El tenis estadounidense llega al US Open con una generación de referentes negros que hace apenas unas décadas habría parecido improbable. Coco Gauff, Frances Tiafoe o Ben Shelton compiten en los escenarios más importantes del mundo y Serena y Venus Williams cambiaron para siempre la imagen del deporte. Sin embargo, cuando la mirada se aleja de las pistas centrales y baja hasta los barrios, aparece una pregunta bastante más incómoda: ¿quién puede permitirse empezar a jugar al tenis?

El New York Amsterdam News ha puesto el foco esta semana en esa cuestión coincidiendo con las actividades previas al US Open. El debate parte de una paradoja. El tenis gana participantes en Estados Unidos y el número de jugadores afroamericanos también ha aumentado, pero la presencia de niños negros continúa siendo limitada en determinadas comunidades urbanas.

Los datos nacionales cuentan una historia más optimista. El informe de participación de 2026 citado por Amsterdam News sitúa en 27,4 millones el número de personas que jugaron al tenis en Estados Unidos durante 2025, 1,6 millones más que el año anterior. Dentro de ese crecimiento, la participación de afroamericanos aumentó en más de 450.000 jugadores, un 14%. El problema es que ese crecimiento no se traduce necesariamente en una presencia sostenida de jóvenes negros en los barrios donde el deporte compite con otras disciplinas.

El problema empieza mucho antes de llegar a la élite

La imagen del tenis como un deporte accesible porque basta con una raqueta y una pista pública es incompleta. Para quien quiere convertirlo en algo más que una actividad ocasional aparecen las clases, el entrenador, el material, los desplazamientos, las cuotas de los torneos y la continuidad.

La propia USTA ha desarrollado programas destinados a facilitar ese primer contacto con el deporte. Pero pasar de probar el tenis a desarrollar una trayectoria competitiva exige mucho más que encontrar una pista disponible.

Ahí aparece una de las claves del debate: representación y acceso no son lo mismo.

Serena y Venus Williams demostraron que una niña negra podía dominar Wimbledon, ganar el US Open o convertirse en una de las deportistas más reconocibles del planeta. Su impacto sobre la imaginación de generaciones enteras resulta difícil de medir. También demostraron que las barreras culturales podían romperse.

Pero una referencia no abarata una clase particular. No construye una pista en un barrio sin instalaciones ni elimina automáticamente el coste de los desplazamientos o de competir.

Una cuestión de cultura, no solo de dinero

Hay otro obstáculo menos visible. En muchos barrios estadounidenses, el tenis no compite únicamente contra el precio de una academia. Compite contra la cultura deportiva dominante.

Baloncesto y fútbol americano ofrecen algo que el tenis no siempre ha sabido construir en determinados entornos: referentes cercanos, equipos, vestuarios, competición colectiva y una enorme presencia dentro de la comunidad. Para un adolescente, saber quién es LeBron James o Lamar Jackson forma parte de la vida cotidiana. El vínculo con una futura estrella de tenis puede ser mucho más difícil de construir.

Ese factor explica por qué la pregunta no puede reducirse a «¿hay pistas?». También hay que preguntarse qué ocurre alrededor de ellas.

Un niño puede descubrir el tenis a los cinco años y disfrutarlo. El reto aparece a los 11 o 12, cuando tiene que decidir entre seguir jugando, dedicar más tiempo al baloncesto o al fútbol, o simplemente abandonar porque no encuentra una estructura que le permita imaginar un futuro dentro del deporte.

Por eso las iniciativas comunitarias de tenis tienen un peso especial. Organizaciones como New York Junior Tennis & Learning trabajan con jóvenes de barrios de Nueva York y combinan tenis, educación, entrenadores y referentes. Su centro Cary Leeds, situado en Crotona Park, cuenta con 22 pistas y funciona como una de las principales bases de esa labor en el Bronx.

La respuesta estadounidense pasa por llevar el tenis donde están los niños

La USTA Foundation también intenta actuar sobre esa brecha. Su red National Junior Tennis & Learning ofrece programas gratuitos o de bajo coste y alcanza aproximadamente a 180.000 jóvenes cada año en los principales mercados estadounidenses.

La nueva iniciativa Community Impact Hub busca ampliar todavía más ese modelo: la organización prevé alcanzar a más de 630.000 jóvenes y familias, incorporar programas de tenis en más de 570 escuelas, renovar al menos 160 pistas y formar a más de 2.000 entrenadores en las comunidades participantes antes de que termine 2027.

La lógica es importante: no esperar a que un niño llegue al tenis, sino llevar el tenis hasta donde ya está el niño.

Por eso también ganan importancia iniciativas aparentemente pequeñas. Utilizar pelotas de baja compresión permite montar pistas adaptadas en gimnasios escolares y espacios reducidos, mientras que la recuperación de pistas públicas puede convertir instalaciones infrautilizadas en puntos de entrada al deporte.

Después de Serena, el siguiente reto no es encontrar una estrella

El tenis estadounidense ya tiene referentes. Tiene a Coco Gauff, Frances Tiafoe y Ben Shelton, además de una generación de profesionales que hace que un niño negro pueda encender la televisión y verse reflejado en una pista de Grand Slam. La cuestión ahora es conseguir que esa imagen no se quede en la pantalla.

El US Open volverá a llenar Nueva York de estrellas y atraerá a miles de niños con actividades como Arthur Ashe Kids' Day. El propio recinto recuerda cada año la herencia de Arthur Ashe y Billie Jean King, dos figuras cuya importancia va mucho más allá de los resultados deportivos.

Pero la verdadera medida del impacto de ese espectáculo estará lejos de las pistas principales: en cuántos niños vuelven a casa queriendo jugar al tenis y encuentran una pista, un entrenador y una estructura que les permita hacerlo.

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