Es día de Clásico y, traicionando a mis planes iniciales, me voy a salir del carril mainstream por un momento. Toca ponerse serio. Nací en Aluche y allí pasé los primeros catorce años de mi vida, moviéndome también por Carabanchel, antes de acabar en Vallecas, donde he vivido otros catorce y los que quedan – de momento -. Podéis hacer las cuentas. Si algo he sido siempre, además de madridista, es un tío de barrio. De los que identifican Madrid mejor por sus bloques de viviendas obreras, sus bares y sus parques que por las aglomeraciones de una Gran Vía que amo y odio alícuotamente. Quizás sea ese arraigo el que, pese a no haber sentido nunca demasiado cariño futbolístico por el Rayo Vallecano, me provoque cierta afinidad todo lo que representa.
Imagino que ya os habréis dado cuenta, llevamos ya unas cuantas entregas de esta santa columna. Soy madridista. Mucho. De esos que en caliente les cuesta horrores retener cierta objetividad, pero que en frío es el más vinagre del mundo. Sobre todo, estos últimos años. Esa filia que, teniendo en cuenta mis ideas políticas y mis orígenes, me colocan en una contradicción digna de Miguel Maldonado. Reivindico, como él por supuesto, el madridismo de izquierdas. Existe y es más tangible que lo que permite ver el cliché. Es difícil de justificar, pero el amor, por definición, es irracional.
Quizá sea el antimadridismo inherente a todo lo que exceda los límites del Bernabéu lo que me ha alejado de un equipo como el Rayo. No he celebrado nunca sus goles como míos ni tampoco voy a alardear de una pasión franjirroja artificial para darme un barniz de autenticidad popular. Sería ridículo y – esto sí – ideológicamente incoherente. Lo que sí he hecho es vivir allí durante catorce años y empaparme de lo que ello significa, aunque en mi epitafio figurará un funcionarial "soy de Aluche". Y eso, aunque no te convierta en rayista de pro, acaba enseñándote algunas cosas sobre la relación de un barrio con su equipo.
Si algo tiene el Rayo es ese aroma que el fútbol moderno lleva demasiado tiempo tratando de neutralizar para empaquetarlo como mercancía. El Rayo Vallecano es IDENTIDAD. No se explica con títulos, con fichajes megos millonarios o con el puesto en la clasificación, sino por su gente y esa rebeldía contra el inexorable avance del capitalismo futbolístico para convertirlo en otro club indistinguible de una industria – y una sociedad – empeñada en vender copias sin alma. En una ciudad que cada vez castiga más al que vive en el barrio en el que uno ha crecido, no es cosa menor - saludos a M. Rajoy - que haya una aldea gala que resista todavía y siempre al invasor.
Por eso me cuesta contemplar con indiferencia la guerra eterna entre la afición rayista y Raúl Martín Presa. El cierre del estadio, los partidos en el exilio de Butarque (Leganés), las reclamaciones de los abonados, la suspensión del choque contra el Athletic y la sanción que este sábado dejó huérfano el colorido fondo de Vallecas han terminado de agravar una relación erosionada desde hace años. Y no, el problema no son los avioncitos de papel. Quedarse ahí es prostitución intelectual y fingir que la crisis empezó ahí.
Este sábado, mientras el Rayo caía con estrépito ante el Elche, una pancarta resumía el conflicto mejor que cualquier comunicado: “No es el fondo, es el barrio”. Esa es la madre del cordero. Cuando una afición necesita recordar que su equipo pertenece emocionalmente a una comunidad, quizá el problema ya no sea una discrepancia sobre la gestión del propio club o del estadio.
La gerencia ha anunciado compensaciones para determinados abonos por los partidos trasladados a Butarque y se han comprometido a devolver el protagonismo a la franja roja en las equipaciones a partir de la próxima campaña – la 2027/2028 -. Algunas peñas aceptan a regañadientes la tregua temporal, pero sus exigencias están intactas. Bienvenidos al fútbol moderno, donde hay que negociar hasta el respeto a la simbología que ha construido la identidad de un equipo.
Una cosa es ser propietario de un club y otra creerse dueño de lo que sienten miles de personas. Nos hemos acostumbrado a que el aficionado pague el abono, acepte la absurdez de los horarios, se desplace a otro estadio e hipoteque un riñón para comprar la nueva camiseta sin aceptar demasiadas preguntas. Como si formar parte de un club se limitara a unos bizums.
Y escribo esto siendo del equipo que mejor representa muchas de las contradicciones del fútbol moderno. El Real Madrid es una maquinaria deportiva y un titán económico, alejado del romanticismo de un club de barrio. Aun así, lo quiero con toda mi alma. De nuevo, el amor, que no siempre aprueba el examen de nuestras convicciones.
Pero antes de madridista fui un crío de Aluche. Y aunque los años que he pasado en Vallecas no me hayan convertido en rayista, sí me han inoculado esa certeza de que los barrios son mucho más que el suelo que ocupan sus edificios. Son las personas que lo habitan y las cosas que se niegan a perder.
Martín Presa tiene acciones del Rayo. Yo tengo mi madridismo y unas contradicciones – como todos – que no tengo maldita gana de esconder. Pero también tengo clarísimo que Vallecas no se vende.
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