que el debate electoral ni las posiciones más radicales las arrastren hacia una dinámica de confrontación que termine haciendo perder el control de la situación, no solo en el terreno político, sino también en las formas y en el lenguaje. La responsabilidad de los grandes partidos se mide precisamente en momentos como este: cuando existe la tentación de convertir una tensión real en un instrumento de rentabilidad política, aun a riesgo de alimentar una dinámica que después resulte difícil de contener.

Resulta difícil de entender que un problema migratorio que afecta, de una u otra forma, a prácticamente todas las fronteras europeas con otros continentes pueda convertirse, entre España y Marruecos, en un nuevo foco de confrontación. No debería olvidarse la crisis del islote de Perejil, en 2002, cuando un incidente de dimensiones relativamente menores estuvo a punto de provocar una grave escalada entre dos países vecinos.

Precisamente por ello, resulta cuando menos inoportuna la presencia en Ceuta, en un momento de especial sensibilidad y anormalidad en la ciudad, del expresidente José María Aznar. Más aún cuando su visita ha venido acompañada de una evocación casi heroica de aquella crisis, incluida la referencia a la operación militar del 17 de julio de 2002, cuando un contingente trasportado por cinco helicópteros llego de madrugada para desalojar a cinco miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes que habían ocupado el islote. Más allá de las valoraciones que cada cual pueda hacer de aquella actuación, convertir hoy aquel episodio en una suerte de gesto épico o de reivindicación política parece difícilmente compatible con la prudencia que exige una situación como la actual. La visita de Aznar a Ceuta se presenta así como una especie de regreso de Odiseo: una vuelta cargada de símbolos, memoria y gestos heroicos que, lejos de contribuir a la calma, corre el riesgo de reabrir viejas heridas y alimentar una narrativa de confrontación. En momentos de tensión, recuperar los episodios más conflictivos del pasado como símbolos de firmeza puede resultar políticamente rentable, pero también contribuir a reavivar sentimientos y percepciones que sería mucho más responsable mantener bajo control.

El sentido común debería imponerse. España y Marruecos están demasiado cerca para permitirse el enfrentamiento y demasiado vinculados para ignorar las consecuencias de una escalada. Existe entre ambos una profunda interdependencia económica, comercial, migratoria y, sobre todo, en materia de seguridad. Sus intereses no son idénticos y sus relaciones no están exentas de desacuerdos y tensiones, pero son demasiado numerosos e importantes como para que una crisis pueda saldarse sin costes para ambas partes.

Precisamente por esa interdependencia, lo que ocurre a un lado del Estrecho termina teniendo inevitablemente consecuencias al otro. La estabilidad de uno forma parte, en buena medida, de los intereses del otro. De ahí que la responsabilidad política no consista en demostrar quién es capaz de adoptar la posición más contundente, sino quién tiene la suficiente altura de miras para evitar que una disputa termine convirtiéndose en una crisis.

Hay, además, una cuestión que convendría mantener al margen de esta creciente tensión: la utilización partidista de la historia del Sáhara. Resulta poco convincente que algunos sectores de la derecha española parezcan haber redescubierto ahora la tragedia saharaui, presentando lo ocurrido en 1975 como si pudiera explicarse exclusivamente por una decisión equivocada del último régimen franquista. La responsabilidad histórica de España en el proceso de descolonización es una cuestión que merece ser analizada con rigor, pero utilizarla como argumento para alimentar la confrontación actual con Marruecos no contribuye ni a comprender el pasado ni a resolver el presente.

Los saharauis tampoco deberíamos dejarnos llevar por ese espejismo. Nadie puede esperar seriamente que una eventual llegada del Partido Popular o de Vox a La Moncloa vaya a traducirse en una intervención española para “liberar” el Sáhara. Una cosa es utilizar la cuestión saharaui como argumento político o electoral y otra muy distinta asumir los costes diplomáticos, económicos, estratégicos y humanos que implicaría una ruptura abierta con Marruecos.

Pero, desde una perspectiva estrictamente saharaui, tampoco deberíamos desear que España y Marruecos entren en una dinámica de confrontación. Y convendría decirlo con claridad, frente a quienes parecen pensar que toda tensión entre ambos países abre automáticamente una oportunidad para la causa saharaui. Hay, también entre nosotros, quienes parecen confiar en aquello de que a río revuelto, ganancia de pescadores. Pero los saharauis no tenemos ningún interés en que España y Marruecos se enfrenten ni en convertirnos en beneficiarios circunstanciales de una crisis que, tarde o temprano, terminaríamos pagando. Los saharauis saldremos ganando cuando ninguno de los dos países se vea obligado a sacrificar nuestros intereses para defender los suyos. Nuestra conveniencia no está en que España y Marruecos se enfrenten utilizando el Sáhara como terreno o como argumento de disputa, sino en que ambos sean capaces de encontrar espacios de entendimiento y cooperación en los que también puedan tener cabida nuestros legítimos intereses.

Nuestra propia historia nos sitúa, además, en una posición singular. Los vínculos históricos con España, nuestra realidad geográfica, cultural y humana y nuestra inevitable convivencia futura con Marruecos podrían convertir al Sáhara en un espacio de encuentro, y no necesariamente en una línea de fractura. Si somos capaces de mirar hacia el futuro con realismo, podríamos aspirar precisamente a desempeñar ese papel: ser un puente entre dos países que, por su proximidad y por sus intereses compartidos, están llamados a entenderse.

Quizá ese sea uno de los cambios de perspectiva que necesitamos los saharauis: dejar de contemplar nuestra relación con España y Marruecos exclusivamente desde la lógica del conflicto y empezar a preguntarnos cómo podemos convertir nuestra posición histórica y geográfica en una oportunidad. No se trata de elegir entre uno y otro, sino de contribuir a que ambos puedan encontrar fórmulas de entendimiento en las que también tengan cabida nuestras aspiraciones. La posibilidad de reconocer mediante una ley la nacionalidad a los saharauis originarios del antiguo Sáhara español y a sus descendientes podría constituir, por ejemplo, una expresión concreta de esos vínculos históricos que nos unen a España sin que ello tenga que convertirse en un instrumento de confrontación con Marruecos.

La experiencia demuestra que las crisis no siempre comienzan con grandes decisiones. A veces se desencadenan a partir de pequeños incidentes a los que se responde sin la suficiente contención. Y cuando la política empieza a quedar subordinada a la presión de la calle, a la lógica electoral o a la necesidad de demostrar firmeza, ejercer la prudencia y recuperar la capacidad de “desescalar” y normalizar puede resultar mucho más difícil.

En 2002, durante la crisis de Perejil, Estados Unidos desempeñó un papel importante para facilitar una salida negociada entre dos países aliados. El contexto internacional actual es, sin embargo, muy diferente. La nueva Administración estadounidense y las guerras de Ucrania e Irán han alterado las prioridades y multiplicado los focos de tensión internacional. Precisamente por ello, España y Marruecos deberían ser todavía más conscientes de que la primera responsabilidad de evitar una escalada corresponde a ellos mismos.

En una relación tan estrecha e interdependiente, la prudencia no es una concesión al adversario: es una forma de proteger los propios intereses. España y Marruecos están demasiado cerca para enfrentarse y demasiado unidos por sus intereses como para permitirse el lujo de dejar que la tensión se descontrole. Y los saharauis tenemos demasiado que ganar con su entendimiento como para convertirnos, una vez más, en rehenes de su confrontación.

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