El presidente del Gobierno y candidato del PSOE, Pedro Sánchez, y el candidato del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), en 'Cara a Cara. El Debate', en Atresmedia, a 10 de julio de 2023. EP.
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El 31 de agosto, en la Cadena SER, Pedro Sánchez dijo una frase que la derecha ha convertido desde entonces en munición: “La alternancia no está mal en democracia, pero hoy no hay una propuesta de alternancia, sino una involución”. Añadió que la alternancia “siempre es buena”, pero que lo que se plantea es “una involución que se ha visto en otras partes del mundo”, contra la que pelearía “con uñas y dientes”.
La respuesta fue inmediata. Desde la prensa conservadora le acusaron de estar “dinamitando el consenso más primario” de la democracia, de no aceptar más relevo que el suyo, de construir el viejo marco de “o yo o el caos”. Es una crítica cómoda, pero confunde el derecho a cambiar de Gobierno con el deber de decir qué hay dentro del Gobierno que se propone.
Lo que significa esa alternancia
Nadie discute que la alternancia es buena para la democracia. Airea las instituciones y castiga el desgaste. España la ha practicado con normalidad desde 1982, y en cada relevo cambiaron las prioridades y el tono, pero no el suelo común. Aznar no derogó el divorcio. Rajoy retiró en 2014 la contrarreforma del aborto de Gallardón por falta de consenso, y el ministro acabó dimitiendo. Incluso entonces hubo líneas que no se cruzaron.
Eso es la alternancia: que gobiernen otros dentro del mismo marco de derechos. El país sigue siendo el mismo para la mujer que decide sobre su cuerpo, el pensionista o la familia que busca a su abuelo en una cuneta.
La involución es otra cosa. Es usar la victoria electoral para encoger ese marco y para que algunos ciudadanos tengan menos derechos al acabar la legislatura que al empezarla. Por eso decirlo no es deslegitimar al adversario, sino describir el programa.
Le ecuación con Vox
Sánchez lo resumió el jueves en “La Revuelta” con una claridad que pocos discursos alcanzan: “La alternancia es sana, pero si está VOX en la ecuación no es alternancia, es involución”. El matiz importa. El problema no es que gobierne la derecha, es con quién está dispuesta a hacerlo y a cambio de qué.
No hace falta imaginar nada. Basta con mirar los gobiernos que PP y VOX han compartido. En 2023, el Ayuntamiento de Valdemorillo canceló el “Orlando” de Virginia Woolf y el de Briviesca suspendió una obra de Alberto Conejero. Ese mismo año, el vicepresidente de VOX en Castilla y León anunció un protocolo antiaborto con latido fetal y ecografías 4D, del que se desmarcó la dirección nacional del PP. En Aragón, la Comunitat Valenciana y Castilla y León se impulsaron leyes de “concordia” para sustituir la memoria democrática, que tres relatores de la ONU advirtieron que podían vulnerar los derechos humanos.
Y está pasando ahora. Castilla y León vuelve a tener desde junio un gobierno de PP y VOX, con la Consejería de Cultura en manos de VOX. Esta semana, la Junta ha suspendido en Valladolid la obra “Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva”, sobre Lorca, con el 70% de las entradas vendidas. Alega obras “inaplazables” en la sala y niega motivos ideológicos, pero la compañía la ha representado en una sala privada y ha agotado las entradas. No es casual que en Burgos Sánchez señalara esa comunidad como “la muestra” de lo que está en juego.
Y no es solo VOX. La presencia de la ultraderecha ha arrastrado al PP hacia sus posiciones. El propio Sánchez lo explicó en la SER: el problema no es únicamente VOX, sino que su peso “ha hecho que se escore el PP”. Según la dirección socialista, el PP ya ha anunciado que eliminará el Ministerio de Igualdad y piensa reabrir el debate sobre el aborto de las jóvenes de 16 y 17 años, reformar la ley de muerte digna y derogar la de Memoria Democrática.
Tres semanas de precampaña
Hace unos días, en Granada, el presidente hizo la cuenta: en menos de tres semanas de precampaña han aparecido propuestas de recorte en la sanidad, las bajas laborales y el salario mínimo, dudas sobre las pensiones, la idea de derogar la eutanasia y nuevos límites al aborto. “Parece que su lista de recortes es interminable. Porque lo que proponen no es una alternancia, proponen una involución”. Y lanzó la imagen que resume la campaña: “Feijóo es el envoltorio, pero Abascal es el regalo. Y hay regalos que no merece la pena abrir”.
Se puede discrepar del tono de mitin, pero no acusar de alarmismo a quien repite lo que el otro anuncia.
La paradoja del demócrata
Hay un argumento de fondo que la derecha prefiere no escuchar. La alternancia solo tiene valor si es reversible. Su sentido es que quien pierde hoy pueda ganar mañana y que ningún gobierno use su mandato para cambiar las reglas a su favor. Por eso las democracias que se han degradado en la última década no lo hicieron con tanques, sino con elecciones. Hungría, la Polonia de Ley y Justicia o los Estados Unidos que intentaron revertir el resultado de 2020 enseñan lo mismo: la involución llega por las urnas y después se dedica a estrechar el camino de vuelta.
La comparación con Milei, a quien Sánchez sitúa en “el mismo club de la motosierra” que Feijóo y Abascal, apunta en esa dirección. La motosierra no es austeridad: es la idea de que los derechos se recortan como una partida más.
Defender la alternancia y rechazar la involución no es una contradicción. Es la única forma coherente de ser demócrata. Quien de verdad cree en el relevo debe proteger las condiciones que lo hacen posible: libertad de prensa y de creación, igualdad ante la ley, derechos que no dependen del color del Gobierno. Por eso tiene sentido la propuesta de blindar el aborto en la Constitución. Un derecho que solo existe mientras gobierna uno de los bloques no es un derecho asentado.




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