La otra noche andábamos paseando, no muy tarde, a esas horas prudenciales en las que todavía se puede exigir cierta cordura, cuando un pipiolo (alguna amiga diría que no tenía edad ni de llevar el prepucio puesto) se plantó delante de nosotros, levantó la manita y gritó: "¡Viva España!". Flequillo de Justin Bieber en su primer disco, pantalón camel y camisa azul. Lo de la camisa azul, pensándolo bien, era lo menos sorprendente viendo el conjunto resultante de la escena. Y, como apunte, la derecha tiene la creatividad de vestuario nula, como los Simpson. Nadie contestó.

—¿Qué pasa? ¿No queréis que viva España? Sois rojos, ¿verdad?

El diagnóstico que hizo el pipiolo para justificar darnos una leche fue más rápido que los resultados de los cribados de cáncer de mama. Moreno Bonilla debería tomar nota. Nos siguió, insistió e increpó. Sus clones renegados acabaron frenándolo. Y una, que también tiene un pequeño animal dentro, piensa: como me toque... Esa parte irracional y dopaminérgica que calcula distancias físicas mientras la civilizada recuerda que habías salido a pasear, no a disputar un podcast con Jordi Wild.

Seguimos andando con dos preguntas en el aire y un malestar casi físico, como si el gancho de derechas que el pipiolo quería darnos hubiera terminado alcanzándonos de otra manera. ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos entrado en su guerra? Y ¿cómo hemos llegado a esto?

Lo primero sería, en parte, convertirnos a nosotras mismas inmediatamente en el problema. La derecha tensa la cuerda y el resto tenemos la obligación democrática de comprobar cuánto mide. Ellos no. Al parecer, la convivencia consiste en que unos tensen y los demás llevemos la soga al cuello. La violencia es el instrumento - arma, vamos a llamar las cosas por su nombre - político de la derecha. La han alimentado y cargado y tenemos que buscarle el Ozempic o lo que sea, porque adelgazar el odio, por lo visto, también corre de nuestra cuenta y no sé ya si correr es la solución.

Este auge de la violencia viene de la mano - de la mano derecha - en dos [AQUÍ PARECE FALTAR TEXTO EN EL ORIGINAL]. El primero ha sido la normalización de discursos de odio en redes sociales de la mano de esos oligarcas que muy de izquierdas ni prohombres son. Ha ocurrido. La transformación digital y real era esto. Lo mejor de todo es que deshumanizamos lo humano mientras humanizamos a las máquinas. Así, como apunte que daría para otro artículo. Nos preocupa que la inteligencia artificial aprenda a tratarnos mal o a extinguirnos mientras nosotros demostramos una sorprendente capacidad para hacerlo sin necesidad de entrenamiento.

Y, por otro lado, la normalización de la violencia en el lenguaje político de la derecha y en sus actos. La derecha trae un espray de pimienta al hemiciclo, un youtuber paga a un sintecho para humillarlo, un militar retirado dice que hay que dar un golpe de Estado, se produce la agresión a un periodista, las agresiones en Oviedo, otra se refiere a los migrantes como soldados, y así hasta un infinito en el que el punto de partida - llamar hijo de puta al presidente del Gobierno - queda como una anécdota casi entrañable, visto el desarrollo de la temporada.

Esta violencia ya se ha extendido a un sinfín de situaciones en las cuales la izquierda cotidiana se siente perseguida por ser de izquierdas. No existe, por supuesto, un mando a distancia mediante el cual la derecha pulsa «odio» y una persona sale automáticamente a la calle a partirte la cara, pero es de necios fingir que la violencia se construye y se dirige sola.

La mal llamada escalada de violencia es, en realidad, un salto al vacío, al vacío de la humanidad, de las palabras a los hechos y de lo virtual a lo real. El mismo que te deseaba la muerte desde el sofá por Twitter y, un instante después, escribía en el grupo familiar «bajo a por el pan» ahora sigue bajando, pero en busca de otro alimento, el odio.

Nuestro pipiolo no sabía nuestros nombres. Ni qué votábamos. Ni qué pensábamos. Tampoco parecía necesitar esos pequeños inconvenientes para su odisea neofascista llamados hechos o derechos. Estábamos, en su proceso de socialización y normalización del odio, en la parte contraria, y su parte irracional y dopaminérgica (como la mía), calentada y alimentada por los discursos de la derecha, le hace racionalizar y, por ende, “justiciar” la violencia.

Nosotras aquella noche seguimos andando. Era lo sensato. Siempre es lo sensato. La pregunta es cuánto camino queda si la izquierda deja de callarse, de apartarse, de disculparse por responder y, sobre todo, de aceptar que la única forma democrática de no ser violenta consiste en seguir andando. A este paso no sé si estamos preservando la convivencia o simplemente acumulando kilómetros hacia una dictadura.

La única corrección que dejaría pendiente antes de publicar es ese “en dos…”, porque claramente parece haberse perdido una palabra o sintagma durante el pegado. Yo se lo devolvería a la autora para confirmar si quería decir, por ejemplo, “en dos direcciones”, “en dos sentidos” u otra formulación.

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