La dictadura confundió deliberadamente igualdad con uniformidad. Vestir igual, pensar igual, callar igual. Bajo Francisco Franco, la homogeneidad no era un efecto secundario del régimen, sino su objetivo. La diversidad no se entendía como riqueza, sino como peligro. Y la igualdad, reducida a obediencia colectiva, dejó de ser un derecho para convertirse en una obligación.

Ese desplazamiento no fue casual ni retórico. El franquismo nació de una guerra y se estructuró como un sistema obsesionado con eliminar cualquier forma de diferencia que pudiera convertirse en disidencia. La igualdad democrática —basada en derechos compartidos— era incompatible con un régimen que se sostenía sobre jerarquías rígidas: vencedores y vencidos, hombres y mujeres, fieles y sospechosos, patriotas y “antiespañoles”. En ese contexto, hablar de igualdad solo tenía sentido si se vaciaba de contenido político.

La solución fue sustituirla por obediencia. Todos iguales no ante la ley, sino ante la autoridad. Todos sometidos al mismo discurso, a los mismos símbolos, a los mismos rituales. La igualdad ya no significaba tener los mismos derechos, sino cumplir las mismas normas sin cuestionarlas. La diferencia —ideológica, cultural, sexual o social— dejó de ser una expresión legítima de pluralidad para convertirse en una anomalía a corregir.

La escuela fue uno de los principales laboratorios de esa falsa igualdad. Desde la infancia, se enseñó a aceptar el orden como algo natural. Los libros de texto transmitían una visión jerárquica del mundo, donde cada cual tenía un lugar asignado y salirse de él equivalía al caos. Niños y niñas aprendían no solo materias distintas, sino expectativas vitales opuestas. No se trataba de ofrecer las mismas oportunidades, sino de formar sujetos obedientes, previsibles y adaptados al papel que el régimen les había reservado.

La uniformidad también se impuso en el espacio público. La censura no solo eliminaba opiniones contrarias al régimen, sino cualquier matiz que rompiera la sensación de unanimidad. La prensa, la radio y el NO-DO no informaban sobre una sociedad plural, sino que proyectaban una imagen monolítica del país. Una España sin conflicto, sin discrepancia y sin desigualdad visible. La obediencia colectiva se presentaba como consenso nacional.

En ese marco, la ley tampoco funcionaba como garantía de igualdad. Lejos de ser universal, se aplicaba de forma selectiva. La pertenencia política, los antecedentes familiares o la moral privada determinaban el trato del Estado. Los tribunales especiales, las depuraciones profesionales y los expedientes ideológicos crearon un sistema en el que no todos eran iguales ante la justicia, pero todos debían mostrarse igual de sumisos. La igualdad no protegía: vigilaba.

La situación de las mujeres ilustra con especial claridad esta lógica. El franquismo no ocultó su rechazo frontal a la igualdad de género. La desigualdad estaba escrita en las leyes y justificada por el discurso moral y religioso. Las mujeres eran legalmente dependientes, socialmente tuteladas y políticamente invisibles. Pero incluso ahí operaba la falsa igualdad del régimen: todas debían aspirar al mismo modelo de feminidad, obediente, doméstico y sacrificado. La uniformidad femenina era una pieza clave del orden social.

También en el ámbito laboral y social, la igualdad fue sustituida por una retórica de armonía que ocultaba desigualdades profundas. El régimen negaba el conflicto de clase y criminalizaba cualquier intento de organización colectiva. Obreros y empresarios aparecían unidos bajo el mismo proyecto nacional, aunque sus condiciones materiales fueran radicalmente distintas. La obediencia al Estado se presentaba como punto de encuentro, mientras la desigualdad económica se normalizaba como algo inevitable.

Con el paso del tiempo, esa confusión entre igualdad y uniformidad dejó una huella duradera. Generaciones enteras crecieron sin experimentar la igualdad como derecho exigible. La idea de que todos debían adaptarse, callar y no destacar se interiorizó como norma social. Cuando llegó la democracia, el lenguaje de los derechos tuvo que abrirse paso sobre una cultura política acostumbrada a confundir orden con justicia y consenso con silencio.

Por eso, analizar la igualdad en el franquismo no consiste solo en señalar su ausencia, sino en entender su inversión. La dictadura no fue un sistema simplemente desigual, sino activamente antiigualitario. No solo negó derechos, sino que construyó un modelo alternativo en el que la obediencia ocupó el lugar de la igualdad. Un modelo que no desapareció de un día para otro y cuyos ecos todavía resuenan cuando la diversidad se percibe como amenaza o la igualdad como privilegio indebido.

Recordar ese mecanismo es clave para el presente. Porque la igualdad no se pierde solo cuando se recortan derechos, sino también cuando se vacía de significado. El franquismo enseñó que todos podían ser “iguales” siempre que nadie reclamara nada. Y esa es, quizá, una de sus herencias más profundas: la sospecha hacia la igualdad entendida no como uniformidad, sino como libertad compartida.

Dummy Cta
Palabra oculta

¿Eres capaz de descubrir la palabra de la memoria escondida en el pasatiempo de hoy?