Hay lugares, territorios, que tienen la mala suerte de convertirse en metáfora en vez de musa. De lo segundo sabía Battiato cuando cantaba Mal de África, o Magüi en Paquita Salas cuando sentenciaba aquello de «África, Melilla» con todo el cariño del mundo. Ceuta, en cambio, lleva camino de convertirse definitivamente en metáfora de la derecha. Hay vallas, Marruecos, inmigración, España, Europa, fronteras y uniformes. Que acuda la política identitaria para removerlo todo, rauda y veloz, a una terraza desde la que pronunciar «invasión» con un agua con misterio en la mano y la satisfacción de quien acaba de resolver la geopolítica del Mediterráneo antes de que llegue la segunda ronda.
Me decía un amigo este verano que en España nunca habíamos sido racistas porque, sencillamente, no había inmigración. Eso es asín. No es que España careciera de racismo —nuestra historia ofrece material suficiente para no ponernos estupendos—, sino que durante décadas nuestra relación con la inmigración tuvo una ventaja metodológica considerable: buena parte de ella era imaginaria. El negrito del Cola Cao, por ejemplo, era muy bienvenido. Aquel sí era un inmigrante modélico. Sonreía, trabajaba, cantaba, contribuía al desayuno nacional y, sobre todo, no pedía papeles, derechos, vivienda ni regularización. Venía en el bote y no en un bote. Era el inmigrante perfecto porque no inmigraba.
El racismo —y, más ampliamente, la xenofobia política— funciona mucho mejor cuando el otro es una abstracción. Una «avalancha». Una «oleada». Una «invasión». Una «presión migratoria». Una «amenaza». Cualquier cosa sirve siempre que evite el inconveniente de presentar a un ser humano con nombre, miedo, familia, expectativas y una historia que, para desgracia de las redes sociales, no cabe en una Story, porque es historia biográfica. Frente al «mal de África», esa supuesta enfermedad del viajero que consistía en enamorarse del continente y sentir una necesidad irrefrenable de regresar, lo que nos cuesta bastante más comprender es que un africano pueda desear Europa antes incluso de haber conseguido entrar.
El lenguaje, ay, el lenguaje. Llamarlo «invasión» es decidir de antemano quiénes son los protagonistas. Si hay una invasión tiene que haber invasores. Y si hay invasores, ya tenemos enemigos. Una vez fabricado el enemigo, el resto va rodado. Así se las ponían a Fernando VII. Ceuta reúne todos los elementos necesarios para representar una amenaza y ninguno de los inconvenientes de explicarla.
La derecha española parece sufrir, además, una peculiar intolerancia geográfica. De otras intolerancias podríamos hablar otro día; la fructosa, desde luego, parece sentarle estupendamente. Es posible, además, que quienes llegan a Ceuta no hayan recorrido cientos o miles de kilómetros movidos por un deseo irresistible de conocer Europa, hacerse un selfie junto a la frontera y descubrir las virtudes del gazpacho. Cabe incluso la extravagante posibilidad de que vengan porque donde estaban vivían peor. Tanto que tú, José Luis te quejas de cómo está España. Sé que la hipótesis resulta audaz.
Detrás de quien intenta cruzar una frontera puede haber pobreza, ausencia de oportunidades, persecución, violencia, guerra o, sencillamente, una vida que se ha vuelto insoportable. El problema es que admitirlo estropea considerablemente la metáfora. Si aceptamos que alguien puede huir, buscar trabajo, intentar sobrevivir o aspirar a una vida mejor, entonces tenemos que abandonar durante unos segundos la cómoda semántica de la «invasión» y empezar a hablar de personas. Y políticamente una persona es un objeto-sujeto mucho más difícil de administrar que una masa. Tiene nombre. Tiene historia. Tiene familia. Tiene contradicciones. Tiene miedo. Tiene derechos. Como tú, como yo, como todos y todas.
Mucho más práctico llamarlo «invasor». El invasor solo tiene categoría. Y las categorías son herramientas política que permiten meter a miles de personas dentro de una misma palabra y cerrar la puerta-frontera con llave. «Inmigrantes». «Ilegales». «Avalancha». «Invasión». Cuanto más grande es el sustantivo, menos se distingue a quien hay dentro, metáforas categóricas cuando podrían haber sido musas. Para fabricar una metáfora basta con mirar desde lejos; para encontrar una musa hay que acercarse. De lejos se ven avalanchas. De cerca se ven personas.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.