Hay una pregunta que incomoda y que conviene formular sin anestesia: ¿puede llamarse moral a un sistema de valores cuyo único mandamiento es enriquecerse? La derecha contemporánea ha convertido el lucro en brújula, la codicia en virtud y la indiferencia en programa político. No hablo de etiquetas partidistas, hablo de una forma de estar en el mundo, que antepone el beneficio al ser humano, el balance a la vida, la propiedad al prójimo. Y cuando una cosmovisión coloca el dinero en el centro, todo lo demás —la dignidad, la compasión, la justicia— se convierte en un obstáculo que hay que apartar.
Empecemos por lo más evidente: la empatía. Para la derecha, el pobre no es una persona a la que socorrer, sino un fracasado al que culpar. El desahuciado es un moroso. El inmigrante que se ahoga en el Mediterráneo es un efecto colateral del "efecto llamada". El parado es un vago subvencionado. Esta retórica no es un accidente: es la coartada emocional que permite dormir tranquilo mientras se recortan sanidad, educación y dependencia. Si el que sufre es responsable de su sufrimiento, entonces no hay deber moral alguno hacia él. Es la teología del sálvese quien pueda, bendecida por quienes jamás han pasado un día con el agua al cuello.
Pero donde la ausencia de moral se vuelve obscena es ante los genocidios. Mientras Gaza se desangra, mientras se bombardean hospitales, escuelas y campos de refugiados, la derecha mira hacia otro lado o, peor aún, aplaude. No hay duelos compartidos, no hay niños con nombre. Hay negocios de armas, contratos militares, intereses estratégicos. El sufrimiento ajeno, si conviene al mercado o al aliado de turno, se convierte en daño colateral. La misma derecha que se rasga las vestiduras por una bandera quemada en una manifestación es incapaz de derramar una sola lágrima por miles de cadáveres envueltos en sábanas blancas. Su brújula no apunta al corazón: apunta a la cuenta de resultados.
Y cuando el lucro es el fin, los medios se vuelven irrelevantes. Ahí aparece la cooptación: comprar voluntades, colonizar instituciones, capturar medios, jueces y reguladores. No se trata de convencer, se trata de poseer. Se ficha a periodistas, se financia a think tanks, se colocan amigos en organismos que deberían ser independientes. La democracia deja de ser un espacio de debate y se convierte en una sucursal de la empresa. El que disiente no es un adversario legítimo: es un problema de relaciones públicas.
Y junto a la cooptación, la corrupción. La derecha no roba por necesidad: roba por sistema. Comisiones, sobrecostes, puertas giratorias, amnistías fiscales, paraísos donde esconder lo que se niega a los hospitales. Cada escándalo se tapa con un nuevo escándalo, cada imputación con un insulto al que denuncia. La corrupción no es una manzana podrida: es el árbol entero. Porque si tu única moral es el beneficio, saltarse la ley no es una traición a tus principios: es la consecuencia lógica de ellos.
Conviene decirlo con claridad para que no haya malentendidos: no todos los votantes de la derecha son corruptos, ni celebran genocidios. Muchos son personas decentes engañadas por un relato que les promete orden, seguridad y prosperidad a cambio de mirar hacia otro lado. Pero la maquinaria que sostienen con su voto no tiene alma, y eso es lo grave. La complicidad no siempre es entusiasta; a veces basta con la indiferencia cómoda de quien cree que a él nunca le tocará.
Frente a esta derecha sin entrañas, no vale el matiz tibio, ni la equidistancia cobarde. Hay que nombrar las cosas: quien antepone el lucro a la vida, no es un adversario político, es una amenaza moral. Quien calla ante un genocidio por intereses comerciales es cómplice. Quien coopta jueces y compra medios para perpetuarse no defiende la libertad: la secuestra. Quien roba lo común mientras predica austeridad no es un gestor: es un depredador.
No se trata de odiar a nadie, se trata de no blanquear lo evidente. La derecha ha hecho del egoísmo, una ideología y del cinismo, una estrategia. Y mientras tanto, los desfavorecidos siguen esperando una mano que nunca llega, los pueblos bombardeados siguen contando muertos que nadie llora, y las instituciones siguen pudriéndose en manos de quienes juraron protegerlas. Es hora de decirlo sin miedo: una sociedad que confunde el beneficio con el bien, no está enferma solo de economía; está enferma de alma. Y recuperar esa alma exige algo tan simple y tan radical como volver a poner a las personas por delante del dinero.
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