Hacer listas se ha convertido en un gesto cotidiano para millones de personas. Listas de tareas, de pendientes, de ideas, de la compra o incluso de cosas “para cuando tenga tiempo”. Prometen orden y control, pero no siempre se hacen para organizar mejor el día: muchas veces sirven para calmar una sensación difusa de saturación y convertir el malestar en algo visible y, en apariencia, manejable.

Mientras a nivel personal sentimos esa saturación, los datos macroeconómicos cuentan otra historia. La productividad de nuestro país está disparada. Según el último informe del Observatorio de Productividad y Competitividad en España, difundido esta misma semana, “que la economía española está aprovechando mejor sus inversiones acumuladas y sus trabajadores lo confirma que la PTF (productividad total de los factores) haya crecido a un ritmo anual del 1,4% desde el año 2020, frente al estancamiento registrado en la EU-27 o los retrocesos de países como Alemania (-0,3%) y Francia (-0,6%)”, explica la entidad. El dato es todavía más claro con respecto al último año disponible: “creció casi un 2% en 2024 frente a la reducción del -0,7% de la media europea”.

La productividad española está por encima de la del resto de Europa

Como no podía ser de otra forma, la tecnología es una de las claves, pero no es la panacea: “Es poco probable que la IA (inteligencia artificial), por sí sola, pueda dar un gran impulso a la productividad, pero debe considerarse como una herramienta que puede ayudar a aumentarla”, señalan los autores del estudio.

Las listas de tareas se han convertido en uno de los elementos más habituales de la vida cotidiana

Productividad personal

Por supuesto, la productividad es una cuestión compleja. Pero también tiene un reflejo en nuestra vida personal. De hecho, las listas de tareas, de pendientes, de ideas, de la compra, de objetivos semanales o incluso de cosas “para cuando tenga tiempo” se han convertido en uno de los elementos más habituales de la vida cotidiana, especialmente en entornos urbanos y digitalizados.

No siempre se hacen para organizar mejor el tiempo. Muchas veces se hacen para calmar una sensación difusa de saturación, para convertir un malestar abstracto en algo visible y, al menos en apariencia, manejable.

Como explica la Organización Mundial de la Salud (OMS) en uno de sus informes sobre salud mental, “la sensación de pérdida de control es uno de los principales factores asociados al estrés cotidiano”. La lista aparece, en estas situaciones, como una respuesta sencilla a esa pérdida de control.

De la agenda cerrada a la lista infinita

Durante años, las listas tenían un principio y un final claros. Hoy, las aplicaciones de productividad permiten añadir tareas sin límite, moverlas, aplazarlas, etiquetarlas o dividirlas en subtareas. El resultado es una lista que nunca se termina del todo.

El psicólogo David Allen, creador del método Getting Things Done (Hacer las cosas), lo resume así: “La mente está hecha para tener ideas, no para almacenarlas”. Las listas digitales han asumido esa función de almacenamiento, descargando la memoria… pero también acumulando pendientes.

Marcar una tarea como hecha: una recompensa emocional

Completar una tarea y marcarla como realizada produce una pequeña satisfacción inmediata. No es casual. Los estudios sobre dopamina y recompensa explican que cerrar una acción genera una sensación breve de logro.

La Asociación Americana de Psicología señala que “completar tareas concretas reduce temporalmente la ansiedad asociada a la incertidumbre”. No se trata solo de productividad, sino de regulación emocional.

Por eso muchas personas sienten alivio al escribir una lista incluso antes de empezar a hacerla.

Cuando la lista deja de ayudar y empieza a pesar

El problema aparece cuando la lista crece más rápido de lo que se reduce. Tareas que se aplazan, se repiten o se reformulan acaban generando una sensación de fracaso constante.

Según el ministerio de Sanidad español, “la autoexigencia mantenida en el tiempo, sin espacios de descanso real, es un factor de riesgo para el estrés crónico”. Las listas interminables pueden reforzar esa autoexigencia.

La herramienta que debía ordenar termina convirtiéndose en recordatorio permanente de todo lo que no se ha hecho.

Listas para todo, incluso para descansar

Uno de los signos más reveladores de este fenómeno es la aparición de listas vinculadas al ocio y al descanso: series por ver, libros pendientes, planes para el fin de semana o incluso rutinas de autocuidado.

Descansar pasa a ser una tarea más que hay que cumplir. La paradoja es evidente: el descanso programado pierde parte de su función reparadora.

Como advierte la OMS, “el bienestar no puede reducirse a una lista de acciones correctas, sino que requiere flexibilidad y adaptación”.

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