La libertad civil se mide, en gran parte, por la soberanía que un Estado garantiza a sus ciudadanas sobre sus propios cuerpos. En la España actual, una mujer que decide interrumpir voluntariamente su embarazo acude a la red de salud pública, protegida por un marco legal que garantiza su intimidad, su seguridad y su autonomía médica. Sin embargo, este derecho, hoy naturalizado por las generaciones más jóvenes, fue durante décadas un tabú absoluto, un pecado eclesiástico y un delito grave castigado con penas de prisión.

Bajo el régimen nacionalcatolicista impuesto tras la Guerra Civil, el cuerpo femenino fue tutelado de forma estricta por el Estado y la Iglesia. El aborto no solo fue proscrito moralmente, sino que el Código Penal de la dictadura tipificó la práctica con severidad, imponiendo penas de reclusión tanto a las mujeres que interrumpían su embarazo como a los facultativos, matronas o curanderas que las asistían.

Lejos de erradicar la práctica, la prohibición penal segmentó el drama por criterios socioeconómicos. Aquellas mujeres que disponían de recursos financieros recurrían al denominado "turismo del aborto", viajando de forma clandestina a clínicas extranjeras, principalmente en Londres o Ámsterdam. Para las mujeres de clases trabajadoras y vulnerables, la única salida era la clandestinidad absoluta dentro de las fronteras nacionales.

En trastiendas, pisos ocultos y sin condiciones higiénicas mínimas, miles de mujeres se sometieron a intervenciones rudimentarias que, con alarmante frecuencia, derivaban en infecciones graves, mutilaciones uterinas o la muerte. A la violencia física de la clandestinidad se sumaba una implacable violencia moral: el régimen fomentaba la delación vecinal y la estigmatización pública de las mujeres, que eran señaladas como "criminales" o "desnaturalizadas", destruyendo por completo su arraigo social.

Las 11 de Basauri: el catalizador de la movilización social

La llegada de la democracia no tradujo de forma automática estas demandas en leyes, sino que fue el resultado de una persistente movilización civil y feminista. El punto de inflexión histórico se localiza en Vizcaya, con el proceso judicial conocido como el caso de "Las 11 de Basauri". Entre 1976 y 1985, diez mujeres de clase obrera y un hombre fueron procesados penalmente bajo la acusación de haber realizado interrupciones del embarazo.

El juicio se convirtió en un símbolo de los nuevos tiempos. La sociedad civil, en plena Transición, se negó a aceptar que las lógicas punitivas de la dictadura siguieran aplicándose en una España que aspiraba a la modernidad europea. Las masivas manifestaciones de solidaridad, el respaldo de colectivos jurídicos y médicos, y la presión internacional no solo lograron la absolución de la mayoría de las procesadas, sino que forzaron un debate inaplazable: el ordenamiento jurídico de la dictadura ya no tenía cabida en la nueva realidad democrática.

La Democracia: la consolidación de la salud como derecho

El impulso de Basauri fructificó en 1985 con la primera ley de despenalización en tres supuestos específicos: violación, malformación fetal o riesgo para la salud de la madre. Aunque restrictiva, supuso el fin de la persecución ciega y el inicio de la intervención médica regulada.

La verdadera transformación estructural llegó en 2010 con la aprobación de la ley de plazos, que reconoció la interrupción del embarazo como un derecho de la mujer durante las primeras 14 semanas, homologando a España con las democracias occidentales más avanzadas. Finalmente, la reforma legislativa de 2023 consolidó el sistema al blindar la práctica en la sanidad pública, eliminar trabas administrativas como los plazos de reflexión obligatorios y restituir la plena autonomía reproductiva a las jóvenes de 16 y 17 años.

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