Hemos tenido que aguantar, a lo largo de muchas décadas –con dictadura, primero, y con democracia, después- todas las vesanias de unos malhechores que pretendían salvar Euskadi matando, como han hecho, a más de ochocientos seres humanos. Pero ese delirante corredor de la muerte,  montado por los matones, les ha conducido por fin al más grande de los fracasos, fruto de la actuación ejemplar de los cuerpos de seguridad españoles y, desde hace un tiempo, de los franceses.

El hundimiento de ETA
No debemos olvidar, sin embargo, que el hundimiento de ETA se ha producido también por la eficacia del Estado de Derecho y por el esfuerzo de jueces y fiscales. En todo caso, no debemos minimizar el hastío de la inmensa mayoría de la sociedad vasca –igual en este sentido que la sociedad española en su conjunto- ante tanta crueldad y ante tanta sangre inocente, vertida sin escrúpulos mediante una serie de peligrosos delincuentes. Los terroristas estaban obsesionados por utilizar la violencia y despreciar los senderos de la libertad, la democracia y la paz. Se han equivocado totalmente. Los redentores de un país sobran, máxime si esa redención consiste en apilar un enorme montón de cadáveres.

Una solemne obviedad
Ha sido la gente -la buena gente del País Vasco y la buena gente del resto de España- la que ha transmitido indignada a los etarras una  solemne obviedad. No estamos en el medioevo, ni en el lejano Oeste, ni en las guerras napoleónicas, ni en la Alemania nazi, ni en la Italia fascista, ni en la España de Franco, ni en Chicago años treinta. En España vivimos en una democracia desde hace más de treinta años, lo que es más bien insólito en nuestra historia contemporánea. Los ciudadanos españoles mayoritariamente aborrecemos la violencia. Sus padres y sus abuelos sufrieron demasiado la violencia de un golpe de Estado contra la II República, la violencia estremecedora de  la guerra civil y los cuarenta años de totalitarismo y de nacionalcatolicismo.

Tres oradores, a la altura de las circunstancias
El trascendental comunicado de ETA ha sido valorado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, por el candidato socialista a la Presidencia del Ejecutivo, Alfredo Pérez Rubalcaba -cuya contribución a la lucha antiterrorista ha sido formidable- y, asimismo, por el líder del PP y también aspirante a presidirnos, Mariano Rajoy. Los tres oradores han estado muy adecuados en sus reflexiones y, hay que subrayarlo, a la altura de las circunstancias, en un momento en efecto histórico y emocionadamente feliz para la ciudadanía. Ninguno de los tres ha eludido referirse a las víctimas de ETA. Lo han hecho en tono de absoluto respeto y homenaje emocionado, como no podía ser de otra manera.

Una alocución que no encaja
No queremos recortar elogios a la alocución de Rajoy. Ha hablado con templanza, serenidad, sentido de Estado, moderación y centrismo. Su exposición merece una cerrada ovación. Pero ello no encaja –ni poco ni mucho- con los brutales ataques dialécticos de no pocos dirigentes del PP, dirigidos contra la política antiterrorista del actual Gobierno y, en estos días precisamente, contra Rubalcaba.

Adiós a las armas
La Conferencia de San Sebastián, prólogo del comunicado en el que ETA dice, por fin, adiós a las armas y a la violencia, ha provocado una oleada de ofensas, injurias, insultos y vómitos antidemocráticos a través de todos los medios de comunicación en la órbita de la derechona. Portavoces suyos, como Esteban González Pons, sin ir más lejos, o el gurü ultramontano Jaime Mayor Oreja, también cargaron desmesuradamente contra el Congreso citado y contra los socialistas. Rajoy entonces calló y –según su inveterada costumbre- dejó decir y hacer.

Lo positivo, convertido en nefasto
Ayer mismo, tras conocerse el comunicado, Esperanza Aguirre, el diputado Cosidó –muy cercano a FAES-, el presidente del Parlamento valenciano, Juan Cotino, y algunos otros  miembros del PP salieron en tromba como si lo que está ocurriendo en lugar de ser positivo hubiera sido nefasto, un asalto al Estado de Derecho o un abrazo de Rubalcaba a los etarras. Aznar, su padrino, lanzó veneno contra el Congreso de San Sebastián. Lamentablemente, la actitud del PP ante la política antiterrorista del PSOE ha sido un rosario de infamias, desde  que sucedió la masacre del 11-M hasta ayer, pasando por el asqueroso caso Faisán. Rajoy llegó a acusar a Zapatero en una sesión parlamentaria de haber “traicionado a las víctimas” de ETA.

Escabrosas conspiraciones
Rajoy dijo ayer lo que hubiera tenido que decir hace muchos años y no dijo. Rajoy ha demostrado que juega sistemáticamente con  cartas marcadas de acuerdo con la trampa que le toque. Un político así no es de fiar en absoluto. Habló como un estadista, pero sabemos que no lo es. Simplemente es un oportunista. El otro día, hace unos días, volvió a loar a Mayor Oreja, cuando es público y notorio que se trata de un político que debería militar en la extrema derecha como experto en escabrosas conspiraciones. No busca la verdad. Busca el odio y lo modela a su medida.

Enric Sopena es director de ELPLURAL.COM