Hay victorias que abren una época y otras que sirven para despedirla. Miguel Indurain consiguió las dos cosas en Atlanta. Aquel 3 de agosto de 1996, el ciclista navarro recorrió los 52,2 kilómetros de la contrarreloj olímpica como tantas veces había recorrido las carreteras francesas: sin gestos innecesarios, sin levantarse del sillín y sin conceder un metro a sus rivales.
Cruzó la meta después de una hora, cuatro minutos y cinco segundos, con doce segundos de ventaja sobre Abraham Olano y 31 respecto al británico Chris Boardman. España colocó a dos ciclistas en los escalones más altos del podio y encontró una de esas imágenes destinadas a permanecer en la memoria colectiva: Indurain con el oro y Olano con la plata, abrazados después de dominar una prueba disputada a casi 49 kilómetros por hora de media.
Nadie podía saberlo entonces, pero aquel sería el último triunfo de la carrera de Miguelón. El gigante todavía sonreía sobre el podio, aunque su reinado ya comenzaba a pertenecer al pasado.
Una victoria después de la primera gran derrota
El oro de Atlanta llegó en uno de los momentos más delicados de su trayectoria. Durante cinco veranos consecutivos, entre 1991 y 1995, Indurain había convertido el Tour de Francia en una rutina casi privada. Mientras los demás atacaban, gesticulaban y buscaban una grieta, él esperaba su momento. Después llegaba una contrarreloj, imponía su motor y colocaba la carrera exactamente donde quería.
En 1996 aspiraba a algo que ningún ciclista había conseguido: ganar seis Tours consecutivos. La preparación invitaba a creer que volvería a hacerlo. Había conquistado pruebas como la Vuelta al Alentejo, la Vuelta a Asturias, la Bicicleta Vasca y el Dauphiné antes de presentarse en Francia.
Pero aquel julio el cuerpo dejó de obedecer como siempre. En la subida a Les Arcs apareció una imagen desconocida: Indurain perdiendo contacto, buscando aire y viendo cómo el maillot amarillo se alejaba. Bjarne Riis terminó ganando el Tour y el navarro concluyó undécimo, fuera del podio por primera vez desde 1990.
La caída del campeón pareció definitiva. Apenas dos semanas después, sin embargo, Indurain encontró una última oportunidad para recordar quién había sido.
Una prueba diseñada para su motor
La contrarreloj individual masculina se estrenaba en el programa olímpico de Atlanta y, por primera vez, los grandes ciclistas profesionales podían competir abiertamente por las medallas. El recorrido parecía construido para las condiciones del navarro: largo, exigente y suficientemente rápido como para que su potencia marcara diferencias.
Indurain no necesitaba atacar. Su forma de hacerlo era menos espectacular, pero mucho más desesperante para sus rivales. Se acoplaba sobre la bicicleta, mantenía una frecuencia constante y convertía cada kilómetro en una pequeña condena para quienes trataban de seguir sus tiempos.
Completó los 52,2 kilómetros en 1:04:05, superando por doce segundos a Olano. Boardman, uno de los grandes especialistas del momento, terminó tercero. La diferencia no fue tan demoledora como en algunas de sus exhibiciones del Tour, pero bastó para completar uno de los pocos espacios que permanecían vacíos en su palmarés.
Indurain ya había conquistado cinco Tours, dos Giros de Italia y el Mundial contrarreloj de 1995. También se había quedado dos veces a las puertas del arcoíris en la prueba en ruta, con sendas platas en 1993 y 1995. Atlanta le entregó el gran título que todavía no tenía y lo hizo cuando muchos ya comenzaban a considerarlo acabado.
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