Imágenes de la concentración y cena colectiva del Sindicato de Inquilinas bajo el lema ¡Ni una Maricarmen más! Hasta conquistar el derecho a la vivienda / EP
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Hay una pregunta que ya no podemos esquivar en Andalucía y por la que cientos de miles de andaluces han salido a la calle este pasado fin de semana: ¿Cómo vamos a poder seguir viviendo aquí? Siempre hemos sabido lo difícil que es encontrar un trabajo digno, pero al menos se podía vivir, porque el coste de la vivienda, en particular, y de la vida en general no era muy alto. Ahora eso ha cambiado.
Las protestas por la vivienda hablan de ¿Cómo vamos a poder seguir viviendo aquí? Siempre hemos sabido lo difícil que es encontrar un trabajo digno, pero al menos se podía vivir que no alcanzan para tener un techo digno. Detrás de todas las demandas que nos han llevado a llenar las calles y las plazas durante los últimos días aparece una cuestión más profunda: la posibilidad de permanecer en nuestra Andalucía.
Permanecer en el barrio donde hemos crecido. Cerca de la familia, de los amigos y de las vecinas de toda la vida. Poder estudiar, trabajar y construir una vida, nuestra vida, sin asumir que, más tarde o más temprano, habrá que marcharse porque vivir en nuestra propia tierra se ha vuelto demasiado caro.
Por eso pensamos que el debate sobre la vivienda en Andalucía no puede limitarse al acceso a un techo. También tenemos que hablar del derecho a permanecer como pueblo sin perder nuestra cultura e identidad andaluza.
Esta idea se hizo muy clara mientras investigábamos el impacto de la turistificación en el Carnaval de Cádiz. En principio, nuestro trabajo trataba sobre el patrimonio, el turismo y la sostenibilidad social del Carnaval. Pero cuanto más avanzábamos, comprobábamos que no se puede proteger una cultura si quienes la producen no pueden seguir viviendo en el lugar donde esa cultura existe.
El Carnaval de Cádiz no existe únicamente porque durante unas semanas haya agrupaciones y calles llenas de gente. Existe durante todo el año: en los ensayos, en las asociaciones, en los bares, en los barrios, en quienes escriben coplas y en quienes las recuerdan décadas después. Existe en el peque que se pone el tipo de su madre y en la memoria colectiva que aguarda en cada rincón. Existe, al fin y al cabo, porque hay una comunidad que lo sostiene.
Y esa idea no vale solo para el Carnaval de Cádiz. Vale para toda Andalucía.
Andalucía no es solamente un territorio, un destino turístico o una marca que vender al exterior, como nos han hecho pensar los sucesivos gobiernos que hemos tenido. Andalucía es también una red de formas de vida, relaciones sociales, memorias, hablas, acentos, culturas populares y maneras de habitar nuestros barrios, pueblos, ciudades, comarcas y provincias. Andalucía no puede existir sin los andaluces y las andaluzas, por más que en la Junta de Andalucía no se enteren y sigan gobernando para los turistas en vez de para quienes habitamos nuestra tierra.
Cuando una persona tiene que marcharse porque no puede pagar una vivienda, no perdemos solo a un vecino. También se debilita la comunidad que daba sentido a ese lugar. En las manifestaciones y acampadas hemos encontrado lemas en las pancartas como “your Airbnb was my home” o “Andalucía para vivir, no para Airbnb”. Es el reconocimiento de cómo el problema de la vivienda nos atraviesa como personas, a cada uno con su situación de precariedad, pero también como un pueblo acostumbrado a migrar, al que siguen negando el derecho a permanecer.
Porque Andalucía conoce bien lo que significa marcharse. Durante generaciones, cientos de miles de andaluces tuvieron que abandonar su tierra para buscar fuera las oportunidades que aquí se nos negaron durante el franquismo. Sería profundamente paradójico que, después de décadas intentando dejar atrás aquella Andalucía de la emigración, ahora aceptáramos nuevas formas de expulsión solo para que los buitres se hagan de oro a costa de nuestros sueños.
El derecho a permanecer implica que vivir en Andalucía no debería ser un privilegio. Que nuestros barrios no pueden ser simples espacios de inversión. Que nuestras ciudades no pueden funcionar mejor para quien viene solo de visita durante unos días que para quienes intentamos construir en ellas toda una vida.
Defender el derecho a la vivienda significa garantizar un techo digno. Pero también significa defender algo más difícil de medir, tal vez más abstracto, pero que se hace carne en cada una de nosotras: la posibilidad de seguir formando parte de un lugar. De un pueblo. De una comunidad. De un país. De una cultura. Y de una memoria. La nuestra. La de Andalucía.
Poder quedarse. Poder vivir aquí. Y poder hacerlo sin renunciar a nuestra propia tierra.
Ese es el derecho a permanecer en Andalucía. Sigamos luchando para hacerlo posible.



