Es una frase, una muletilla casi, que en las últimas semanas he escuchado tantas veces como «qué calor hace», porque sirve para todo, igual que el Milagrito. Qué apañao o apañá es. No sé aún si ChatGPT puede autodeterminar su género o si, como ocurre con casi todo en esta vida, por descontado y por supuesto, por defecto se le presupone masculino (la broma del masculino singular ya la he usado demasiado). Sea como sea, ahí está, sabiendo de todo y, sobre todo, sabiendo cómo saberte, que es el verdadero truco de toda esta historia.
El colmo llegó el otro día, cuando un amigo nos llamó -o, mejor dicho, nos in/convocó- con uno de esos marrones sentiexistenciales que empiezan con un inocente «no sé qué hacer» y acaban convirtiéndose, cuarenta minutos después, en una tesis doctoral sobre la condición humana. Nosotros practicamos una especie de estado del bienestar afectivo que consiste en democratizar los problemas y socializar las alegrías, así que montamos una videollamada de emergencia porque había quórum (importante), y escuchamos toda la historia. Que si esto, que si lo otro, que si ella dijo, que si él respondió..., hasta que, justo cuando pensábamos que había llegado el momento de pedirnos opinión, consuelo o directamente el TPV para cobrar la consulta, soltó la frase que ninguno esperaba:
-Bueno... porque ChatGPT me ha dicho que...
¿Cómo que ChatGPT te ha dicho? Perdona un momento; o dos. ¿Tú has ido primero a hablarlo con un algoritmo y luego nos llamas? ¿Qué somos exactamente? ¿La segunda instancia? ¿El recurso de apelación por si el algoritmo no te convence? Nos pasamos una vida cultivando amistades para acabar ocupando el puesto de «otras opiniones». Hubo un instante de profundo dolor, nivel ir descalzo y darte con el dedo pequeño del pie contra la puerta, recién levantado por la mañana. Nos dieron ganas de decirle: «¿Pa qué nos llamas?». No ocurrió. Somos, ante todo, pacientes y educados, pero 'three strikes and you're out'. Queda fuera del circulito verde, te lo digo yo.
ChatGPT está ocupando dos espacios, y no son de la nube; son más terrícolas. Por un lado, un espacio que antes pertenecía a eso que los alemanes llaman el Inneres Auge, el ojo interior. Muy profundito, sí. Franco Battiato tiene una canción con ese concepto. Ese lugar donde uno discutía consigo mismo antes de tomar una decisión o cualquier otro disparate. «¿Y si haces esto?», «¿Y si esperas un poco?».. En lugar de darle una vuelta, se la damos a ChatGPT, que nos devuelve nuestras propias dudas ordenadas cual marco teórico de la tesis doctoral sobre la condición humana. Todos sabemos que, después de leer la respuesta, seguimos haciendo exactamente lo que ya pensábamos hacer desde el principio, pero nos quedamos mucho más tranquilos.
Y, por otro lado, está el espacio humano de hablar con alguien; en este caso, algo. ChatGPT nunca nos recuerda que molestamos. Tiene la paciencia de quien no tiene suegra, ni hipoteca, ni reuniones. La instantaneidad de nuestra sociedad gaseosa, porque lo de líquida se nos ha derramado ya. Es preocupante que sea el interlocutor más disponible de nuestras vidas, tanto con nosotros mismos como con el resto de la humanidad.
Y creo, en mi humilde opinión, que ChatGPT tiene palabras para todo, para el hambre y para el miedo, para el amor y para la muerte, para la alegría y para la desesperación, y puede ordenarlas, definirlas, relacionarlas y explicarlas, pero por debajo de esa aparente omnisciencia (que no consciencia), existe una diferencia abismal entre la palabra humana y la palabra de una máquina, porque mientras la primera conoce el significado, la segunda únicamente opera con el significante. ¿Te has quedado igual, ¿verdad? Me explico
ChatGPT puede pronunciar, escribir y describir palabras. Puede incluso explicar mejor su significado. Es un maravilloso descriptivo, pero, ay, no sabe cuánto pesan. Puede explicarnos el hambre, pero la palabra «hambre» nunca tendrá para él el mismo significado que para quien ha abierto una nevera vacía intentando encontrar algo que llevar a la mesa. Lo mismo ocurre con el miedo. ChatGPT puede escribir páginas enteras sobre él, distinguiendo entre ansiedad, angustia, terror o pánico. Este diccionario mágico puede contener la palabra, pero la vida contiene su verdad.
Y cuando hablamos de la muerte, la distancia se vuelve inmensa. Nunca podrá decir «murió mi padre» y saber realmente qué está diciendo. Vale, el duelo es esto; es normal que te sientas así. Te da una palmadita en la espalda. Siguiente pregunta: «¿A qué hora es la puesta de sol en Zahara de los Atunes?». La palabra humana, el diálogo humano, más bien, posee algo que ninguna inteligencia artificial puede fabricar, y se llama vida. Las palabras humanas nacen de actos, de decisiones y de experiencias irrepetibles. Cuando alguien dice «te perdono», está renunciando a una parte de su dolor. Cuando dice «te quiero», está entregando una parte de sí mismo. Cuando promete, arriesga su credibilidad. Cuando miente, puede perder la confianza de otros. Cuando pide perdón, se expone al rechazo.
Las palabras de ChatGPT, por el contrario, están muertas. No pueden fracasar moralmente, no pueden traicionar una amistad, no pueden incumplir una promesa. Hablan del mundo, pero no viven dentro de él. Por eso los humanos no cabemos en los datos. El mayor límite de la inteligencia artificial es que no puede responder de sus palabras como responde una persona; no en el sentido literal. La palabra humana está hecha de carne, de memoria y de tiempo. La palabra de ChatGPT está hecha de lenguaje. Y, aunque ambas puedan parecerse en la superficie, existe entre ellas la misma distancia que separa el mapa del territorio, la descripción del viaje o el recuerdo de la vida misma. Nosotros los humanos ( que no se nos olvide), utilizamos las palabras para contar la vida; en cambio, ChatGPT utiliza la vida para ordenar palabras. Y, en su modelo de lenguaje predictivo y descriptivo, nunca habrá un «Te lo dije».
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.