La WNBA ha alcanzado un lugar que durante años parecía reservado a otros deportes estadounidenses: ya no puede decidir de qué quiere hablar. El crecimiento de la competición ha multiplicado las audiencias, el dinero y el interés comercial, pero también ha atraído una atención política que va mucho más allá de una pista de baloncesto. Durante el fin de semana del Hall of Fame, algunas de las grandes figuras históricas de la liga pusieron palabras a una sensación cada vez más evidente: la WNBA se ha hecho demasiado grande para que la política estadounidense la ignore.

No es una exageración. La temporada 2025 fue la más vista de la WNBA en 27 años y alcanzó 3,1 millones de espectadores acumulados en los pabellones y 63,2 millones de espectadores únicos, mientras que el número de seguidores en redes y las ventas de merchandising también crecieron con fuerza. Para 2026 llegaron además nuevos acuerdos audiovisuales con Disney, Amazon y NBCUniversal, con más de 125 partidos de temporada regular y playoffs distribuidos nacionalmente cada año entre 2026 y 2036.

El precio de hacerse grande

El problema es que una competición más grande también es una competición más expuesta. Antes, una polémica de vestuario podía quedarse en el vestuario; ahora puede convertirse en un debate nacional en cuestión de horas. Las redes sociales han eliminado esa frontera y cada acción, declaración o falta puede acabar interpretándose en términos de raza, género, sexualidad o ideología.

Eso es precisamente lo que las leyendas reunidas durante el Hall of Fame han puesto sobre la mesa. Dawn Staley comparó parte de la situación actual con los primeros años de la NBA, cuando aquella competición también tuvo que acostumbrarse a una exposición mucho mayor. Para la exjugadora, que una liga sea objeto de tanta crítica puede ser también una señal de que ha alcanzado un nuevo nivel de relevancia. Candace Parker y Chamique Holdsclaw apuntaron, además, cómo las discusiones que antes quedaban dentro de los equipos ahora se desarrollan delante de todo el mundo.

Y la exposición no llega únicamente desde los medios. También llegan las apuestas, los insultos y las amenazas. Caitlin Clark ya denunció este verano el aumento del odio en redes contra jugadoras, entrenadores y equipos, mientras Alyssa Thomas contó haber recibido amenazas de muerte y mensajes racistas después de una suspensión. El crecimiento comercial de la liga ha creado una audiencia nueva que no siempre llega únicamente para ver baloncesto.

Sophie Cunningham fue solo el principio

En este contexto hay que entender la polémica que protagonizó Sophie Cunningham. La jugadora de Indiana Fever se posicionó públicamente contra la participación de mujeres trans en la WNBA y sus declaraciones desencadenaron una tormenta política y mediática. Poco después, una falta de DiJonai Carrington sobre Cunningham terminó incorporando además una acusación de sesgo racial a la discusión.

Lo importante ahora es que el debate ha dejado de ser una polémica alrededor de una jugadora concreta. Ha llegado a las instituciones de la liga, a las antiguas estrellas y al sindicato. La WNBA ha anunciado conversaciones sobre sus normas de elegibilidad, aunque existe un dato que debería servir para dimensionar la discusión: nunca ha competido una mujer trans en la historia de la competición.

La propia WNBA ha advertido además contra los intentos de convertir el asunto en una batalla política. Y Nneka Ogwumike, presidenta del sindicato de jugadoras, ha señalado que le preocupa que actores externos estén utilizando el deporte femenino como escenario para librar debates políticos que terminan desplazando a las propias jugadoras y a parte de la comunidad que históricamente ha acompañado a la liga.

La política siempre estuvo dentro de la WNBA

Aquí está la gran diferencia respecto a otras competiciones. La WNBA no es una liga que haya descubierto la política porque de repente se haya hecho famosa. La política forma parte de su ADN.

En 2020, la competición y el sindicato crearon conjuntamente el Social Justice Council para trabajar sobre racismo sistémico, derechos LGBTQ+, derecho al voto y otras cuestiones sociales. Las jugadoras llevaban años utilizando colectivamente su plataforma para intervenir en debates públicos y la WNBA convirtió aquella tradición en una estructura institucional.

El propio sindicato nació en 1998 como el primer sindicato de deportistas profesionales femeninas de Estados Unidos y mantiene entre sus principios la defensa colectiva de las jugadoras, la justicia social y la participación cívica. Por eso la discusión actual tiene una profundidad que va mucho más allá de Sophie Cunningham, Caitlin Clark o cualquier otra protagonista puntual.

Durante décadas, la WNBA construyó parte de su identidad precisamente alrededor de cuestiones que otras ligas evitaban. Ahora se encuentra ante una paradoja: aquello que durante años la convirtió en una competición con una identidad muy definida también la convierte en un objetivo especialmente atractivo para la batalla cultural estadounidense.

Ya no pueden controlar la conversación

La llegada de nuevas audiencias ha cambiado las reglas. Caitlin Clark, Angel Reese, Paige Bueckers y las nuevas estrellas han atraído a aficionados que no necesariamente comparten la cultura política de quienes siguieron la WNBA durante sus primeros años. Al mismo tiempo, la liga ha multiplicado su alcance internacional, sus patrocinadores, sus contratos televisivos y sus oportunidades comerciales.

Y cuando crece la audiencia, crece también el número de personas que quieren decidir qué significa la competición.

Ese es el verdadero cambio que se está produciendo. La WNBA ya no es únicamente una liga que intenta convencer a Estados Unidos de que el baloncesto femenino merece atención. Ahora es una plataforma cultural con suficiente audiencia como para que distintos sectores quieran utilizarla para defender sus propias ideas.

La cuestión es si la WNBA será capaz de gestionar esa nueva realidad sin que el baloncesto desaparezca del centro de la conversación. Porque la liga ha conseguido algo que durante mucho tiempo parecía imposible: hacerse demasiado importante para ser ignorada.

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