En el andén, Clara mira varias veces el panel de llegadas antes de ver a Ana bajar del tren. Hace años habría esperado a que la gente se dispersara. Esta vez camina hacia ella, la abraza y la besa sin apartar la mirada de quienes pasan a su lado. Nadie se detiene. Un hombre arrastra una maleta, una niña pide agua y la voz de megafonía anuncia otro retraso.
Un beso puede ser un gesto íntimo, pero el lugar en el que se da también habla de libertad. Poder mostrar afecto sin miedo a una denuncia, una agresión o una humillación pública no ha sido siempre una experiencia compartida. Durante mucho tiempo, algunas parejas pudieron besarse en una plaza sin pensar en ello, mientras otras aprendieron a medir las distancias, vigilar las miradas y reservar cualquier muestra de cariño para espacios cerrados.
La dictadura franquista impuso una moral sexual y familiar estrechamente vinculada al nacionalcatolicismo. El deseo debía ajustarse al matrimonio heterosexual, a la reproducción y a unos papeles muy definidos para hombres y mujeres. Las relaciones que se apartaban de ese modelo no solo eran censuradas socialmente. En el caso de las personas homosexuales, podían ser perseguidas, detenidas y sometidas a medidas de control y reclusión.
El castigo no terminaba en las leyes. Continuaba en la escuela, en la familia, en el trabajo y en la calle. Aprender a ocultarse fue una forma de protección. Cambiar el género de la persona amada al contar una historia, evitar una despedida demasiado larga o caminar sin cogerse de la mano permitía pasar inadvertido en una sociedad donde la diferencia podía tener consecuencias.
La democracia no borró de inmediato ese miedo. Las normas cambiaron antes que muchas costumbres y durante años la visibilidad siguió teniendo un coste. Los primeros besos públicos de muchas parejas no fueron gestos espontáneos, sino decisiones calculadas: elegir una calle concreta, comprobar quién estaba cerca y estar preparado para una burla o un insulto.
Con el tiempo, la ampliación de derechos y la presencia pública de las personas LGTBI transformaron el significado de esas escenas. El beso dejó de ser únicamente una reivindicación, aunque en determinados lugares todavía pueda seguir siéndolo. La normalidad se construye cuando un gesto deja de necesitar valentía.
Pero el derecho a besar no significa que cualquier beso sea legítimo. La misma sociedad que ha ampliado la libertad afectiva ha colocado el consentimiento en el centro de las relaciones. Un beso solo expresa cariño o deseo cuando todas las personas implicadas lo quieren. Sin consentimiento, el gesto cambia de significado. La libertad no consiste en poder invadir el cuerpo ajeno, sino en que cada persona pueda decidir cómo, cuándo y con quién comparte su intimidad.
Esa distinción también ha modificado la forma de mirar escenas que antes se trataban como bromas, conquistas románticas o excesos sin importancia. Insistir después de un rechazo, besar por sorpresa o utilizar una posición de poder para obtener cercanía ya no puede justificarse mediante la idea de que el deseo de uno vale más que la voluntad del otro.
El beso reúne así dos libertades inseparables: la de mostrar afecto sin ser perseguido y la de no recibirlo sin haberlo elegido. Ambas dependen de que el espacio público y las relaciones privadas reconozcan a las personas como dueñas de sus decisiones.
Clara y Ana salen de la estación hablando sobre dónde cenar. En la puerta, un grupo de jóvenes se hace una fotografía. Una de las chicas pide que repitan porque ha salido con los ojos cerrados. Clara sostiene la maleta mientras Ana busca en el teléfono la dirección del restaurante.
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