El emblemático Washington Post, el diario que ayudó a desvelar el escándalo Watergate y se forjó como pilar del periodismo de investigación estadounidense, vive en 2026 uno de los momentos más convulsos de su historia. Lo que en 2013 fue celebrado como una inyección de oxígeno editorial y económico tras la compra por parte de Jeff Bezos, hoy se ha convertido en un proceso de desmantelamiento estructural y despidos masivos que para muchos suponen el ocaso de un medio legendario bajo la gestión de su multimillonario propietario. En los primeros días de febrero, el Post anunció un plan de recortes que afecta aproximadamente a un tercio de su plantilla, es decir, más de 300 periodistas de los cerca de 800 que componían la redacción principal.

Estos recortes no son meros ajustes coyunturales: han implicado la eliminación de secciones enteras como deportes y libros, la reducción drástica de la cobertura internacional, la desaparición de corresponsales en zonas clave como Jerusalén y Kiev y la suspensión de productos emblemáticos como su podcast diario. El sindicato del diario, el Washington Post Guild, advirtió que “no se puede vaciar una redacción de su esencia sin que ello tenga consecuencias para su credibilidad, su influencia y su futuro”.

La dirección, encabezada por el editor ejecutivo Matt Murray, ha defendido los recortes como un “reinicio estratégico” para adaptar el periódico a un entorno digital muy competitivo y enfrentar la caída de suscriptores e ingresos. Pero para exdirectores, periodistas veteranos y analistas de medios, estas decisiones representan “uno de los días más oscuros en la historia de una de las organizaciones de noticias más importantes del mundo”, en palabras del exdirector del Post Marty Baron.

Él mismo, quien lideró el periódico durante años clave y lo llevó a ganar numerosos premios Pulitzer, fue claro en culpar a la gestión actual y al propietario por la situación. En un comunicado, afirmó que “las ambiciones del periódico están agudamente disminuidas, su talento valiente estará aún más mermado, y el público será privado de la cobertura basada en hechos a nivel local y mundial que ahora más que nunca se necesita”. Desde el primer mandato de Donald Trump, la directiva parece estar empeñada en ser coherente con el lema que lucen en su cabecera desde entonces: "La democracia muere en la oscuridad".

Más crítico aún, Baron relacionó directamente decisiones tomadas desde la propiedad con la pérdida de confianza y de suscriptores: “Cientos de miles de suscriptores leales se alejaron… y no fue por casualidad, según él, sino por decisiones desacertadas desde la cúpula”. Entre esas medidas citó la cancelación inesperada de un respaldo editorial a una candidatura presidencial en 2024, que según el propio Baron llevó a cancelaciones masivas de suscripciones.

Baron fue incluso más incisivo sobre la figura de Bezos y el rumbo del periódico cuando escribió que “ojalá percibiera el mismo espíritu de compromiso de antes. Hoy no hay rastro de él”, una crítica directa al hecho de que el propietario, pese a prometer en su momento proteger la independencia del medio, hoy parece distante ante la crisis.

Para él, la medida de no apoyar a un candidato y otros cambios en la línea editorial -posiblemente dirigidos a “agradar” a ciertos círculos de poder político- no solo afectaron al producto periodístico, sino que generaron un daño reputacional profundo. “Los lectores leales, furiosos al ver al dueño Jeff Bezos traicionar los valores que se suponía debía defender, huyeron del Post… Este es un caso de destrucción de marca casi instantánea”, escribió Baron en una declaración ampliamente citada por analistas.

Lo que muchos ven como un deterioro de la misión editorial del Washington Post ocurre en paralelo a la ausencia pública de Bezos durante la escalada de críticas y despidos. A diferencia de su discurso inicial -en el que prometía no interferir en las decisiones editoriales y proteger la independencia del diario- su silencio reciente ha alimentado la percepción de que las decisiones clave se toman con una prioridad puesta más en intereses comerciales y de posicionamiento político que en el compromiso con el periodismo de calidad.

Mientras el periódico vacía departamentos fundamentales, Bezos continúa impulsando inversiones masivas en otras áreas de su vasto imperio empresarial, destacando la contradicción entre la reducción de uno de los medios más influyentes del mundo y la expansión de su presencia en campos como la tecnología y la exploración espacial.

La reacción de la comunidad periodística ha sido intensa. Excolaboradores han calificado la situación de “murder” y de ataque a la esencia periodística, señalando que estas decisiones no solo debilitan la estructura laboral, sino que erosionan “todo lo que hacía al Washington Post indispensable para la democracia”.

Este momento contrasta fuertemente con el optimismo que rodeó la compra del Post por parte de Bezos, vista inicialmente como una oportunidad para consolidar y modernizar una institución periodística en apuros financieros. Hoy, muchos se preguntan si ese compromiso con la independencia se ha visto comprometido por decisiones estratégicas que han antepuesto intereses empresariales y políticos a la misión periodística de fiscalización del poder.

Al tiempo que el Washington Post intenta reorientar su futuro, la pregunta que muchos se hacen es si las medidas tomadas responderán a una necesidad de sobrevivir en un mercado complicado o si, por el contrario, representan el declive de un referente informativo cuyo espíritu ha sido desvanecido por decisiones empresariales centradas en la rentabilidad antes que en el compromiso con la verdad y el escrutinio del poder.

Además de las críticas internas por el impacto de los despidos, voces externas han cuestionado las prioridades de Jeff Bezos como propietario. Algunos señalan que es paradójico que se argumente “falta de rentabilidad” cuando el mismo Bezos ha gastado enormes sumas en proyectos personales y de lujo, y se ha mostrado más centrado en reafirmar un giro editorial ideológico. En redes sociales y comentarios públicos, críticos han ironizado que si Bezos puede permitirse cohetes, yates y películas, no es creíble que no pueda absorber la caída financiera necesaria para mantener empleos en el Post.

Clave parece ser también la relación de Bezos con Donald Trump. Su relación no ha sido lineal, pero actualmente parece estar en un momento dulce. Semanas después de iniciarse el segundo mandato del magnate norteamericano, el empresario modificó la sección de opinión del periódico y ordenó publicar columnas en apoyo a “las libertades individuales y al libre mercado”, rebajando su nivel de crítica con el Partido Republicano y la actual Administración.  Los repugnantes esfuerzos de Bezos por congraciarse con el presidente Trump han dejado una mancha especialmente fea. Este es un caso práctico de destrucción de marca casi instantánea y autoinfligida”, dijo Baron.

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