"Como mucho me temía, únicamente ha venido aquí con quejas de partido". Son las palabras con las que José Pablo López, presidente de RTVE, respondía a la senadora del Grupo Parlamentario Popular Miriam Bravo este lunes. Una vez más, la derecha volvía a convertir la Comisión de Control al ente público, cuyo fin es supervisar la gestión y asegurar la neutralidad de la radiotelevisión pública, en un campo de batalla paralelo. Desde hace tiempo que estas 'convocatorias' dejaron de ser una cuestión televisiva para convertirse en un segundo escenario desde el que replicar una vez más los argumentarios políticos. Porque mientras que se acusa a la televisión pública de una falta de neutralidad, los discursos, críticas y azotes de quienes los pronuncian están plagados de una alta y evidente carga política.
La actual TVE se defiende sola gracias a sus datos mes tras mes. La audiencia está respaldando sus apuestas: desde la información de su Telediario, hasta la actualidad de sus matinales o la ficción vespertina. Sin embargo, PP y Vox se empeñan, desde hace meses, en asegurar en las Comisiones de Control que la oferta televisiva de la pública no representa ni contenta a los espectadores.
Bajo esta premisa se encuentra una persecución a TVE que cada vez se esfuerzan menos en esconder o siquiera disimular. Solo hace falta buscar la hemeroteca relativa a Bambú, en la que sobresalen las intervenciones estelares de Mariscal Zabala, quien advertía a José Pablo López de que "será despedido fulminantemente" si llegan al Gobierno el mismo día que pronunciaba el que ya se ha convertido, con orgullo, en uno de los lemas de Vox con respecto a la televisión pública: "Entraremos en RTVE con motosierra o lanzallamas".
Lema que, además, demuestra como lo político y lo aparentemente televisivo se han convertido en un solo ente. El diputado de Vox José María Figaredo, sin ningún cargo en la Comisión de Control, declaraba ante la prensa que podía "mejorar la apuesta" de su compañero Mariscal: "No hay que entrar con lanzallamas, hay que entrar, peor aún, con una bomba atómica”. Así, sin ningún pretexto ni cita para el "control" de por medio.
La Comisión de Control se ha convertido en un espacio político y, a la vez, cualquier escenario es válido para disfrazarse de este organismo y sentenciar a la pública. Desde el Congreso, el atril de un mitín o en un canutazo cualquiera en mitad de la calle.
Sobre el papel, la Comisión Mixta de Control Parlamentario de RTVE existe para garantizar algo bastante concreto: que la radiotelevisión pública cumple su función de servicio público, que respeta el pluralismo y que rinde cuentas ante los representantes públicos.
En la práctica, cada vez se parece menos a eso. Lo que debería ser un espacio de supervisión técnica y política se ha ido transformando en un escenario reconocible de confrontación partidista. Las preguntas ya no buscan tanto fiscalizar decisiones concretas como reforzar marcos previos. El resultado es una especie de desplazamiento en el que la televisión deja de ser el objeto del debate para convertirse en el pretexto para que derecha y ultraderecha de rienda suelta a su cacería.
En ese contexto se entienden mejor las intervenciones recurrentes de PP y Vox, centradas en acusaciones de manipulación, sesgo o falta de neutralidad. No es que esos temas sean irrelevantes, ya que forman parte del núcleo de lo que debe vigilarse en una televisión pública, pero la forma en que se plantean revela otra lógica. No se discuten tanto hechos concretos como posiciones ideológicas. No se cuestionan programas específicos como se cuestiona un supuesto proyecto político.
Y ahí es donde la Comisión deja de funcionar como control para convertirse el segundo campo de batalla del que ya hemos hablado. Durante años, la crítica a RTVE podía apoyarse en una idea relativamente cómoda: su irrelevancia. Era fácil deslegitimarla si nadie la veía. Pero ese argumento ha perdido fuerza. Los datos han mejorado, los formatos han ganado peso y la Corporación vuelve a tener capacidad de marcar conversación.
Y ahí está, precisamente, el giro que explica todo lo demás: cuando ya no es posible cuestionar a RTVE por su falta de audiencia, el foco se desplaza inevitablemente hacia otro terreno, el de los contenidos. Pero no desde un análisis concreto o una fiscalización detallada, sino desde una lectura política previa que convierte cualquier decisión, programa o línea editorial en prueba de una supuesta intencionalidad ideológica.
Así, la crítica deja de ser televisiva para ser partidista, y lo que debería discutirse en términos de calidad, pluralismo o servicio público acaba reducido a un marco de confrontación política constante. Por eso, la Comisión de Control se parece cada vez menos a un mecanismo de supervisión y más a un campo de batalla simbólico. Y es ahí donde se completa la paradoja: quienes denuncian que la televisión pública está politizada son, al mismo tiempo, quienes contribuyen a politizar incluso los espacios creados para supervisarla, desplazando el debate desde la televisión hacia la trinchera.
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