Cuando uno pasea por las calles de Nápoles central, se ve literalmente invadido por la basura y la suciedad. Contenedores llenos de residuos, calles sin barrer o sin regar, fachadas llenas de desconchones... Aunque Nápoles es una ciudad con encanto, la basura que asalta al viajero es, sin embargo, un mensaje concreto. Un mensaje con una finalidad clara.

Desde hace décadas, la Camorra napolitana controla la gestión -o el desastre gestor más bien- de la basura napolitana, pero lo llamativo no es el fracaso en el control de la suciedad urbana en la ciudad. Lo llamativo es que a pocos kilómetros, ciudades vecinas aparecen limpias. ¿Por qué, entonces, la deprimente apariencia de Nápoles continúa? Pues, como saben bien los psicólogos sociales, esa basura está ejerciendo una función de poder: está mostrando que la Camorra puede ensuciar como quiera la ciudad de Nápoles. Y el impacto sobre viajeros no es menor que el que tiene sobre los propios napolitanos, que aprenden día a día la lección de que es imposible oponerse al poder mafioso y volver a tener una ciudad limpia. La basura, la suciedad, ejerce una presión simbólica. Pero no sólo en Nápoles.

Cuando vemos hoy en día que los medios de comunicación, las élites ocultas, los centros de poder, y los dirigentes más zafios y más ricos del mundo, expanden y lanzan “basura” en muchísimos contextos sociales, tenemos que pensar que se trata no solamente de un resultado, sino de una estrategia: se quiere causar algo cuando, por ejemplo, Donald Trump actúa y habla como un auténtico fabricante de detritus político global. Se quiere generar el desánimo, la “lección napolitana”, en quienes escuchan a los medios ultraderechistas pontificar sobre el desastre, la podredumbre, la corrupción o la miseria que nos rodea. Efectivamente, toda esa basura cumple una función: no solo es un estado de cosas, es sobre todo un ataque al ciudadano, al público lector o espectador, a quien convive con tanto detritus, por activa y por pasiva, que nos rodea.

Hoy es una convicción generalizada que vivimos una época de degeneración social y política. La percepción social es que el mundo va al colapso, y que quienes nos dirigen o determinan nuestra existencia controlan y generan miseria en todas partes. El poder esparce su basura y con ello genera en cada receptor y votante el desánimo, la decepción, la debilidad. Y esa es la fuerza que tiene este sistema de poder, precisamente. El mensaje para el alma de cada ciudadano, que el sistema generado por élites, medios y líderes emite, es un mensaje de rendición ante la basura. Su consecuencia es la debilidad del individuo. La baja autoestima, la baja agencia o capacidad de resistir.

La impotencia en todos los ámbitos, del internacional al nacional, de lo ecológico y climático a lo regional o municipal, es El Mensaje que se desea inocular. Un “No Se Puede” que se difunde mediante la basura que nos rodea y que, como en Nápoles, se deja expresamente ante los paseantes para que comprendan, para que aprendan la lección de que la ausencia de todos los valores, de todos los méritos, la locura y la bestialidad, dominan y dominarán. El resultado es como el que se produce en la sociedad mafiosa, la rendición del individuo y del grupo por completa depresión y desánimo, porque lo que más necesitamos todos, es creer en algo. Cuando vemos las redes sociales o consumimos medios, cuando hablamos con otros, lo que más necesitamos es creer en algo y compartir ideales. El sistema actual usa la comunicación de la basura para desmotivar, desmovilizar y corromper el alma social.

¿Cómo actuar? Es ya un paso darse cuenta de que lo que consideramos un efecto inevitable es en realidad una estrategia, un maquillaje. En Nápoles, la Camorra ha convencido a la ciudad de que no hay escapatoria a la basura. Pero no habría tanta basura en la calle si no fuera necesario hacer presión constante para conseguir ese bajo ánimo colectivo. Es posible no creer que el mundo es así, corrupto, bestial, ciego. Hay, como decía Paul Eluard, otros mundos en éste.

En España, por supuesto, también tenemos nuestra basura. La corrupción, la necedad, la mezquindad, existen. Pero también hay excepciones y muchas. No las vemos, entre otras cosas, porque hay muchos interesados en esparcir basura y vivir del desánimo, del odio colectivo, que surge ante ello. Sobre todo, la propia sociedad española es una sociedad limpia, en su gran mayoría. Y esta sociedad necesita recuperar su fuerza, dejar de jugar a un psicoanalítico complejo de inferioridad ante voces, grupos o líderes especialistas en mancharlo todo de mierda.

Necesitamos por lo tanto dejar de creer que no hay nadie limpio, porque sí los hay, porque ello nos dará fuerza y energía para construir y limpiar nuestro contexto sociopolítico. El activismo y la capacidad de hacer cosas con fuerza y energía son cruciales para mantener una sociedad con ánimo, para poder luchar contra las estratagemas sucias del poder abiertamente asqueroso, que quiere convencernos de que no hay salida. 

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