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Opinión

El efecto Maricarmen

Tal vez parte del problema esté en quienes ven con indignación las imágenes de Maricarmen, pero cierran los ojos ante las familias que ocupan inmuebles porque no tienen donde vivir

Susana Gisbert
Manifestación contra el desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid. EP

Manifestación contra el desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid. EP

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No sé si se venía venir ahora, pero más tarde o más temprano tenía que pasar. El tema de la vivienda no podía seguir así y el desahucio de Maricarmen fue la chispa que encendió un polvorín que llevaba creciendo desde hace mucho.

Sabemos que el caso de Maricarmen no era el primero ni el único, aunque ojalá fuera el último. Lo bien cierto es que las imágenes de esa mujer casi nonagenaria siendo expulsada a la fuerza de la que había sido su casa durante más de 70 años no podía dejar indiferente a nadie.

Y así ha sido. Lo de Maricarmen ha sido un clamor cuyo penúltimo episodio ha sido la acampada, una vez más, en la Puerta del Sol, ofreciéndonos unas imágenes que recordaban aquel ya lejano 15 M de 2011.

Nunca sabemos cuál es el momento en que la gente corriente dice que no puede más y hace algo para manifestarlo, pero suelen ser una conjunción de factores que acaban en la tormenta perfecta. Como ocurrió en aquel 15 M, en movimientos como el #MeToo o en aquellas manifestaciones multitudinarias y unidas sin fisuras durante algún tiempo en los 8 M que no han vuelto a repetirse.

Lo de Maricarmen es muy fuerte, muy duro y muy triste, sin duda alguna. Pero no es sino la punta de un iceberg que venía construyéndose desde hace mucho y que en algún momento tenía que chocar contra su Titanic. Y Maricarmen ha sido ese Titanic.

Aunque suene un tanto demagógico, lo que no se debería consentir es que las personas tuvieran tantas dificultades para tener un techo y un suelo donde vivir su vida con dignidad, aunque se trate de personas que tienen un trabajo y un sueldo o cobran una pensión.

Por supuesto, no todos los casos son como los de Maricarmen, aunque haya muchos más de ellos de lo que la gente imagina. Tampoco pueden acceder a una vivienda digna la mayoría de nuestros jóvenes, porque los precios prohibitivos y las leoninas condiciones hacen imposible lo que debería ser tan natural como la vida misma, la emancipación respecto de la familia.

Tal vez parte del problema esté en quienes ven con indignación las imágenes de Maricarmen, pero cierran los ojos ante las familias que, al lado de sus casas, ocupan inmuebles porque no tienen donde vivir, quienes no se compadecen del vecino que no puede pagar el alquiler o critican al diferente solo por el hecho de serlo. Y, desde luego, en quienes miran hacia otro lado o apelan a una resignación insoportable, como si estas situaciones hubiera que asumirlas y soportarlas como una suerte de peje para mantener nuestro estilo de vida.

La zona de confort es lo que tiene. Pero no perdamos de vista que algún día puede faltarnos un techo bajo el cual situar esa zona de confort.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)

Susana Gisbert

Sobre el autor

Susana Gisbert

Fiscal especializada en violencia de género, delegada de Delitos de Odio y escritora