La factoría que Ford posee en Almussafes se ha convertido en el termómetro más fiable para medir la temperatura de la nueva guerra comercial que sacude el tablero global. Mientras Washington renueva su ofensiva proteccionista y Bruselas levanta barreras ante la avalancha de vehículos asiáticos, la planta valenciana ha hallado una vía de escape inesperada que la conecta directamente con la estrategia de expansión de los gigantes del motor chinos.
Un acuerdo muy positivo para ambas partes
El acuerdo alcanzado entre la marca estadounidense y el grupo Geely, propietario de firmas como Volvo o Polestar, no es un mero traspaso de naves industriales, sino un movimiento calculado para sortear los aranceles que la Unión Europea ha impuesto a los eléctricos fabricados en el gigante asiático. La operación, que se formalizó con la presencia del presidente del Gobierno y del máximo responsable europeo de Ford, y el vicepresinete de Geely, permitirá que las instalaciones de Body 3, actualmente inactivas, recuperen su pulso productivo ensamblando coches de origen chino en suelo comunitario.
Momento estratégicamente acertado
Este giro estratégico llega en el momento más delicado para la factoría, que ha visto cómo su producción se desplomaba más del 70% desde 2019 hasta quedar por debajo de las 100.000 unidades anuales, mientras la plantilla, reducida a 4.300 empleados, sobrevive acogida al Mecanismo RED.
La alianza con Geely supone un respiro inmediato que altera los planes iniciales de Ford, que preveía aguantar hasta 2028 con el lanzamiento del nuevo Bronco, pero que ahora encuentra en la cesión de sus activos ociosos una forma de rentabilizar su infraestructura mientras el fabricante chino gana un acceso directo al mercado europeo sin penalizaciones arancelarias.
Lo que parecía una maniobra aislada se inserta en un contexto mucho más amplio, porque justo cuando este pacto se cocinaba, Donald Trump ha reactivado su particular cruzada proteccionista con nuevos gravámenes que oscilan entre el 10% y el 12,5% para más de sesenta países, entre ellos España, bajo la acusación de tolerar prácticas laborales abusivas.
Cruce de intereses a tres bandas
Esa nueva batería de aranceles, que sustituye al impuesto universal del 10% que expiraba la pasada semana, ha encontrado su argumento legal en una reinterpretación de la ley de poderes de emergencia de 1977, tras el revés judicial que tumbó las medidas anteriores por inconstitucionales. La administración estadounidense defiende ahora su acción como la intervención más ambiciosa jamás emprendida en defensa de los derechos laborales a escala internacional, aunque en la práctica busca perpetuar un cerco comercial que afecta al 99% del intercambio de mercancías del país.
En ese escenario de fuego cruzado entre el muro europeo que penaliza a China y el nuevo muro americano que golpea a Europa, Almussafes emerge como un oasis táctico: fabricar en Valencia los coches eléctricos de Geely no solo evita los aranceles comunitarios, sino que también sortea los gravámenes de Washington a las importaciones procedentes del Viejo Continente. La planta valenciana se transforma así en una pieza fundamental de la resistencia industrial europea, un puente entre dos bloques enfrentados que aprovecha su capacidad ociosa para reescribir las reglas de un juego donde la geopolítica y los intereses empresariales se entrelazan más que nunca.
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