El Regate

La única derrota que Cristiano no supo aceptar

Quizá porque me hizo creer que siempre podía ganar, duele tanto descubrir que tampoco él puede derrotar al calendario

Cristiano Ronaldo durante un partido del Mundial 2026 de Estados Unidos, México y Canadá. Europa Press.
Cristiano Ronaldo durante un partido del Mundial 2026 de Estados Unidos, México y Canadá. Europa Press.

Es profundamente injusto y jodido hacerse mayor. Hacerlo a la par que tus ídolos es ya el culmen de la crueldad. Crees que con tus 32 castañas has aprendido a convivir con las despedidas, que el fútbol – especialmente el moderno – no tiene la virtud de herirte, que la coraza que construiste tras dejar atrás los años del pavo te protege y te garantiza cierta distancia entre lo que ocurre sobre el césped y lo que sucede fuera de él. Es una absoluta patraña. Duele igual. Incluso cuando lo hizo Leo Messi, verdugo de mis días de instituto. Hoy, Cristiano Ronaldo se despide de Portugal y yo, que crecí convencido de que este tipo podía derrotar incluso al calendario, acepto a regañadientes que tampoco él era eterno. Supongo que esto es a lo que se refieren las cosméticas con los “desagradables efectos de la edad”, sólo que no hay crema que disimule el declive del alma.

No sé si alguna vez he admirado tanto a un futbolista como a Cristiano. No negaré que, con el tiempo, he aprendido a discutirle tantas cosas como antes le celebraba. Mi respeto no reñía con una enmienda a la totalidad a su incapacidad para asumir un rol secundario, esa necesidad de convertir cualquier contratiempo en una afrenta personal. Admito que me ha costado reconocer en el Cristiano de los últimos años a la persona que me regaló sin saberlo tanta felicidad. Pero entiendo como una injusticia permitir que sus últimos capítulos ensucien su legado. Le debo demasiadas afonías y lágrimas dulces como para fingir una indiferencia que nunca he sentido.

Nadie, ni siquiera los borrones inherentes al ser humano más perfecto, matarán la idea de que Cristiano Ronaldo fue quien mejor encarnó – y entendió – los valores del Real Madrid. Y no. No hablo de defender el escudo, porque el ego es un compañero de vida traicionero, sino esa obsesión enfermiza por ganar. Por esa rebelión incandescente contra la derrota por mucho que parezcas destinada a ella. Por considerar que marcar un gol no era suficiente cuando podía anotar dos. Por mirar a los ojos a una eliminatoria de Champions que auguraba un desastre y comportarse como si el equivocado fuese el marcador.

Entiendo como una injusticia permitir que sus últimos capítulos ensucien su legado. Le debo demasiadas afonías y lágrimas dulces como para fingir una indiferencia que nunca he sentido

A lo largo de sus 124 años de historia, por el Real Madrid han desfilado todo tipo de jugadores e inequívocamente el grueso de jerarcas de esta segunda era dorada está en mi corazón. Pero pocos representaron con precisión genuina esa arrogancia competitiva que lleva más de un siglo alimentando al madridismo. Cristiano era la humanización de una idea bastante absurda a la par que maravillosa que dicta que el Madrid puede ganar siempre, incluso cuando no tiene ningún tipo de sentido pensar que vaya a hacerlo. Y yo, por supuesto, seguí al Comandante hasta las últimas consecuencias.

Le creí en las grandes noches europeas, en esos partidos que se torcían, en los días que necesitaban de un milagro. Le creí tanto que acepté como rutina lo que no debía ser tal. Me acostumbré a sus goles, a sus cifras, a esa manera de aparecer cuando más falta hacía, a un liderazgo como pocos he visto en un club habituado a la insurrección. Quizá confundir lo extraordinario con lo cotidiano fue mi mayor error. Llegó un momento en el que marcar 40 goles parecía cumplir con el expediente y una temporada sin acariciar las dos orejas europeas era una hecatombe.

Pero también hubo un Cristiano difícil de digerir. El de los gestos, el de las caras largas cuando la historia le negaba su papel protagonista, el que parecía medir cualquier reconocimiento recibido por el club en función de su parte alícuota de culpa. Un ego desmedido, pero merecido, que cimentó esa grandeza y su mortalidad en cierto grado. Esa impresión de necesitar ganar incluso cuando el Madrid ya lo había hecho. En un club que se pretende por encima de cualquiera de sus leyendas se antoja una enorme contradicción.

Uno puede desafiar a los defensas, a los porteros, a los rivales y hasta combatir las estadísticas. Al tiempo, no

Quizás aquello que lo convirtió en uno de los mejores jugadores de la historia es exactamente lo que le ha impedido aceptar su decadencia. Construyó una carrera rebelándose contra los límites en una competición distópica contra Leo Messi. Si uno marcaba 30 goles, el otro anotaba 50. Si le decían que no podía hacerlo, encontraba la manera de demostrar lo contrario. Uno puede desafiar a los defensas, a los porteros, a los rivales y hasta combatir las estadísticas. Al tiempo, no.

Su despedida de Portugal me genera una mezcla de tristeza y decepción. No porque Cristiano tuviera que conformarse con vivir de su hemeroteca, sino porque alguien de su dimensión debería comprender que nadie está obligado a regalar minutos por una hoja de servicios por muy monstruosa que sea. Que haber sido el mejor no es garantía de conjugar el verbo en presente. Que un suplente también puede contribuir a ganar y que, por mucho que cueste asumirlo, ni el fútbol ni la vida esperan a nadie.

Quizá le exijo lo imposible. Tal vez pedirle a Cristiano que acepte el paso del tiempo traicione aquello que lo convirtió en CR7. Nunca habría llegado tan lejos si hubiera claudicado razonablemente ante la derrota. Pero admirar a alguien también implica resaltar sus miserias, y yo habría preferido que mi ídolo aprendiera a marcharse sin necesidad de sentirse agraviado. No quiero que se interpreten estas líneas como una enumeración de sus errores. Tampoco de su retirada. Es una manera de agradecer al futbolista que me regaló algunos de los días más felices de mi vida.

Como friki irredento de El Señor de los Anillos, se me viene a la cabeza una conversación entre Frodo y Gandalf en La Comunidad del Anillo. El hobbit le traslada su pesar por vivir los tiempos que le han tocado y el mago – aún El Gris – le replica que nadie puede decidir eso y que “lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado”. Cristiano Ronaldo decidió emplear el suyo en convertirse en una de las mayores leyendas del deporte. Lo consiguió, aunque nunca haya terminado de aceptar que él también tenía fecha de caducidad. Por la parte que me toca, no habría podido elegir una época mejor para crecer como madridista de cuna. Y si algo tengo claro ahora es que no cambiaría ni uno sólo de aquellos años.

 Gracias, Cristiano, por haber sido tan insoportable. Sobre todo, por haberme hecho feliz.

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Etiquetas Fútbol Real Madrid