Durante años, la televisión —querida caja tonta sin 5G— nos enseñó a mirar hacia arriba. Actores, cantantes, futbolistas, aristócratas. Gente con vidas aparentemente extraordinarias. Ellos arriba; nosotros en el sofá, haciendo zapping y salseando. Una jerarquía sencilla, casi tanto como la que planteaban Podemos o Barrio Sésamo. Los de arriba y los de abajo.

Luego llegó internet prometiendo democracia. Cualquiera podía llegar arriba. ¡El pueblo al poder! Belén Esteban y Sálvame ya habían hecho el experimento previo, convertir la vida ordinaria en espectáculo. Circulaba incluso aquel chiste sobre qué pasaría si Belén se presentara a unas elecciones. La Academia —la de Ciencias Políticas y la de Cine— sonreía. Belén, princesa del pueblo y por el pueblo.

Internet inventó el ascensor definitivo, los likes. Uno, cien, cien mil… y para arriba. Muy democrático todo, salvo por un detalle. El ascensor no lo maneja el pueblo. Lo maneja el algoritmo. Y el algoritmo no premia precisamente el conocimiento, no es Saber y Ganar. Premia la capacidad de retener nuestra atención. Carisma, polémica, abdominales, un perro mono. Y esas cosas. La Ilustración hizo lo que pudo.

Llegaron las marcas y la monetización. El contenido. Si Dulceida enseñaba una falda y se agotaba, aquello debía de ser talento. Después llegó el lifestyle. Qué bonito. Qué aspiracional. En esas casas no hay bolsas de basura junto a la puerta, tuppers sin tapa ni un cajón lleno de cables que nadie sabe para qué sirven pero nadie tira. El desorden, por lo visto, también es de clase.

Y qué político, también. El lifestyle es ideología sin decir “ideología”. Define qué es una vida deseable, qué es normal y qué deberíamos hacer para conseguirlo. La estética y la ética. La vida se vuelve contenido, el consumo contenido y la opinión contenido. Ya no vivimos y luego contamos. Contamos mientras vivimos.

La influencia se convirtió en capital económico y simbólico, medido en seguidores, cercanía e intimidad fabricada. Y pasó lo de siempre cuando alguien sube muchos pisos. Desde el ático, la calle empieza a verse pequeñita. El algoritmo prometió movilidad social y, técnicamente, cumplió. Lo que no especificó era hacia qué clase.

Ahora nos sorprende que algunas influencers hablen de política, aunque no hace falta parecer político para hacer política. Si un político habla de inmigración, es ideología. Si una influencer lo hace mientras enseña el outfit —odiamos esta palabra también— es conversación. Y si añade un “yo no soy de derechas, pero…”, ya tenemos el puchero electoral. El “pero” sigue siendo uno de los grandes partidos políticos españoles.

La autoridad tampoco depende ya solo del conocimiento. Da igual que sea hacerse el eyeliner, encontrar el entrenamiento perfecto o abrir la boca para probar la última novedad de Mercadona. Es la autoridad de la familiaridad afectiva. Sabemos su vida, no su competencia. Y ahí aparece la intimidad parasocial que sustituye evidencia, datos y argumentos. Weber lo llamaría legitimidad. Nosotros, que no tenemos tiempo para leer a Weber porque estamos viendo stories, “me cae bien”.

He visto su salón, su perro, su desayuno, su ruptura y sus vacaciones. ¿Cómo no voy a confiar en ella? Si prácticamente hemos pasado el verano juntas.

Mientras, las instituciones pierden credibilidad en un mercado-sociedad-política —llámalo como quieras— donde la emoción compite con la verdad. Y la emoción siempre llega antes. Ya no preguntamos “¿quién sabe de este tema?”, sino “¿quién me resulta creíble?”. Convertimos visibilidad en verdad, cercanía en conocimiento, popularidad en legitimidad y opinión en información.

El ascensor hizo su trabajo. El algoritmo pulsó el botón y los subió hasta el ático. Ya no son el pueblo. Ser como nosotros no los hacía inmunes a convertirse en los de arriba.

Y allí, en ese monte Olimpo de paredes blancas y matcha, descubrieron que también podían ser de derechas. Que podían hablar de política con la misma autoridad moral que del sérum. Ya no solo viven, lifestyle mediante, como los de arriba. Empiezan a pensar como los de arriba de toda la vida. Y ahora, a ver quién los baja.

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