¿Alguien ha visto alguna vez llorar a Juanma Moreno Bonilla por la comida que se sirve en los comedores escolares de Andalucía?

Yo tampoco.

Y, sin embargo, miles de familias llevan años quejándose de lo mismo: menús pobres, raciones escasas y comida que muchos niños apenas tocan. La pregunta es sencilla: si un niño sale del comedor con hambre o con un plato casi intacto, ¿de qué sirve ese servicio público?

Un reciente reportaje publicado en Público recogía las críticas de nutricionistas, agricultores y familias que alertan de la mala calidad de algunos menús que se sirven en los colegios andaluces. No es una polémica nueva. Pero sí es una preocupación cada vez más extendida.

Porque el comedor escolar no es un asunto menor. Cada día más de 200.000 escolares andaluces utilizan el comedor escolar. En total, se sirven más de 20 millones de menús al año en cerca de 1.500 comedores públicos. 

Para muchas familias es un servicio imprescindible para conciliar la vida laboral. Y para muchos niños, especialmente los de hogares con menos recursos, puede ser la comida más importante del día. Sin embargo, hay una contradicción que empieza a resultar difícil de explicar.

En los últimos años el número de usuarios de comedores escolares ha aumentado en Andalucía. Cada vez más familias necesitan este servicio. Pero al mismo tiempo crecen las críticas por la calidad de los menús y por el coste que supone para muchos hogares.

El Gobierno de Moreno Bonilla ha subido el precio del comedor un 24% desde 2021. Para muchos hogares con varios hijos, el gasto mensual se ha convertido en una carga importante.

Y lo que más indigna a muchas familias no es solo pagar más, sino la sensación de que la calidad de los menús se ha deteriorado de forma visible y constante La realidad es clara: con Moreno Bonilla, miles de niños y niñas en Andalucía pagan más por comer peor. Y si las familias pagan más y la comida es peor, la pregunta es inevitable: ¿dónde va el dinero?

Cuando el sistema funciona bien, el comedor escolar es una herramienta poderosa para reducir desigualdades sociales y garantizar una alimentación equilibrada. Los expertos recuerdan que es clave para que todos los niños tengan acceso a fruta, verduras y productos frescos que muchas familias no siempre pueden permitirse. Pero cuando el sistema falla, el efecto es justo el contrario.

Uno de los grandes problemas que denuncian familias y colectivos sociales es el modelo de gestión. En Andalucía, gran parte de los comedores escolares funciona mediante empresas de catering externas. En muchos casos, la comida no se cocina en el propio centro, sino que llega preparada desde cocinas industriales y se recalienta en el colegio.

Esto tiene consecuencias claras: menos producto fresco, menos adaptación al centro y, muchas veces, peor resultado final en el plato.

No es casualidad que muchas asociaciones de padres reclamen volver a las cocinas en los propios colegios. No por nostalgia, sino por lógica. La comida recién hecha no solo suele ser más saludable; también es más atractiva para los niños. Porque aquí hay otra realidad incómoda: si un plato no se come, no sirve de nada.

El problema no siempre es solo nutricional, sino también de calidad y de preparación. Muchos menús cumplen sobre el papel los requisitos técnicos, pero luego llegan a los niños convertidos en platos poco apetecibles, mal presentados o simplemente insípidos.

Y ahí aparece otra pregunta incómoda: ¿quién controla realmente lo que comen los niños? La Junta de Andalucía asegura que existen evaluaciones periódicas y controles sobre los comedores escolares. De hecho, el sistema cuenta con auditorías y protocolos de supervisión. 

Pero las quejas siguen apareciendo curso tras curso. Y cuando las quejas se repiten durante años, quizá el problema no sea puntual.

Hay otro elemento que está empezando a unir a colectivos muy distintos: agricultores, nutricionistas y familias. Todos coinciden en algo básico. Andalucía es una de las grandes potencias agrícolas de Europa y, sin embargo, muchos comedores escolares no utilizan de forma suficiente productos de proximidad.

Es una paradoja difícil de explicar. En una tierra donde se cultivan algunas de las mejores frutas, verduras y hortalizas del continente, muchos niños acaban comiendo menús industriales producidos a cientos de kilómetros de distancia. Mientras tanto, agricultores locales ven cómo sus productos no llegan a los comedores escolares de su propia tierra.

Resolver esta contradicción sería, además, una oportunidad económica y social. Apostar por producto local mejoraría la calidad de los menús, apoyaría al campo andaluz y reduciría el impacto ambiental del transporte de alimentos. Pero para eso hace falta voluntad política.

Y aquí es donde entra la responsabilidad del Gobierno andaluz. Porque el modelo de comedores escolares no es una fatalidad inevitable. Es una decisión política. Se puede apostar por la gestión pública directa. Se puede apostar por cocinas en los centros. Se puede apostar por producto local. O se puede seguir como hasta ahora.

El problema es que, cuando se trata de la comida de los niños, el margen de error debería ser cero. La infancia no debería ser el lugar donde se prueban experimentos de gestión ni donde se recorta calidad para ahorrar unos euros en contratos públicos.

Porque estamos hablando de salud, de desarrollo y de hábitos alimentarios que acompañarán a esos niños durante toda su vida. Y también estamos hablando de dignidad.

En Andalucía presumimos —con razón— de una de las mejores gastronomías del mundo. De la dieta mediterránea, del aceite de oliva, de nuestras huertas y de nuestros productos. Pero esa cultura gastronómica pierde todo su sentido si luego aceptamos que miles de niños coman peor en el colegio que en casa.

Y aquí volvemos al principio. ¿Alguien imagina a Moreno Bonilla sentándose delante de uno de esos platos que tantas familias denuncian? ¿Alguien cree que aceptaría comer lo mismo que comen muchos escolares andaluces? Probablemente no.

Por eso la pregunta que deberíamos hacernos es muy simple: si esa comida no la aceptarían los responsables políticos, ¿por qué debería aceptarla cualquier niño?

El comedor escolar debería ser uno de los orgullos del sistema educativo. Un espacio donde los niños aprendan a comer bien, donde descubran productos frescos y donde se cuide su salud.

No un problema recurrente que aparece cada curso en las noticias. Porque cuando un niño sale del comedor con hambre, algo está fallando. Y cuando eso ocurre durante años, lo que falla ya no es un menú. Lo que falla es la política.

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